
Anatema
Adrián Alfredo Alvarado Flores
Hidalgo el sociópata como rebelde
Celebramos, un año más, el aniversario de la independencia de México —o como a mí me gusta llamarla, la guerra de secesión de la Nueva España—. Como cada año, escuelas, y hogares se visten tricolor y esperan la noche para gritar los vivas con inercia colectiva.
Entre esos vivas, el protagonista ha sido, desde que tenemos memoria, el cura Don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor. Vamos a contar la historia de este personaje, porque, como es costumbre para un servidor, cuestionar la historia es siempre un ejercicio revelador.
Un poco de contexto
Hay que remontarse a 1808. Ese año Napoleón invadió España, obligó a abdicar a Carlos IV y a su hijo Fernando VII, y sentó en el trono a su hermano José Bonaparte. Con el rey legítimo cautivo en Francia, la Nueva España quedó de golpe sin cabeza visible, y fue en ese vacío de poder donde nació la conspiración de Querétaro: un grupo de criollos que buscaba formar una junta de gobierno autónoma —a nombre de Fernando VII, no en su contra— mientras durara el cautiverio del rey. Conviene subrayarlo porque se presta a confusión: en 1810 nadie conspiraba por la independencia, sino por la autonomía. La independencia, tal como la entendemos hoy, llegaría después, y por caminos bastante distintos a los que imaginaron los conspiradores originales.
¿Quién fue Miguel Hidalgo?
Antes de convertirse en “Padre de la Patria", Hidalgo era un párroco hacendado. No se imagine el lector a un padrecito de pueblo: hablamos de un terrateniente dueño de una hacienda donde se criaban toros de lidia y se cultivaban viñedos. Un hombre adinerado, sí, pero con serios problemas de liquidez.
Para 1804, la Ley de Consolidación de Vales Reales le exigió liquidar sus deudas. Logró dilatar el trámite hasta que la ley perdió vigencia (el clásico: "hacerse güey"). A esto se suma que el cura llegó a ser rector del Colegio de San Nicolás, en Valladolid, cargo del que fue destituido por mal manejo de fondos —aunque hay quien agrega la organización de fiestas con juegos de azar y apuestas, y hasta relaciones íntimas con algunas mujeres de la comunidad.
Con esto sobre la mesa, es muy probable que el clérigo no tuviera como única motivación un ideal político, sino rencillas personales con la corona.
El Grito de Dolores
La insurgencia no la inició Miguel Hidalgo: fue invitado por los conspiradores, casi todos militares criollos (Allende, Aldama, Abasolo, Jiménez) y algunos políticos como Miguel Domínguez, junto con su esposa, quien ha logrado colar su nombre hasta nuestros vivas pese a una participación ínfima en los hechos. El problema era que este perfil de líderes resultaba incapaz de sumar a la causa a la clase popular, por lo que fue necesario incorporar ese elemento religioso capaz de conectar con la gente —porque, dicho sea de paso, la Iglesia fue siempre la institución de asistencia social por excelencia en el imperio español, al contrario de lo que sostiene la cultura pop.
Para la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Hidalgo, que ya había organizado una colecta de armas y se había enterado de que la conspiración había sido descubierta, decidió desobedecer al resto del grupo. En lugar de abortar el plan, hizo sonar las campanas de la parroquia para convocar al pueblo de Dolores a las armas.
Hoy el discurso de Hidalgo está perdido, pero la versión más cercana en fecha que conservamos es un testimonio anónimo de 1810, recopilado años después por el historiador Ernesto Lemoine Villicaña:
"¡Viva la religión católica! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la patria y reine por siempre en este continente americano nuestra sagrada patrona, la Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal gobierno!" (de los Bonaparte, se entiende).
Con lo cual queda claro: el movimiento de Hidalgo no tenía, en ese momento, ninguna ambición de independencia.
Después ordenó marchar a las cárceles y liberar por la fuerza a todos los presos. En cuestión de días, su pequeño grupo de campesinos se había nutrido de miles de personas de la peor calaña, sin nada que perder.
Guanajuato: la primera gran víctima
El 28 de septiembre de 1810, una multitud insurgente —las crónicas discrepan mucho, entre veinte y ochenta mil personas, según la fuente— llegó a Guanajuato al mando de Hidalgo. El intendente Antonio Riaño, amigo personal del cura, se negó a rendir la plaza y refugió a unos trescientos españoles y criollos en la Alhóndiga de Granaditas, un granero. Vale la pena subrayarlo, porque la mitología mexicana se ha esforzado en presentar el saqueo de la Alhóndiga como una especie de Toma de la Bastilla mexicana, lo cual es, como mínimo, vergonzoso.
Tras varias horas de asedio la multitud insurgente entró al edificio. Lo que siguió fue una masacre. Las crónicas hablan de degollamientos indiscriminados, de un niño arrojado desde un tercer piso, de gente escribiendo en las paredes con sangre. Muchos de los que murieron ya se habían rendido. El saqueo se extendió después por toda la ciudad durante tres días y Riaño (su viejo amigo) fue asesinado.
Hidalgo y Marroquín: el sociópata como rebelde
Tras la toma de Guadalajara por el general insurgente José Antonio Torres, en noviembre de ese mismo 1810, se repitió el modus operandi: apertura de cárceles con amnistía general. Entre esos presos volvió a ver la luz un personaje siniestro: Agustín Marroquín.
Marroquín era un viejo amigo de Hidalgo —le compraba toros para sus fiestas de jaripeo—. Ya era conocido en el Bajío como apostador, bandolero y torero, habilidad que Hidalgo aprovecharía de manera macabra al nombrarlo su ejecutor personal.
En la declaración que el propio cura rindió en Chihuahua, antes de ser fusilado, confesó haber ordenado a este hombre el asesinato de 360 españoles, incluidos mujeres y niños. ¿El método? Los sacaban de la ciudad de noche, en grupos, y los llevaban a la Barranca de Oblatos. La versión más consistente entre los cronistas es el degüello, aunque algunos añaden un detalle: que, además, remataba a varias víctimas al estilo de plaza de toros —con estocada y puntilla—, ante el aplauso de una turba excitada por la violencia.
El historiador estadounidense Eric Van Young le dedicó a Marroquín un capítulo entero, "Agustín Marroquín: The Sociopath as Rebel", publicado en 1989. Su argumento, resumido: la revolución no crea monstruos, les da uniforme. Marroquín ya era violento antes del Grito; lo que la insurgencia le ofreció fue una excusa bajo la cual esa violencia dejaba de ser crimen y se convertía en "servicio a la patria".
Lo de Marroquín no fue un accidente aislado, sino un síntoma de algo más profundo en el propio Hidalgo.
No es que un servidor intente desprestigiar por deporte, sus propios compañeros de armas lo notaron cuando el cura, envalentonado por la fama se autonombró "Alteza Serenísima" y exigió que sus hombres lo trataran como tal.
Sus compañeros de conspiración, lejos de aplaudirlo, terminaron horrorizados. Allende —que a sus espaldas lo llamaba "el cabrón del cura"— llegó a intentar envenenarlo hasta en tres ocasiones, temiendo que se estuviera convirtiendo en el mismo tipo de déspota que decía combatir.
Y tras la derrota en Puente de Calderón, el propio Allende le arrebató el mando, se autonombró generalísimo y mantuvo a Hidalgo bajo custodia hasta que ambos fueron capturados juntos en Acatita de Baján.
Tristemente, nos encontramos ante el mismo vicio de la historiografía mexicana, enaltecer como héroes a asesinos y destructores, mientras que se condena al olvido o villanía a quienes buscan la paz.
Viva México.

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