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Pável Morales Rivas


Cuando las ideas viajan

Ciclistas y peatones bajo los Arcos de Guadalajara durante la Vía, cuando las calles se cierran a los coches un domingo | Gobierno de Guadalajara
Ciclistas y peatones bajo los Arcos de Guadalajara durante la Vía, cuando las calles se cierran a los coches un domingo | Gobierno de Guadalajara | Cortesía
Guadalajara, Jalisco

Seguro te ha pasado: ves un video o viajas, descubres algo que se hace en otro lugar del mundo o de tu país, y te preguntas por qué no hacemos eso mismo aquí, en nuestra ciudad.

Traernos buenas ideas de otras latitudes no tiene nada de malo: nadie tiene por qué inventar lo que otros ya resolvieron. El problema aparece cuando creemos que la idea viaja completa. Casi siempre, algo de lo que la hacía funcionar allá, allá se queda.

Copiar buenas ideas es tan antiguo como la ciudad misma. La plaza con la iglesia a un lado y las calles en cuadrícula, tan familiares en el centro de tantas ciudades mexicanas, son una receta que Felipe II dejó por escrito en 1573 para las poblaciones que faltaban por fundar en América. Siglos después, en 1870, México estrenó su Código Civil con el molde francés entre sus fuentes. Importamos trazas y leyes, y a veces funciona. También hemos exportado: el amparo (el juicio con el que una persona pide a un juez que la proteja de un acto de autoridad que viola sus derechos) nació en Yucatán en 1841; varios países de América Latina lo adaptaron después a su manera, y hasta Filipinas lo tomó como modelo en 2007.

Empecemos por una idea que viajó bien: la de cerrar calles a los coches un domingo para que la gente las use. No nació en Bogotá, pero ahí se volvió programa permanente y modelo: su Ciclovía arrancó el 15 de diciembre de 1974, y cientos de ciudades ya la han replicado. Guadalajara y la Ciudad de México tienen la suya. La idea de la ciclovía viaja porque casi no depende de nada. Le basta con calles que se puedan cerrar unas horas y ganas de salir. Eso lo tiene casi cualquier ciudad; por eso la idea viajó tan lejos.

Ahora veamos una idea que viaja, pero pide más. Los teleféricos, esas cabinas colgantes, nacieron en los Alpes a principios del siglo XX para subir gente a la montaña. Un siglo después, varias ciudades de América Latina los tomaron para resolver otro problema: llegar a los barrios de las laderas. Caracas y Medellín los tienen, La Paz los convirtió en la columna de su transporte público y, en México, el Mexicable sube desde 2016 por la sierra de Guadalupe, en Ecatepec. Todas comparten lo mismo: cerros. Donde los hay, funciona. En Londres, sin cerros que salvar, inauguraron una línea sobre el Támesis en 2012 que funciona sobre todo como atracción turística. El terreno es una de las condiciones que más pesan para saber si una idea urbana se puede exportar.

Y hay ideas que ni siquiera llegan a instalarse. El arquitecto Le Corbusier ofreció versiones de la misma ciudad ideal a París, a Argel y a Río de Janeiro, y ninguna la construyó. Una ciudad pensada para cualquier lugar no encaja en ninguno.

Para entender por qué unas ideas se copian bien y otras no, sirve lo que observó el geógrafo estadounidense Jared Diamond, ganador del Pulitzer y uno de los divulgadores científicos más leídos. Se preguntó por qué, de cerca de ciento cincuenta grandes mamíferos que pudieron haber terminado en un corral, solo catorce terminaron ahí. La respuesta la tomó prestada de Tolstói, que abre Anna Karenina con esta frase: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Con los animales pasa igual: para domesticar uno tienen que coincidir muchas cosas a la vez, desde lo que come hasta su carácter, y basta con que falle una para que no sirva. Por eso el caballo sí y la cebra no: son parientes cercanos, pero la cebra muerde y no suelta cuando lo hace.

Con las plantas notó otra cosa: el trigo llegó del Medio Oriente hasta Europa e India porque, a lo largo de la misma latitud, el clima se parece; el maíz tardó milenios en subir de México hacia el norte. Una idea prospera con más facilidad cuando encuentra condiciones parecidas. De ahí sale la regla: una idea viaja en proporción inversa al número de condiciones que necesita. La ciclovía necesita poco; el teleférico, cerros y mucho más presupuesto. Además, en una ciudad pesan las condiciones, pero también quién la gobierna y cómo.

Copiar lo que funciona es sensato, y a las buenas ideas hay que intentar copiarlas. Pero antes hay que preguntarnos: ¿de qué depende que pueda copiarse en nuestro caso? Del terreno, del presupuesto, de la cultura de quienes usarán la idea, entre otras cosas.

Queda además la brecha más difícil de ver: la ejecución. Dos ciudades pueden importar la misma idea y obtener resultados opuestos, porque no todas tienen la misma capacidad de ejecutarla. Eso depende de la gobernanza: cómo se elige y se vigila a quien gobierna, qué tan capaz es su gobierno de ejecutar lo que decide y cuánto respetan las leyes y las instituciones, por igual, la gente y el Estado. La gobernanza no vive solo en la ciudad, sino en todo el aparato jurídico, político y social del país: de ella depende que una idea nueva entre y se sostenga en el tiempo.

Así que la próxima vez que te preguntes por qué no hacemos eso mismo aquí, recuerda: una buena idea cabe en el bolsillo, como una semilla. Que crezca depende del suelo donde caiga y de cómo se la cuide después.


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Pável Morales Rivas
Pável Morales Rivas

Ingeniero de formación. Emprendedor y curioso empedernido. Coleccionista de disciplinas: ha pasado, entre otras, por la docencia, las ciencias exactas y computacionales, el mundo corporativo, e...

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