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Me dijeron que mi dolor era ansiedad… 2 años después, me diagnosticaron una enfermedad que está invadiendo mis órganos

La invalidación médica, la normalización del dolor y un sistema poco preparado , hacen que el diagnóstico de endometriosis se retrase hasta 12 años en promedio, según la OMS. Para entonces, la enfermedad pudo haber invadido ya órganos vitales.

Ciudad de México /

Ser mujer es doloroso… la menstruación mes con mes, el embarazo, el parto, la menopausia. Esa es la idea que nos han vendido siempre: un peso con el que, simplemente, nos acostumbramos a cargar casi desde que nacemos. ¿Pero y si en verdad no fuera así? ¿Y si lo que sucede es que nuestro dolor no ha sido estudiado y ninguna de nuestras vivencias tuviera por qué ser tan traumática?

El día que dejé de sentirme feliz en mi propia piel 

Era el 21 de agosto de 2023, un día del último año de mis 20, cuando tuve que ir al baño. Al sentarme, experimenté una sensación que sólo puedo describir como un “ardor” que se extendía desde mi vulva hasta mi recto. A partir de entonces, mi vida no volvió a ser la misma. Ya no fui yo la protagonista, sino las molestias y el dolor que sentía en la parte baja de mi cuerpo.

Días después el ardor desapareció, pero persistió un síntoma: sentía en la vulva y en el recto una presión hacia abajo, como si tuviera una pelota pesadísima atorada dentro. No podía estar sentada ni parada; esa sensación era en lo único que podía pensar.

"Toma ibuprofeno": el largo y sinuoso camino de la invalidación médica

Como buena paciente psiquiátrica diagnosticada con Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), mi búsqueda en internet empezó: infección en vías urinarias, prolapso rectal, hemorroides… Lo primero que hice fue visitar a mi ginecóloga de confianza. No encontró nada: “toma ibuprofeno”, dijo.

Cuando el ibuprofeno no ayudó, llegué por primera vez a urgencias en una institución pública. 

Me atendieron hasta la noche y me revisaron. No encontraron nada; aun así, me mandaron a casa con una pomada para las hemorroides y una remisión al hospital de Gineco-Pediatría de la misma institución. Ahí tampoco hallaron nada, pero me recetaron óvulos de Miconazol y Nistatina para tratar una infección vaginal que en realidad no existía. Por supuesto, ningún tratamiento funcionó.

Fue entonces cuando decidí buscar a un proctólogo del sector privado. Me revisó y no encontró nada, a pesar del dolor que sentí durante el procedimiento, y decidió, sin estudios de ningún tipo, mandarme supositorios para las hemorroides (aunque me aclaró que no encontró ninguna inflamada) y, por alguna razón que nunca voy a entender, antibióticos.

Más adelante, y sin mejoría de mis síntomas, a los que se sumaron molestias digestivas que incluían cambios en mis hábitos intestinales, diarrea, estreñimiento y un dolor constante del lado derecho del abdomen, migrañas y un dolor persistente debajo de las costillas al respirar, regresé con mi doctora familiar en la clínica del sector público para volver a pedir ayuda.

En cuanto le comenté mis síntomas y mi diagnóstico de TOC, Trastorno de Estrés Postraumático y Ansiedad, ella, sin ningún estudio que la avalara, me diagnosticó con trastorno del intestino irritable. 

Me “hizo el favor” de mandarme con un internista, además de recetarme mesalazina, utilizada principalmente para tratar la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn, la cual me hizo vomitar esa misma noche.

Una situación preocupante en este contexto, y según mi experiencia, es que si alguien cuenta con un diagnóstico de salud mental, parece mejor mantenerlo en secreto. Para mí, en lugar de ser un antecedente clínico, se convirtió en la excusa perfecta para que dejaran de buscar en mi cuerpo y culparan a mi cerebro.

La cita con el internista tardó aproximadamente tres meses porque en el hospital que me correspondía “no había especialista”. Cuando por fin me atendió, me dijo que quizá tendría una fisura y que seguramente iban a tener que operarme, lo cual, advirtió, podría dejar secuelas como la incontinencia fecal. Aun así, me remitió a coloproctología.

Cuando llegué con el especialista en uno de los mejores hospitales del sector público en la Ciudad de México, las respuestas fueron similares. No encontraron nada, a pesar de que me realizaron una manometría anorrectal. El doctor repitió lo mismo: 

“Es ansiedad, relájate. Ser periodista debe ser muy demandante, no te estreses, sigue con tu tratamiento psiquiátrico”.

Para ese entonces, toda mi vida giraba en torno al dolor. Con ayuda de Google, me había "autodiagnosticado"con cáncer de colon, al mismo tiempo que me practicaba gaslighting a mí misma, repitiéndome que todo lo que sentía, incluso síntomas nuevos, era ansiedad.

La pregunta que me cambió la vida: "¿Y no tienes endometriosis?"

Preocupada por mi fatal diagnóstico, decidí volver a empezar. Hice otra cita en mi clínica y ocurrió una coincidencia afortunada: la doctora de mi consultorio estaba de vacaciones y la cubría otra médico. 

Después de contarle mis síntomas, a los que ahora se habían sumado irregularidades en mi ciclo menstrual, cólicos sumamente intensos que sólo remitían con ibuprofeno y calor en la zona, y un dolor que me recorría desde la pelvis hasta la planta del pie, me hizo la pregunta más importante de mi vida: 

¿Y no tienes endometriosis?

Aunque en ese momento lo único que pensé fue en contestarle “Dígame usted, usted es la doctora”, fue el parteaguas para investigar, escuchar testimonios de otras pacientes, identificarme por completo con ellas y, por fin, llegar con un médico especializado.

La endometriosis, según el doctor Eduardo Luna Ramírez, ginecólogo formado en el International School of Surgical Anatomy en Italia, es una enfermedad crónica que no tiene cura. Se caracteriza por la presencia de lesiones o tejido similar al endometrio en cualquier parte del cuerpo: ovarios, intestino, vejiga u órganos distantes. Es una enfermedad sistémica e inflamatoria que requiere un diagnóstico temprano para evitar complicaciones graves.

endometriosis infografía
Se han encontrado casos de mujeres con endometriosis hasta en órganos como el corazón y el cerebro.

Sin embargo, el diagnóstico tardío es la norma. A mí me diagnosticaron en agosto de 2025, dos años después de iniciar con los síntomas, pero el tiempo promedio de espera es de 4 a 12 años, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

No era ansiedad, era endometriosis, una enfermedad incurable 

En el consultorio, tras escuchar toda mi historia, el especialista me realizó un ultrasonido transvaginal. De inmediato detectó miomas en mi útero y un endometrioma (un quiste de sangre vieja). Me envió a realizar una resonancia magnética (también conocida como Mapeo de Endometriosis) en un centro especializado.

El mapeo arrojó los siguientes resultados:

  1. Hallazgos en relación a endometriosis: Adenomiosis difusa; fórnix vaginal posterior retraído hacia el torus uterino, del cual emergen múltiples bandas adherenciales hacia la serosa del recto; endometriomas ováricos izquierdos (4.2 cm); tatuajes de metahemoglobina en el torus uterino; ovarios adosados a las paredes pélvicas y prominencia de los orígenes de los uterosacros.
  2. Líquido en fondo de saco anterior y posterior
  3. Congestión venosa pélvica
  4.  Útero dismórfico/arcuato (prominencia de la cavidad endometrial de 7 mm).
  5. Tenue hiperintensidad del hemidiafragma adyacente al lóbulo hepático izquierdo (posible tatuaje de metahemoglobina).

En un mes, pasé de un diagnóstico de "ansiedad y somatización" a tener una enfermedad incurable que se expandía por mi cuerpo como pegamento.

Los resultados de mi resonancia fueron la prueba irrefutable de que mi dolor no estaba en mi mente: tenía adenomiosis inflamando mi útero y endometriomas devorando mi ovario izquierdo

Mis órganos ya no estaban libres; la enfermedad había creado bandas de adherencias que "secuestraron" mi aparato reproductor, pegándolo hacia la zona del recto, lo que explicaba aquella presión insoportable que ningún médico había querido investigar.

Pero la invasión no se detuvo en la pelvis. El mapeo reveló "tatuajes" de sangre vieja y cicatrices que se extendían por los ligamentos, mientras que una mancha en mi diafragma confirmaba que la endometriosis había viajado hacia arriba, alcanzando el músculo que me permite respirar. Aquel dolor bajo las costillas que me dijeron que era "estrés" era mi cuerpo intentando decirme que la enfermedad ya estaba escalando hacia mis órganos vitales.

El calvario que viví no es una anomalía, sino el resultado de un sistema que, en palabras del Dr. Luna Ramírez, ha normalizado históricamente el sufrimiento femenino. "El dolor durante la menstruación no es normal", enfatiza el experto.

Según Luna, el retraso diagnóstico comienza desde la infancia, cuando a las pacientes se les dice que el dolor "pasará" o "se quitará con el embarazo", frases que el especialista califica como una forma de violencia que silencia patologías estructurales.

El diagnóstico de "ansiedad" no fue solo un error médico, fue una sentencia para mi salud mental. Mientras yo intentaba "relajarme", la endometriosis tejía telarañas de adherencias en mi interior, pegando mis órganos y escalando hasta mi diafragma. 

El sistema prefirió creer que mi mente estaba rota antes que admitir que su conocimiento sobre el cuerpo de las mujeres era insuficiente. Como señala el Dr. Luna, se invierte la lógica: "no es que la ansiedad cause el dolor, es el dolor crónico e invisible el que termina por desmoronar la salud mental".

Por otro lado, el Dr. Luna explica que la endometriosis es una "maestra del disfraz". Al presentar síntomas que parecen ajenos al útero (fatiga crónica, diarrea, dolor al respirar o desmayos), las pacientes son enviadas a un desfile de especialistas sin formación adecuada.

"A veces las mandan con el gastro o a reumatología, y ahí se quedan años", señala. El experto advierte que incluso estudios como la colonoscopia rara vez detectan la enfermedad; se requiere un mapeo especializado, una competencia escasa en México que obliga a muchos médicos a formarse en el extranjero.

Mejora en la calidad de vida y tratamiento para la endometriosis 

Tras el diagnóstico, el alivio de tener un nombre para mi dolor se mezcló con una realidad compleja: la endometriosis no tiene una cura definitiva, pero sí un manejo que me devolvió la autonomía y, sinceramente, las ganas de vivir.

En mi caso, al confirmar que la enfermedad aún no ha invadido la capa interna de mis órganos, el doctor determinó que no era necesaria una cirugía en el futuro cercano. Mi tratamiento hoy es un rompecabezas de varias piezas: tomo Dienogest para frenar el avance de las lesiones, pero el medicamento es solo un pilar.

Además, he complementado mi salud con suplementos de magnesio y vitamina C, además de una atención con un gastroenterólogo para tratar de raíz los síntomas gástricos que por años me dijeron que eran solo "colitis por estrés".

Esta visión multidisciplinaria es la que el Dr. Luna Ramírez defiende como el estándar de oro. "El tratamiento médico incluye hormonas, fisioterapia y psicoterapia; es algo que debemos recalcar mucho", explica el especialista.

En mi proceso, la fisioterapia de suelo pélvico fue reveladora para liberar la tensión acumulada por años de contracción ante el dolor. Entendí que la pastilla no es magia; el beneficio real llegó cuando sumé hábitos saludables, como hacer ejercicio constante, mejorar mi alimentación y aumentar mi consumo de agua, aunque sé que no todo lo hago perfecto. 

Es un camino de resistencia, no de velocidad. Como relata el Dr. Luna sobre sus pacientes, el éxito del tratamiento depende de atender todos los "generadores de dolor" al mismo tiempo.

Hoy, mi calidad de vida depende de este equilibrio. No es solo el anticonceptivo; es la psicoterapia para sanar el duelo de vivir con una enfermedad crónica y el compromiso diario de escuchar a mi cuerpo. 

No estás loca, tu dolor no es normal 

Hoy sé que soy una de las "afortunadas" por haber encontrado a una doctora que hizo la pregunta correcta y a un especialista capaz de ver lo que otros ignoraron.

Sin embargo, me queda el sabor amargo de saber que el diagnóstico temprano en este país es un privilegio de quienes tienen el tiempo, los recursos o la suerte de no ser silenciadas. Pasé dos años en un laberinto de diagnósticos erróneos y medicamentos recetados a ciegas, mientras mi calidad de vida se drenaba en cada consulta.

Escribo esto porque no pienso aceptar la idea de que ser mujer es sinónimo de vivir con dolor. Mi historia no es una anomalía, es el rastro de una negligencia institucionalizada que, si bien puede no ser culpa individual de cada médico, sí es responsabilidad del sistema.

Hoy, con un diagnóstico incurable pero con nombre y apellido, mi mensaje es el mismo que ahora es mi mantra: tener dolor no es normal. Si te dicen que es tu imaginación, tu estrés o tu ansiedad, no les creas. Tu cuerpo no miente, el sistema sí. Tú te conoces más que nadie: escúchate y busca respuestas. No te rindas.

Consuelo Juárez Reyna
  • Consuelo Juárez Reyna
  • consuelo.juarez@milenio.com
  • Coordinadora SEO en Telediario. Periodista de FES Acatlán y feminista. Experta en conectar grandes historias con audiencias digitales para tratar de hacer un cambio en el mundo.
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