
La Ciudad Cuenta
Un encuentro de dos especies

La palabra domesticar viene del latín domus, casa. Domesticar es mudar algo a tu casa: protegerlo, alimentarlo. También hacerlo tuyo. El perro entró a nuestra casa hace por lo menos quince mil años; detrás vendrían la cabra y la oveja. Unos milenios después domesticamos plantas también.
Hace aproximadamente diez milenios el trigo silvestre era una hierba más en un rincón del Medio Oriente. Hoy no hay continente habitado donde no crezca y sigue alimentando a media humanidad.
Así lo contamos siempre: nosotros domesticamos el trigo. Pero ¿y si hubiera sido al revés, y fuera él quien nos domesticó a nosotros, quien nos metió en casas para que lo cuidáramos?
Desde el punto de vista estrictamente biológico, el trigo fue sumamente exitoso. Convenció a un primate de dedicarle la vida: desyerbarle el terreno, acarrearle agua, espantarle las plagas y no volver a moverse de su lado. Y ha continuado reproduciéndose, cada vez más, desde entonces.
Esta poderosa idea se la leí hace años a Yuval Noah Harari y aun da vueltas en mi cabeza, como muchas otras ideas de sus libros. Este, en particular, se llama Sapiens. De animales a dioses, aunque la traducción exacta del título en inglés me parece mucho más precisa y adecuada (Sapiens: una breve historia de la humanidad). En cualquier caso creo que es una de las lecturas obligadas del último par de décadas.
Pero volvamos al trigo y a lo que aquel trato trajo consigo.
El cultivo del trigo impone algo que no impone ningún animal: hay que sembrarlo, esperar medio año y estar ahí para su cosecha. A una cabra te la puedes llevar contigo; a un sembradío no. Primero eso nos ató a un lugar, porque el que siembra no se puede ir. Pero pronto vino el pago. Un campo sembrado da lo que ninguna cacería da: comida en fechas conocidas y de sobra para almacenar y racionar.
Hasta entonces el tamaño de un grupo humano lo fijaba lo que hubiera alrededor esa semana; con la cosecha guardada ese límite se movió por primera vez. Y por primera vez apareció además gente que comía sin sembrar ni recolectar: el alfarero, el sacerdote, el soldado, el que llevaba las cuentas. El trigo nos ató a un lugar y, a cambio, nos permitió ser muchos más en ese mismo lugar.
Algo así pasó en Uruk, en la Baja Mesopotamia, hoy provincia iraquí de Al Muthanna: considerada la primera ciudad de la historia. Hacia el año 3100 antes de Cristo rondaba los cuarenta mil habitantes, con una muralla de casi diez kilómetros y las casas agrupadas por oficio, con un nivel de complejidad y variedad nunca antes visto por la humanidad.
En aquel lugar nació la escritura más antigua que conocemos: la inventaron los administradores del templo para saber cuánto grano quedaba y quién no había pagado. De Uruk salieron unas cinco mil tablillas de barro, las más viejas que se conocen, y cerca del ochenta y cinco por ciento son cuentas: trigo y cebada, cerveza, ovejas, quién entrega y quién recibe.

Pasaron siglos antes de que a alguien se le ocurriera que esos signos servían para otra cosa. La literatura tardó unos setecientos años más en llegar. Y cuando por fin llegó, el protagonista era precisamente un rey de Uruk, Gilgamesh, que salió a buscar la inmortalidad y regresó con las manos vacías. La ciudad que inventó la escritura para cobrar impuestos acabó usándola para contar que su propio rey no pudo con la muerte.
El fortuito evento de un puñado de semillas que alguien decidió guardar en vez de comérselas. De ahí salieron la aldea, el granero, el impuesto, el templo, la muralla, la escritura y, mucho después, la primera historia que alguien quiso escribir. No todo lo que salió de ahí fue bueno: la muralla no se levantó solo contra el enemigo, y quien cuidaba el granero acabó decidiendo cómo se repartía.
Y así surgió, sobre todo, lo que hizo posible el resto. El excedente no solo permitió que la población creciera, sino que la obligó a crecer, porque un campo sembrado pide manos y un granero lleno pide quien lo cuide, quien lo cuente y quien lo defienda. Domesticar era meter algo en una casa, y para meter al trigo tuvimos que inventarnos esa casa, y luego muchas. A ese montón de casas acabamos llamándole ciudad.
¿Quién domesticó a quién, entonces? Las dos cosas son ciertas: lo domesticamos y nos domesticó. Al trigo le tocaron las hectáreas; a nosotros, la civilización entera.
Y con la ciudad nos pasa lo mismo que con el trigo. La pensamos como obra nuestra y es ella la que nos tiene organizados: define qué estudiamos, a qué hora nos levantamos y, en muchos casos, con quién acabamos compartiendo nuestras vidas. Creemos que construimos ciudades, pero puede que sea la ciudad la que lleve seis mil años construyéndonos a cada uno de nosotros.
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