
La Ciudad Cuenta
¿Cuánto vale tu tiempo?

A principios de 2020 el mundo se nos redujo a unas pocas cuadras a la redonda. De pronto era importante si la tiendita de la esquina abría, si la farmacia quedaba cerca o si había un parque al que se pudiera llegar caminando.
Descubrimos, a la fuerza, qué tan lejos vivíamos de lo que necesitábamos. Quien tenía a la mano lo esencial la pasó distinto que quien tenía que desplazarse en coche o transporte público por alguna razón.
La cercanía, que parecía un detalle, resultó ser, de repente, una importante ventaja. Y desde entonces nos ha quedado flotando una pregunta que no pasa de moda: ¿qué tienes tú, digamos, a quince minutos caminando de tu casa?
Esa pregunta se la hizo Carlos Moreno, un franco-colombiano que llegó a Francia a los veinte años como refugiado político. Moreno es científico, formado en robótica, informática y sistemas complejos, y mira la ciudad como lo que es: un sistema donde todo depende de todo lo demás.
En 2016 le puso nombre a su idea, la ciudad de los quince minutos, y la resumió así: que lo esencial de la vida diaria quede al alcance de un cuarto de hora, a pie o en bicicleta.
Son seis funciones esenciales: vivir, trabajar, abastecerse, cuidarse, aprender y disfrutar. La desarrolló en su libro La revolución de la proximidad (Alianza Editorial, 2023).
Pero un libro no cambia una calle. Una buena idea necesita una ciudad que la tome en serio, y la encontró en París, con los Juegos Olímpicos de 2024 en el horizonte.
Anne Hidalgo, entonces alcaldesa de la ciudad, conocía a Moreno y su trabajo, e hizo del concepto la bandera de su campaña de reelección en 2020, en pleno confinamiento. París empezó a ceder calles a peatones, bicicletas y niños. Con la pandemia, la proximidad mostró sus ventajas justo cuando más hacían falta, y eso terminó de cimentar el concepto.
En julio de 2020 la red de ciudades C40 lo puso en el centro de su campaña mundial de recuperación, y con esto la idea despegó. Melbourne y Portland ya hablaban de barrios de veinte minutos. Buenos Aires asumió el liderazgo de un grupo de trabajo sobre el tema y la ONU le dio un reconocimiento en 2022. A partir de entonces no deja de mencionarse la idea y su aplicabilidad a ciudades en todas las latitudes y continentes.
Una idea simple, y aplicable a muchos contextos, viaja rápido y lejos, y ese fue uno de sus mayores aciertos.
La idea general, hay que decirlo, no es del todo nueva: Jane Jacobs y otros sugerían algo parecido hace décadas. La ciudad de quince minutos es, más que una idea completamente original, un gran concepto paraguas que reúne muchas de las buenas prácticas que hoy conocemos sobre las ciudades: usos de suelo mezclados, calles a escala humana, caminar y pedalear como opciones reales, transporte público decente y espacios públicos que los ciudadanos hagan suyos.
Aquí viene lo que casi nunca se cuenta. La ciudad de quince minutos no funciona como receta para cualquier ciudad: necesita, para empezar, que existan muchos centros o subcentros urbanos.
Moreno mismo la define como una ciudad necesariamente policéntrica. Si todo lo importante está en un solo lugar, un barrio lejano a ese lugar jamás podrá tener esos servicios cerca, por más ciclovías que hagamos.
Y una metrópoli policéntrica además necesita transporte público frecuente para llegar a lo que el barrio no tiene (el concepto acepta que algunos equipamientos urbanos son de una escala mayor a la barrial, por lo cual no todo tiene ni puede estar en el radio de los quince minutos; basta con que esté la mayoría). Por eso Moreno propone, para zonas menos densas, un territorio de treinta minutos.

El urbanista Alain Bertaud llama a la idea utópica. Su crítica va más allá de las ciudades extensas o desiguales. Sostiene que ningún planificador puede ubicar comercios y empleos a su antojo, porque eso lo deciden los mercados, y que las metrópolis valen justamente por sus grandes mercados laborales: partirlas en islas autosuficientes les restaría productividad.
Sin entrar a debates sobre qué tanto el mercado debería ser quien defina nuestras ciudades, Bertaud tiene un punto a favor: sabemos que lograr economías de escala y cierto nivel de innovación requiere una aglomeración espacial suficiente, tanto en cantidad como en calidad. Esto implica, por necesidad, algún grado de especialización: no todo puede ni conviene repartirse por igual en cada zona de la ciudad. Por eso la propuesta no consiste en distribuirlo todo de manera uniforme, sino en combinar centros con escala y barrios con lo cotidiano a la mano.
Conviene además recordar un detalle: París ya era, en buena medida, una ciudad de quince minutos antes de que alguien le pusiera nombre. La idea no la inventó Moreno: él le puso nombre e Hidalgo le dio bandera. La ciudad fue, por sus propias características, tierra fértil para el desarrollo del concepto.
Volviendo a Moreno: he tenido el privilegio de escucharlo en persona varias veces y de constatar de primera mano su calidad humana y su compromiso social. Hay algo que repite a menudo: la ciudad de quince minutos tiene que ver, sobre todo, con la calidad de vida y con el derecho a la ciudad.
Es la idea de urbes a escala humana, donde los servicios básicos quedan al alcance de la mano. Su apuesta se apoya en lo que llama crono-urbanismo: en nuestras grandes ciudades, qué tan cerca o lejos estamos de un lugar no lo define tanto la distancia a la que se encuentre, sino el tiempo que tardamos en llegar allí.
Por eso no se trata solo de contaminar menos (uno de los principales argumentos a favor de la idea, porque quien vive cerca de sus destinos diarios hace menos viajes y con ello contamina menos), sino de no desperdiciar buena parte de nuestras vidas arriba de un coche, un camión o cualquier otro transporte, moviéndonos de un lugar a otro.
Pero en México el rumbo de nuestras ciudades parece ir al revés. Según la Encuesta Intercensal 2025, el coche ya es el medio más usado para llegar al trabajo, en cerca de uno de cada tres casos, y le ganó terreno al transporte público y a caminar. Además, una de cada seis personas ocupadas trabaja fuera de su municipio de residencia. Da la impresión de que nuestras ciudades se hicieron para ir lejos, en lugar de para tener todo cerca.
Lo que falta decidir es si queremos la cercanía por elección, y eso empieza por hacer ciudades con muchos centros y no con uno solo: comunidades más resilientes y con más vida de barrio.
La idea es poderosa porque propone devolvernos lo más valioso que tenemos: el tiempo. En 2020 la cercanía nos tocó por obligación. Ojalá la próxima vez nos toque por diseño.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de TELEDIARIO; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.