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La Ciudad Cuenta

Pável Morales Rivas


La mirada de Jane

Guadalajara, Jalisco

¿Cuándo fue la última vez que miraste, de verdad, tu calle? No de paso, ni desde el coche. Mirarla como se mira algo que importa: quién camina, quién se detiene, dónde se juntan los niños, qué esquina se siente segura y cuál no. Parece un ejercicio menor. Es, quizá, el acto fundacional de casi todo de lo que hoy sabemos sobre las ciudades.

Hagamos un experimento imaginario. Si encuestáramos a urbanistas, arquitectos, sociólogos o alcaldes de todo el mundo sobre quién es la persona que más ha influido en la manera actual de mirar las ciudades, Jane Jacobs aparecería con seguridad entre los tres primeros lugares. Y sería, muy probablemente, la única mujer entre los diez primeros.

Lo extraordinario es que Jacobs no era urbanista. Tampoco arquitecta ni socióloga, aunque miraba la vida de la calle como nadie. Era una periodista sin título universitario que hizo algo que los expertos de su época habían dejado de hacer: se asomó a la ventana y observó. Desde su departamento en el 555 de la calle Hud-son, en Nueva York, registró durante años lo que llamó el “ballet de la banqueta”: el carnicero que abre temprano, los niños que salen de la escuela, los desconocidos cuyos ojos, sin saberlo, cuidan la calle mejor que cualquier policía. Su método no fue el plano ni la estadística. Fue la observación paciente de lo que sí ocurre, en lugar de lo que debería ocurrir según los manuales.

Con ese material escribió en 1961 Muerte y vida de las grandes ciudades —un libro que hoy se lee como si describiera la junta de vecinos de la semana pasada— y desafió el dogma de su tiempo. Corría la era de las autopistas urbanas y las supermanzanas de torres aisladas; la ciudad se diseñaba desde arriba, desde la maqueta. Jacobs propuso exactamente lo contrario: usos mixtos, para que la vivienda, el comercio y el trabajo convivan y la calle nunca muera; banquetas llenas de vida, porque una vialidad concurrida es el espacio público más democrático que existe; y el peatón por encima del auto, cuando el paradigma y todo el dinero público corrían en sentido inverso. A esa vigilancia espontánea la llamó ojos en la calle: la seguridad no la producen las patrullas ni las bardas, la produce la vida. Cada reja que levantamos para protegernos vacía la banqueta, y una banqueta vacía es el lugar más inseguro que existe.

Muerte y vida de las grandes ciudades, edición en español de Capitán Swing.| Pável Morales
Muerte y vida de las grandes ciudades, edición en español de Capitán Swing.| Pável Morales

No se quedó en el papel. Cuando Robert Moses, el todopoderoso constructor de Nueva York, quiso atravesar con vialidades el Washington Square y después todo el bajo Manhattan, Jacobs se sumó a la resistencia de sus vecinos. Terminó arrestada en una audiencia pública pero las autopistas no se construyeron. En 1968 se mudó a Toronto, donde volvió a hacer lo mismo: frenar una autopista urbana y demostrar que los barrios y su vida vibrante valen más que los atajos. Nunca vivió en Van-couver, pero sus ideas sí: los planificadores que crearon el llamado vancouverismo —torres esbeltas sobre basamentos comerciales a escala peatonal— la citan como su fuente. Hoy Vancouver figura año tras año entre las ciudades más habitables del mundo.

Jane Jacobs en 1961 muestra a la prensa las firmas vecinales contra la demolición de su barrio. |  Phil Stanziola, New York World-Telegram & Sun
Jane Jacobs en 1961 muestra a la prensa las firmas vecinales contra la demolición de su barrio. | Phil Stanziola, New York World-Telegram & Sun

Y aquí viene lo notable: más de sesenta años después, estamos volviendo a ella. Muchos de los conceptos que hoy discutimos y estudiamos quienes nos ocupamos de la ciudad —la mezcla de usos, la calle como espacio público y no como vialidad, entre otros— están plasmados con claridad prístina en las observaciones de Jacobs. Tal vez llegamos tarde a los errores que Jacobs señaló —seguimos construyendo para el auto, por ejemplo— pero tal vez estamos aún a tiempo de llegar temprano a sus aciertos.

Pero su legado más profundo no es una política pública: es un método. Observar antes de opinar. Caminar antes de planear. Preguntarle a la calle qué necesita, en lugar de decírselo.

Jacobs entendió que la ciudad no es una máquina que se optimiza sino un organismo que se cultiva —“complejidad organizada”, la llamó—, y los organismos necesitan masa crítica: sin densidad no hay encuentros, y sin encuentros no hay barrio. Por eso defendió la densidad cuando se entendía como sinónimo de hacinamiento: el contacto diario es la materia prima de la vida urbana, y el habitante, su actor principal. Mirar no es un rejection del estudio —ella misma exigía tratar a la ciudad con el rigor que merece un organismo complejo—; es su punto de partida: los datos y las herramientas responden preguntas, y las buenas preguntas nacen en la banqueta.

Quizá el desafío no sea encontrar nuevas respuestas para nuestras ciudades, sino recuperar la costumbre de mirarlas: todo lo que sabemos de ellas empezó así. Jane Jacobs nos enseñó que la ciudad no se entiende solo desde arriba; se empieza a entender a la altura de los ojos.


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Pável Morales Rivas
Pável Morales Rivas

Ingeniero de formación. Emprendedor y curioso empedernido. Coleccionista de disciplinas: ha pasado, entre otras, por la docencia, las ciencias exactas, el mundo corporativo, el diseño, la const...

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