Logo de Telediario
Comunidad
Foto de Pável Morales Rivas

La Ciudad Cuenta

Pável Morales Rivas


Cuatro intentos y un águila

Pável Morales Rivas
Pável Morales Rivas | Operaciones
Guadalajara, Jalisco

¿Por qué nace una ciudad donde nace? Casi nunca porque el lugar sea perfecto. Guadalajara tuvo que intentarlo cuatro veces para lograrlo, y Ciudad de México, Roma y Buenos Aires nacieron en lugares que parecían recetas para el fracaso.

En el caso de Guadalajara, el primer intento fue en 1532, en Nochistlán, hoy Zacatecas, donde, según las actas, faltaba agua y sobraban las tormentas de polvo. El segundo fue en Tonalá, el mismo lugar donde hoy compramos artesanías: los colonos se mudaron ahí en 1533 contra la orden de Nuño Beltrán de Guzmán, el conquistador que gobernaba la región. Guzmán aspiraba a quedarse en exclusiva con lo que producía Tonalá, así que en 1536 los obligó a mudarse otra vez. El tercer intento fue en Tlacotán, en el actual municipio de Ixtlahuacán del Río, donde la ciudad resistió hasta que en 1541 la atacaron los caxcanes.

Tras el ataque a Tlacotán, el Cabildo de esta ciudad itinerante discutió si mudarse al Valle de Atemajac, pero los vecinos dudaban, temerosos de las represalias de Guzmán. Según el cronista fray Antonio Tello, Beatriz Hernández, esposa de uno de los colonos, entró a la sesión y les reclamó, en el castellano de la época: “¿No acabarán los señores de determinar a dó se ha de hacer esta mudanza?”. Pidió la palabra y votó por Atemajac.

Finalmente, bajaron al Valle de Atemajac, un sitio más fácil de defender y con agua: el río San Juan de Dios, que hoy corre entubado bajo la Calzada Independencia. El 14 de febrero de 1542 nació Guadalajara en el lugar donde la conocemos. La cuarta fue la vencida.

El lugar importa, pero también importan las personas que lo eligen, con sus intereses, sus rivalidades y hasta sus prisas.

Detalle del relieve de bronce de Rafael Zamarripa sobre la fundación de Guadalajara | E.dronism, Wikimedia Commons
Detalle del relieve de bronce de Rafael Zamarripa sobre la fundación de Guadalajara | E.dronism, Wikimedia Commons

Ciudad de México es un ejemplo todavía más extremo. Su fundación nos parecería sumamente improbable si la analizáramos con lo que se sabía y se veía en aquel momento.

Según la leyenda, un pueblo venido del norte, de un lugar mítico llamado Aztlán (de ahí el nombre de aztecas, aunque ellos se llamaban a sí mismos mexicas), buscaba una señal que le indicaría dónde asentarse: un águila devorando una serpiente sobre un nopal. Después de generaciones de peregrinar, los mexicas la encontraron en un islote del lago de Texcoco.

Fundación de Tenochtitlan. Códice Mendoza, folio 2r, hacia 1541. Bodleian Library | Universidad de Oxford
Fundación de Tenochtitlan. Códice Mendoza, folio 2r, hacia 1541. Bodleian Library | Universidad de Oxford

Sonaría a mala idea fundar una ciudad allí: un islote pantanoso, sin piedra ni madera para construir, sin agua dulce suficiente y en tierras de Azcapotzalco, un señorío vecino al que había que pagarle tributo. Pero el sitio resultó sumamente exitoso: cuando llegaron los españoles, un par de siglos después, Tenochtitlan tenía, según se estima, doscientos mil habitantes y era de las urbes más grandes del mundo. El agua la protegía, sus calzadas tenían puentes que se podían levantar y las chinampas alimentaban a la población y le permitían crecer.

Alrededor había pueblos con distinto grado de independencia: Tlatelolco, Coyoacán y Xochimilco estaban bajo su influencia, entre otros pueblos cercanos. Un sitio que parece improbable puede ser el más apropiado en cierto momento. Hoy, muchos de esos pueblos forman parte de una gran mancha urbana en donde conviven más de 20 millones de personas.

El triunfo de lo improbable no es exclusivo de México. Roma, cuenta la leyenda, nació en el año 753 antes de nuestra era sobre el Palatino, una de las colinas junto al río Tíber, también con un animal de por medio: la loba que amamantó a Rómulo y Remo, sus fundadores míticos. La colina era fácil de defender y cercana a un vado del río, pero la rodeaban valles pantanosos que hubo que drenar. Desde ese cerro, la ciudad fue ocupando las siete colinas y, con el tiempo, todo el terreno entre ellas y más allá.

Buenos Aires, en Argentina, tiene una historia parecida a las anteriores: como Guadalajara, se fundó dos veces y, como Tenochtitlan, nació en un sitio que no parecía el mejor para una gran ciudad.

Fundada primero en 1536 y abandonada pocos años después, se refundó en 1580 en su sitio definitivo, con un puerto de difícil acceso, de fondo bajo y fangoso, y con prohibición de comerciar directamente con España. Pero estaba a orillas del Río de la Plata, por donde se entraba al camino hacia Potosí y sus grandes minas, y por ahí salía la plata extraída hacia Europa, sobre todo de contrabando.

Buenos Aires vivió del contrabando, de su posición estratégica y de una llanura sin límites para crecer, y llegó a ser la ciudad más poblada de América Latina hasta finales de los años sesenta del siglo pasado.

Estas cuatro ciudades, y muchas otras en el mundo, tienen algo en común: ninguna nació como quería, sino como pudo, aunque el lugar no pareciera ideal. Y sin embargo, con los siglos, las características de esos lugares terminaron siendo justo lo que necesitaban: el agua protegía, las colinas defendían, la llanura dejaba crecer, el valle con río daba espacio y sustento. Por eso, algunos pequeños asentamientos, fundados casi por necesidad pero con las condiciones adecuadas, crecieron hasta volverse grandes urbes; otros, como Tlacotán, se quedaron en pueblo.

Aquí la historia se cruza con las matemáticas, en particular con la teoría del caos. En los años sesenta, el meteorólogo Edward Lorenz descubrió que en ciertos sistemas una diferencia minúscula en las condiciones iniciales produce resultados completamente distintos; años después lo resumió preguntando si el aleteo de una mariposa en Brasil podía desatar un tornado en Texas. La ciudad se comporta así: no es azar, pero es casi imposible de predecir a largo plazo. Pequeños cambios en algún momento histórico (una guerra, una ruta, un personaje clave, una catástrofe natural o hasta un águila comiéndose una serpiente en el nopal adecuado) pueden alinear las condiciones de un crecimiento explosivo o impedirlo del todo. Vista así, cada una de estas ciudades es el resultado de una serie de eventos afortunados.

Ninguna ciudad nace en el lugar perfecto. Nace donde, por suerte o por perseverancia, varias cosas salen bien. Todo lo demás lo cuenta la ciudad.




noticia escrita por
Pável Morales Rivas
Pável Morales Rivas

Ingeniero de formación. Emprendedor y curioso empedernido. Coleccionista de disciplinas: ha pasado, entre otras, por la docencia, las ciencias exactas y computacionales, el mundo corporativo, e...

Aviso legal

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de TELEDIARIO; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.

INICIA LA CONVERSACIÓN