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El precio de la fiesta

México /

Confieso, con toda la honestidad que puedo permitirme, que no soy aficionado al fútbol. No lo sigo, no tengo equipo, y si me preguntan quién metió el gol del miércoles, les tendré que decir que no tengo la menor idea.

Sin embargo, a estas alturas del Mundial 2026, cuando el país entero vive la euforia de ser sede por tercera vez en la historia, me resulta imposible quedarme callado. No por los goles, sino por lo que está pasando alrededor de ellos.

Porque este Mundial, el que se supone debería ser nuestra gran fiesta nacional, está siendo manchado desde adentro, con una combinación de negligencia, exclusión y cinismo institucional verdaderamente difícil de ignorar.

Para muchos ciudadanos, la Copa Mundial no solo se perfila como un evento caracterizado por los altos costos de los boletos y su reventa, sino también por los costos para poder ver las transmisiones televisivas de todos los partidos. Una serie de factores que alimenta una sensación compartida entre los mexicanos: la de no estar invitados a su propio Mundial.

Y esa sensación, hay que decirlo, tiene una base completamente documentada. En 1970, entrar a ver a México en el Estadio Azteca costaba el equivalente a un día de salario. En 1986, ver el torneo completo costaba poco más de cinco días de trabajo. En 2026, el boleto más barato para la inauguración cuesta 7,000 pesos, el equivalente a 22 días de salario mínimo por un solo partido.

Aguantas todas estas molestias y al final ni estás invitado a la fiesta, resumió un ciudadano con una frase que vale más que cualquier análisis político, y que describe perfectamente lo que ocurrió: meses de obras, caos vial, presupuesto público invertido en "cosmetizar" las ciudades sede para los turistas extranjeros, y al final, solo un puñado de aficionados nacionales y decenas de miles de turistas extranjeros pudieron disfrutar del mundial.

Como guinda del pastel, el día de la inauguración las calles se llenaron de protestas de maestros, transportistas, familiares de desaparecidos y ciudadanos molestos con la inseguridad, a quienes el gobierno respondió con tensión policial y la presidenta calificó de "provocación". El Zócalo, ese espacio que en teoría es de todos, fue cercado por vallas para instalar el Fan Fest.

México, literalmente, excluido de su propio festejo.

Me temo que este mundial pasará a la historia como uno triste e infame.

Lamentablemente no será el primero.

Acompáñame en este recorrido por cinco veces en las que el mundial, más que una fiesta, se convirtió en tragedia.

5. Ibrox Park, 1971 — Lo que un gol puede desatar

Me tuve que informar para entender el contexto: el "Old Firm" es el partido más encendido de Escocia, el clásico entre el Rangers y el Celtic de Glasgow, dos clubes que cargan siglos de rivalidad religiosa e histórica en cada encuentro.

El 2 de enero de 1971, con el Rangers perdiendo 0-1 faltando apenas minutos, miles de aficionados comenzaron a abandonar el estadio. Entonces Colin Stein anotó el empate en los instantes finales. La euforia que provocó ese gol desató una avalancha que causó la muerte de 66 aficionados y más de 200 heridos.

La mayoría de las muertes fueron por asfixia, con cuerpos apilados hasta casi dos metros de profundidad en la tristemente famosa Escalera 13.

Un gol de último minuto. Eso bastó. No entiendo de fútbol, pero entiendo perfectamente que hay 66 familias que aquella noche esperaron a alguien que no regresó a casa.

Lo que hace esto especialmente difícil de digerir es que no fue la primera tragedia en ese mismo estadio: en 1902 ya habían muerto 25 personas y más de 500 habían resultado heridas por el derrumbe de una tribuna. Es decir, el mismo estadio, casi setenta años de diferencia, la misma desidia y el mismo saldo en vidas humanas. La historia se repitió y nadie lo evitó.

4. Heysel, 1985 — El partido que debió cancelarse y no se canceló

El 29 de mayo de 1985, en la previa de la final europea entre el Liverpool y la Juventus en el estadio Heysel de Bruselas, un grupo de ultras ingleses invadió una tribuna repleta de aficionados italianos. La desesperación llevó a los tifosi a buscar la salida, lo que provocó una avalancha humana contra los muros de la tribuna que no resistieron la embestida. El resultado: 39 muertos y más de 600 heridos.

Lo que viene después es lo que realmente no tiene nombre.

El partido se jugó igual.

Con 39 cadáveres. En el mismo estadio. Esa misma noche.

Me explicaron que la decisión fue tomada para "evitar más disturbios". Hay cosas que quien no sigue el fútbol simplemente no puede entender, y esta es definitivamente una de ellas. Aunque me atrevería a decir que tampoco las entiende quien sí lo sigue.

3. Hillsborough, 1989 — El crimen que tardó décadas en llamarse crimen

El 15 de abril de 1989, en el estadio Hillsborough de Sheffield durante una semifinal de la Copa de Inglaterra entre el Liverpool y el Nottingham Forest, 97 personas fueron aplastadas contra las vallas del estadio a causa de una avalancha de aficionados.

Noventa y siete muertos. Pero esa, por terrible que sea, no es la parte más indignante de esta historia.

Para comprender la tragedia hay que remontarse años atrás: en 1981, en ese mismo estadio, 38 aficionados ya habían resultado heridos en un incidente por aplastamiento. En 1987 se repetiría algo similar. En 1988, un año antes de la tragedia, el mismo Liverpool ya había generado aglomeraciones peligrosas en el mismo lugar.

Tres advertencias. Tres oportunidades de actuar. Ignoradas las tres.

Y como si eso no bastara, la Policía de South Yorkshire alimentó a la prensa con historias falsas, atribuyendo la tragedia al hooliganismo y la embriaguez de los propios aficionados del Liverpool, una narrativa que persistió incluso después de que la investigación oficial concluyera que la causa principal fue el fallo de la misma policía.

Los muertos culpables de su propia muerte. Las víctimas convertidas en acusados. Si esto les suena familiar a los mexicanos, debería.

2. Lima, 1964 — La mayor tragedia en la historia del fútbol

La Tragedia del Estadio Nacional del Perú ocurrió el 24 de mayo de 1964 en Lima y provocó la muerte de 328 personas, con 500 heridas. Es considerada la mayor tragedia en un estadio de fútbol de todos los tiempos.

Era un partido clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Tokio entre Perú y Argentina, con más de 53 mil aficionados llenando las gradas. Cuando el árbitro anuló un gol a los locales faltando apenas minutos, un aficionado saltó a la cancha. Otros lo siguieron. La policía respondió con perros, gases lacrimógenos, y la decisión, aquí viene lo que no se olvida, de cerrar las puertas del estadio para que nadie escapara.

El 90% de las víctimas murieron asfixiadas. Entre ellas, muchos niños.

El árbitro abandonó Lima en la madrugada del día siguiente. Nadie fue sentenciado.

328 personas que solo fueron a ver un partido. La multitud encerrada, gaseada y abandonada a su suerte por las autoridades que debían protegerla. Y al final, silencio institucional e impunidad completa.

No necesito saber de fútbol para reconocer ese patrón.

1. Qatar 2022 — La tragedia que nadie quiso ver

Esta es la única entrada de la lista que no ocurrió dentro de ningún estadio durante ningún partido. Y sin embargo es, por mucho, la más devastadora en términos numéricos, y también la más incómoda, porque ocurrió frente a todos y con la complicidad activa de todos.

Según reportó The Guardian, al menos 6.500 trabajadores migrantes involucrados en la construcción de los estadios del Mundial 2022 murieron desde 2010, año en que Qatar fue designada sede, producto de las condiciones de trabajo y de las temperaturas extremas.

Temperaturas de hasta 50 grados. Jornadas interminables. Escasas medidas de seguridad. Apenas unos días de descanso. Amenazas de expulsión si no se aceptaban las condiciones según Amnistía Internacional

Ante todo esto, el jefe ejecutivo del comité organizador del Mundial reconoció oficialmente solo tres víctimas mortales relacionadas con el trabajo.

Tres. Ante más de seis mil.

Y el mundo, en su mayoría, optó por ver los partidos y no hacer demasiadas preguntas.

Regreso entonces al Mundial 2026, a este que tenemos encima, y al ciudadano mexicano al que le dijeron que aguantara meses de obras en su ciudad para una fiesta a la que, al final, no fue invitado.

No son 328 muertos. No son 97. No son 6.500, al final, ellos “tienen otros datos”

Pero la lógica es exactamente la misma: el espectáculo primero, la gente después, y si la gente protesta, que se llame "provocación".

El fútbol sigue siendo, para millones, una pasión genuina y legítima. Pero su historia, la que no sale en los highlights ni en los resúmenes deportivos es la historia de lo que ocurre cuando las instituciones deciden que el negocio vale más que las personas.

Y esa historia, lamentablemente, no tiene visos de terminar.


Adrián Alfredo Alvarado Flores
  • Adrián Alfredo Alvarado Flores
  • Ingeniero en Logística Internacional con Maestría en Innovación Educativa con mención honorífica. Experiencia en docencia universitaria, coordinación académica y proyectos de mejora industrial y comercial. Ha participado como jurado y asesor en concursos nacionales, capacitador y moderador en foros académicos, con certificaciones en docencia digital.
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