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Voces coreanas en México

Bora Park


No había problema

Relación bilateral Corea-México.
Relación bilateral Corea-México. | ChatGPT
Monterrey, Nuevo León

Cuando era niño y alguien me preguntaba de dónde era, yo contestaba que de Corea. Casi siempre seguía un silencio corto. Algunos concluían que entonces era chino. Otros preguntaban si eso quedaba cerca de Japón. 

Nadie lo decía con mala intención: el país no estaba en el mapa mental de la mayoría. 

Esa conversación hoy es imposible. Cuesta trabajo encontrar a alguien que no sepa qué es Corea

Hay adolescentes en Monterrey que cantan en coreano sin haber tomado una clase en su vida. Hay carritos de súper donde el kimchi va junto a las tortillas.

Hay ingenieros en Saltillo que llevan diez años reportando a una matriz en Seúl y ya distinguen un apellido Kim de un apellido Kang.

El país que casi nadie ubicaba está hoy en la radio, en el refrigerador y en la nómina.

De esas tres, la nómina es la que menos se ve. Operan en México más de quinientas empresas de capital coreano, que dan cerca de ciento cincuenta mil empleos directos y han invertido poco más de doce mil millones de dólares desde 1999.

De lo que ha llegado en los últimos años, casi la mitad se quedó en Nuevo León. La música y la comida llegaron solas. Esto no: esto se decidió en juntas.

Corea dejó de ser un país desconocido en México, y México dejó de ser un renglón vacío en los planes de Seúl. Falta lo más difícil, que es entenderse.

El malentendido no aparece en las encuestas ni en las cifras de comercio. Aparece en esas juntas.

Un viernes por la tarde, en Apodaca, un director coreano le preguntó a su proveedor mexicano si el lote estaría listo para el lunes. El proveedor contestó que sí, que no había problema. Los dos se dieron la mano. Los dos salieron tranquilos.

El lunes el lote no estaba listo.

Nadie mintió. El proveedor dijo la verdad: no había problema —ninguno insalvable, ninguno que no se pudiera resolver sobre la marcha—. 

El director escuchó otra cosa: un compromiso de fecha. Uno hablaba de disposición, el otro de calendario. Ambos usaron la misma palabra. 

El idioma tampoco falló. Las palabras se entendieron perfectamente. Lo que no se tradujo fue lo que había debajo.

Esa reunión costó dinero. No mucho, quizá. Un embarque reprogramado, unas horas extra, una llamada incómoda a Seúl el martes por la mañana. 

Y algo que no aparece en ninguna factura: un proveedor que, sin enterarse, acaba de entrar en la lista de los que no cumplen.

Esa reunión ocurre todos los días, en decenas de plantas, en dos idiomas, desde hace veinte años. En ningún estado de resultados existe la línea que la contabiliza.

El capital coreano en México ya maduró. El entendimiento mutuo no. 

Esa distancia se paga en rotación de personal, en proveedores que se pierden sin saber nunca por qué, en decisiones que se toman tarde porque la información llegó filtrada por tres cortesías distintas.

Llevo años haciendo ese trabajo: traducir entre el coreano y el español en relaciones diplomáticas y empresariales de Corea con América Latina. 

Lo he hecho desde Lima, desde Bogotá, desde Estados Unidos, desde Seúl, y desde 2019, aquí. En todos esos lugares aprendí lo mismo.

Ninguna colaboración se sostiene sobre las palabras si antes no se entiende de dónde viene cada quien: qué economía, qué historia, qué manera de estar en una sala.

Y aprendí algo más, que es lo que quiero traer a esta columna: casi nunca hay un villano.

Hay dos maneras razonables de entender el mundo operando en el mismo edificio, cada una convencida de ser la evidente.

El malentendido no es un defecto de carácter de nadie. Es lo que pasa cuando dos lógicas completas se cruzan sin que ninguna se haya tomado la molestia de entender a la otra: de dónde sale, qué cultura la formó, en qué contexto se mueve.

Lo que falta rara vez es un traductor. Es la intención.

A Corea le tomó treinta años dejar de ser un país desconocido en México, y ese camino no lo hicieron los gobiernos ni las cámaras de comercio. 

Lo hicieron una canción que alguien puso en el coche, un restaurante que abrió en una esquina, una planta que contrató a miles de personas en un municipio pequeño. Nadie coordinó el conjunto. Fue ocurriendo.

Entenderse es otra cosa, y no va a ocurrir solo. Reconocer a un país es pasivo: basta con estar expuesto a él el tiempo suficiente. 

Entenderlo es un trabajo que se hace de a dos, en juntas concretas, entre gente que tiene nombre y un lote que entregar el lunes.

Mi generación creció explicando de dónde venía. A la que sigue le va a tocar algo más difícil: explicar cómo se colabora. Ojalá no le tome otros treinta años.

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Bora Park
Bora Park

CEO y fundador de Bora Sana Services. Especialista en desarrollo de negocios entre Corea y México, con experiencia en consultoría empresarial, inversión, integración cultural y estrategias para...

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