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Pável Morales Rivas


Tu ciudad, a vuelo de pájaro

Le Corbusier con la maqueta de un edificio de departamentos, en 1935: la ciudad entera cabía sobre una mesa | The New York Times
Le Corbusier con la maqueta de un edificio de departamentos, en 1935: la ciudad entera cabía sobre una mesa | The New York Times | Cortesía
Guadalajara, Jalisco

¿Alguna vez te has preguntado por qué pasas tanto tiempo trasladándote al trabajo, a la escuela, a las compras, de vuelta a casa?

No es mala suerte, ni es un accidente: detrás de esos trayectos hay un paradigma, una manera de entender la ciudad que se impuso hace apenas un siglo. Y aunque un paradigma nunca tiene un solo autor, este tiene un nombre que lo marcó más que ningún otro.

Muchas de nuestras ciudades se volvieron metrópolis o crecieron de golpe durante las últimas décadas. En ellas la vida quedó repartida por rumbos: se duerme en una colonia, se trabaja o se estudia en el otro extremo, y las compras quedan a quince minutos… en coche. La vida diaria se nos va en los trayectos, y lo aceptamos como se acepta el clima: como si fuera natural. Pero no lo es. Estas ciudades funcionan así porque una época decidió que así debían funcionar.

Esa época tuvo pensadores que le dieron forma al paradigma, y el más notable fue quizás un suizo llamado Charles-Édouard Jeanneret, nacionalizado francés, que en París adoptó un seudónimo tomado del apellido de su abuelo materno: Le Corbusier.

No era un arquitecto cualquiera. Fue pintor, escultor, urbanista, hombre de letras y uno de los renovadores más claros de la arquitectura moderna. Su obra es hoy Patrimonio de la Humanidad, y escribió Hacia una arquitectura, uno de los libros más estudiados sobre el oficio. Le Corbusier fue probablemente el arquitecto más influyente del siglo XX. Además, como no podía ser de otra forma: fue un hombre de su tiempo y de sus circunstancias.

Camina en nuestra historia sobre una cornisa angosta: de un lado, el dios arquitectónico que fue y aún es para algunos; del otro, alguien con más influencia sobre el diseño de las ciudades de la que un solo individuo debería haber tenido jamás. Diseñó edificios y ciudades como si fueran el mismo oficio, con las mismas herramientas: el plano y la maqueta.

Le Corbusier con la maqueta de un edificio de departamentos, en 1935: la ciudad entera cabía sobre una mesa | The New York Times
Le Corbusier con la maqueta de un edificio de departamentos, en 1935: la ciudad entera cabía sobre una mesa | The New York Times

Hace poco más de cien años imaginó la ciudad perfecta: torres idénticas rodeadas de jardines y conectadas por autopistas. “Ciudad Radiante” la llamó. Uno de sus más influyentes proyectos. Llegó a proponer demoler buena parte del centro de París. Y en 1933, junto con los arquitectos de su generación, convirtió esa visión en doctrina: la Carta de Atenas, que proponía separar la ciudad en funciones (habitar, trabajar, recrearse, circular), cada una en su zona, y confiar al automóvil la tarea de unirlas.

Eran otros tiempos, es cierto. La ciudad industrial estaba enferma: fábricas humeantes y tóxicas junto a las viviendas, hacinamiento, epidemias. Separar la casa de la fábrica era probablemente lo más sensato en ese momento; el error fue separarlo todo, por decreto. Era, además, la época exacta para sembrar esas ideas justo antes de que el mundo buscara alternativas que le permitieran crecer: coincidió con la posguerra, cuando la explosión demográfica y el dinamismo económico exigían y permitían levantar o extender ciudades enteras a toda prisa. Las ideas de esta generación parecían la única respuesta disponible. La respuesta de la deseable e inevitable modernidad.

Esa doctrina cruzó el océano y aterrizó en nuestras ciudades convertida en zonificación, en distribuidores viales anchos, en fraccionamientos dormitorio cada vez más lejanos. La seguimos aplicando cada vez que pedimos más carriles, un segundo piso elevado o celebramos un fraccionamiento tranquilo pero lejos de todo. Peor aún es la escala temporal de estas decisiones: el ciclo de vida de la infraestructura urbana no se mide en pocos años, se mide en décadas o siglos. Las calles y avenidas que hoy trazamos las van a disfrutar o padecer nuestros nietos y bisnietos.

La alternativa tal vez está en el centro de nuestras ciudades. Los centros históricos crecieron al revés: desde abajo, cuadra a cuadra, a la medida del paso humano: generaciones adaptándose a los cambios del mundo. Ahí conviven la casa, el comercio, la escuela y la plaza; podemos exigir eso mismo para las colonias nuevas: diversos usos en los edificios, cuadras cortas, la vida a distancia caminable.

La ironía es redonda. La ciudad vieja que Le Corbusier y sus contemporáneos querían demoler es hoy la parte que más queremos y la que mejor funciona; la que se construyó con sus ideas es la que queremos arreglar. Así que la próxima vez que sientas que la mitad del día se te va entre el coche y el tráfico, ya sabes dónde empezó la respuesta. La ciudad se ve bien a vuelo de pájaro, pero solo se disfruta —o sufre— a la escala humana de quienes la habitamos.


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Pável Morales Rivas
Pável Morales Rivas

Ingeniero de formación. Emprendedor y curioso empedernido. Coleccionista de disciplinas: ha pasado, entre otras, por la docencia, las ciencias exactas, el mundo corporativo, el diseño, la const...

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