
Voces coreanas en México
La luna que llama a casa

Hay una noche al año en que Corea entera mira hacia arriba.
Ocurre en otoño, cuando la luna del octavo mes lunar aparece llena y enorme sobre los campos recién cosechados. A esa noche, y a los dos días que la rodean, se les llama Chuseok. Es una de las dos fechas más importantes del calendario coreano. Si hubiera que traducirla a este lado del mundo, habría que juntar dos de las nuestras: el Día de Acción de Gracias, por la cosecha, y el Día de Muertos, por quienes ya no se sientan a la mesa.

Días antes, el país empieza a moverse. Se llenan los trenes, se llenan las carreteras, y todos van en la misma dirección: hacia el pueblo donde nació el apellido. Un viaje de dos horas puede tomar seis. Nadie se queja demasiado. El camino de regreso se hace una vez al año, y se hace completo.
La víspera huele a pino. En las cocinas se prepara songpyeon, unos pastelitos de arroz con forma de media luna, rellenos de sésamo con miel o de castaña, que se cuecen al vapor sobre agujas de pino para que tomen su aroma. Se doblan a mano, uno por uno, mientras se conversa. Las abuelas dicen que a quien le quedan bonitos le espera una vida bonita, y lo dicen con la seriedad suficiente para que los niños se esmeren.
La mañana siguiente es la del charye. Sobre una mesa baja se acomodan las frutas, las sopas, el pescado y el arroz nuevo, el primero de la cosecha. Cada cosa va en un lugar que no se improvisa, porque así se ha puesto desde hace generaciones. La familia hace dos reverencias. No es una ceremonia triste: es la manera coreana de sentar a todos a la misma mesa, incluidos los que ya no pueden llegar por su propio pie.
Y entonces se dice la frase.
더도 말고 덜도 말고 한가위만 같아라. Que no sea más, que no sea menos: ojalá todos los días de la vida fueran tan solo como este.
Conviene detenerse ahí, porque en esas pocas palabras cabe buena parte de lo que un coreano entiende por una buena vida. La frase no pide riqueza. No pide suerte, ni salud, ni un año mejor que el anterior. Pide que el resto de su vida se parezca a esos días: la mesa puesta, la cosecha adentro y la familia entera bajo el mismo techo, los vivos y los que ya se fueron.
Es un deseo modesto y, al mismo tiempo, enorme. Supone que lo más valioso que uno puede tener ya lo tiene esa noche, y que todo lo demás es adorno.
Mientras tanto, lejos de Corea, están los que no pueden volver a casa.
Y aun así celebran. Quienes no alcanzan a llegar al pueblo de su familia se reúnen con otros coreanos que tampoco pudieron viajar, aunque no sean parientes, y ponen la mesa juntos. Con los años, esas reuniones se volvieron comunidades. Hay comunidades coreanas en casi todos los países y, aunque para muchos pasen inadvertidas, tienen iglesias con servicios en coreano los domingos, escuelas los sábados para que los niños no pierdan el idioma de sus padres, torneos de futbol, fiestas de sesenta invitados y cenas que se alargan hasta que ya nadie tiene prisa. En algún momento de esas cenas, cuando ya se habló de todo, alguien empieza a cantar y la mesa entera baja la voz. Suena Arirang.
La letra es apenas una escena, con un reproche que es casi un berrinche: «Si me dejas y te vas, no llegarás ni a diez li sin que te duelan los pies» (unos cuatro kilómetros). La canta quien se queda, mirando la espalda del amado que se aleja por el paso de la montaña, hasta que su figura se hace pequeña y el monte se la traga. Y, sin embargo, ahí cabe todo lo que un coreano no suele decir en voz alta.
Porque Arirang no habla de un camino ni de un amor en particular. Habla de la distancia con quien uno quiere y no puede ver. La canta el hijo que se fue a estudiar al otro lado del país y la madre que despide a su hija en un aeropuerto. La cantaron, de la manera más honda, las familias que quedaron partidas a ambos lados de una frontera después de la guerra, con hermanos, padres e hijos a quienes nunca volvieron a ver ni pudieron escribir. Y la cantan los coreanos de la diáspora, porque es la misma añoranza dicha con la misma melodía. Todo coreano que ha salido de Corea sabe lo que se siente al oírla, aunque esté en una fiesta, aunque sea tarde, aunque lleve veinte años sin volver.
Este año, la comunidad coreana en México celebrará el Chuseok, del 24 al 26 de septiembre, en medio de una cantidad inusual de actividades entre los dos países. Del 24 al 27 se realizará la K-EXPO México 2026 en el World Trade Center de la Ciudad de México, con alrededor de cien empresas, muestras de cine, cocina, videojuegos, cosmética y hasta un concierto. A ello se suma la visita del presidente de Corea, Lee Jae-myung, anunciada para este mes por la presidenta Claudia Sheinbaum, con una agenda dedicada al comercio y al intercambio cultural y artístico.
La relación entre México y Corea ya es fuerte, y no hace falta un tratado para comprobarlo: basta con mirar a la comunidad coreana que lleva más de un siglo en México. Ojalá que lo que se haga estos días la fortalezca todavía más, y que en algún Chuseok no muy lejano haya también, en esa mesa, un plato de mole.

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