
La Ciudad Cuenta
Un nombre, dos ciudades

Seguro te ha pasado: alguien te pregunta en qué ciudad vives, contestas el nombre de tu ciudad y sin querer acabas de decir un nombre que significa en realidad dos cosas distintas. Una es el municipio original, con su propio gobierno y sus límites. La otra es toda la mancha urbana que creció a su alrededor y que heredó su nombre.
Pasa en todas partes. En Atlanta, la ciudad propiamente dicha tiene unos 500 mil habitantes y su área metropolitana, más de seis millones. Cuando alguien dice París, puede hablar de poco más de dos millones de personas dentro de los límites de la ciudad o de más de trece millones en su área de influencia. En Londres pasa al revés: la City, el núcleo original, tiene apenas 8,600 habitantes, y nadie dice que vive en la City cuando dice que vive en Londres. Usamos el mismo nombre, indistintamente, para la ciudad chica y para la grande.
Imagina un bosque donde hoy las copas de los árboles se tocan y casi tapan el sol. Hubo un tiempo en que eran chicos y estaban lejos unos de otros; fueron creciendo hasta que las copas se juntaron y era difícil saber dónde terminaba un árbol y empezaba el otro. Eso le pasó a casi toda ciudad grande: lo que eran pueblos vecinos, al crecer, terminaron tocándose. Antes de preguntar cuánto crece una ciudad conviene una pregunta más básica: ¿dónde termina?

No solo es una duda de gabinete: de la respuesta depende lo que nos dicen los números y cómo los interpretamos. Con la Encuesta Intercensal de 2025 en México (publicada en septiembre de 2026) han aparecido datos que parecen contradictorios sobre cómo han crecido nuestras ciudades y qué tan densas son. Unos dicen que la mancha urbana creció más que la población; otros, que no. Puede que en realidad estén de acuerdo y solo cuenten distinto. Unos miden con límites políticos, los municipios, y otros con límites urbanos, hasta dónde llega lo construido. Y hasta la lista de municipios que forman una zona metropolitana cambia con los años, así que los límites de la ciudad dependen, también, del criterio que se use para determinarlos.
Y también cambian según el problema que quieras resolver. La banqueta se resuelve entre vecinos de la cuadra. El parque, entre los de la colonia. El alumbrado y la basura ya tienen alcalde, presupuesto y reglamentos. Pero el agua que tomas, el aire que respiras y el camión que te lleva al trabajo no saben dónde termina un municipio y empieza el siguiente. Cada problema de la ciudad vive en una escala distinta y muchas veces se decide en otra.
Es como un edificio de departamentos donde cada dueño cuida lo suyo y nadie administra el conjunto. Y si hay una fuga en el techo, el agua cae en el departamento de abajo, aunque la fuga empiece arriba. A veces lo notas en la calle: una avenida bien cuidada y alumbrada que, de repente, se llena de baches y luces fundidas en los postes. Misma ciudad, diferente municipio. Una línea imaginaria decide a quién le toca la reparación de esos baches y esas luces fundidas.
La gente que habita la ciudad empuja también continuamente esos límites. Mientras la mancha crece, el centro se vacía. Un estudio reciente del Tecnológico de Monterrey y el Complexity Science Hub de Viena, que analizó 69 zonas metropolitanas de México entre 1990 y 2020, concluyó que las ciudades mexicanas se expandieron hacia la periferia mientras sus zonas centrales perdían 2.5 millones de habitantes. La proporción de residentes que vivía en el centro bajó de más de 40% a 22%, y hoy vivimos en promedio 28% más lejos del centro que hace treinta años.
La ciudad crece en los municipios vecinos, mientras el que la nombra se queda con menos gente. Los autores apuntan a la falta de vivienda asequible en las zonas consolidadas, el suelo más barato en la periferia y políticas de vivienda que favorecieron construir lejos.
Otras ciudades del mundo se toparon con el mismo desborde y probaron distintas formas de gestionarlo. Algunos casos son dignos de atención.
En Portland, Oregón, hay un gobierno metropolitano elegido por voto directo, el único de su tipo en Estados Unidos, que desde 1979 reúne a 24 ciudades de tres condados. Entre sus facultades está fijar el límite de crecimiento urbano, la línea que dice hasta dónde puede llegar la ciudad.
En Chile, Santiago acaba de dar otro paso: a fines de agosto de 2024 se constituyó el Área Metropolitana de Santiago, que reúne a 48 de las 52 comunas de la región y a casi siete millones de personas, el 98% de sus habitantes. Sus planes de transporte, de ordenamiento y de residuos los aprueba el gobierno regional.
A diferencia de muchos países, en México la Constitución prohíbe cualquier autoridad intermedia entre el municipio y el estado. Los municipios de una zona metropolitana pueden coordinarse y planear juntos, pero el uso de suelo y los permisos de construcción los decide cada municipio. La historia de esta prohibición es interesante también: aparece en la Constitución de 1917 (artículo 115), como reacción a los jefes políticos del porfiriato, que controlaban a los ayuntamientos desde el gobierno del estado. Hoy esa prohibición es más un freno que una protección, y vale la pena revisarla.
No hay una respuesta única, ni un modelo ideal, se trata de encontrar el equilibrio y el sistema que funcione para una ciudad dada, en un momento dado.
Por eso la pregunta del principio, dónde termina una ciudad, no es solo geografía. Dónde trazamos los límites de la ciudad tiene implicaciones reales para quienes la habitan. Y mientras cada municipio dibuje su orilla por su lado, la ciudad real va a seguir creciendo sin que nadie la vea completa. Decidir hasta dónde llega, y quién se hace cargo de ella, en cada escala, nos toca a todos los que la habitamos.

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