Logo de Telediario
Comunidad
Foto de Adrián Alfredo Alvarado Flores

Anatema

Adrián Alfredo Alvarado Flores


Día de muertos, una tradición fabricada

Columna sobre el día de muertos
Columna sobre el día de muertos | Gemini
Torreón

Cada año, por estas fechas, los mexicanos nos ponemos particularmente orgullosos de nuestra relación con la muerte, afirmamos con seguridad que nos reímos de ella (aunque en los funerales todos igual lloran), sacamos las calaveras, el cempasúchil, el papel picado y montamos altares que, según nos han contado, son una herencia directa de nuestros gloriosos antepasados mexicas.

Porque, aparentemente, llevamos varios siglos haciendo exactamente lo mismo y nuestros abuelos prehispánicos ya estaban esperando su mole y sus tamales desde el Mictlán.

Pero ¿qué tan cierta es esta historia? ¿El Día de Muertos es realmente una tradición milenaria que sobrevivió intacta a la conquista? ¿O estamos ante una celebración bastante más católica, colonial y moderna de lo que nos gusta reconocer?

Vamos a deshebrar el asunto.

Un poco de contexto

Primero, hay que entender algo bastante sencillo: el 1 y 2 de noviembre no son fechas elegidas por los mexicas.

El primero corresponde a Todos los Santos, una solemnidad cristiana que terminó consolidándose en el calendario occidental el 1 de noviembre. El segundo es el Día de los Fieles Difuntos, cuya conmemoración general fue impulsada alrededor del año 998 por el abad Odilón de Cluny, en Francia. (Muchísimo antes de que América fuera siquiera "descubierta", mucho menos conquistada).

Es decir, ambas celebraciones tienen antecedentes medievales europeos y llegaron a la Nueva España con los evangelizadores españoles.

La primera estaba dedicada a los santos y mártires cristianos; la segunda, a los difuntos por quienes se ofrecían oraciones y sufragios para ayudarlos a alcanzar la salvación. Sí, el mismísimo calendario que hoy presumimos como una de las expresiones más puras de nuestra identidad nacional tiene raíces bastante más europeas de lo que sugeriría una visita a cualquier tienda de souvenirs.

Pero tampoco vayamos al extremo contrario: los pueblos mesoamericanos sí tenían una relación profundamente ritualizada con la muerte.

¿Los aztecas qué celebraban?

Aquí viene la parte interesante.

Los mexicas tenían distintas ceremonias funerarias y celebraciones dedicadas a los muertos, distribuidas a lo largo de su calendario ritual. Algunas incluían danzas, cantos, sacrificios y ofrendas, dependiendo del tipo de difunto y de la ocasión.

Sin embargo, estas ceremonias no se realizaban necesariamente el 1 y 2 de noviembre, ni tenían las características de nuestros actuales altares domésticos.

El calendario mexica estaba dividido en dieciocho veintenas, y las celebraciones relacionadas con la muerte aparecían en distintas etapas del año.

Conviene subrayarlo: que dos culturas tengan rituales para honrar a sus muertos no significa que una festividad sea descendiente directa de la otra. En realidad, sería prácticamente imposible encontrar una cultura que no posea algún tipo de ritual relacionado con la muerte.

De hecho, el investigador Roberto Martínez González y Rocío Maza, en un artículo publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, explican que las ceremonias funerarias mexicas aparecían en al menos nueve de las dieciocho veintenas del calendario anual.

No estamos hablando de una celebración equivalente a la nuestra, sino de un sistema religioso bastante más complejo y distinto.

La Iglesia también puso su “granito de arena” (costales)

Durante la evangelización de la Nueva España, los religiosos españoles se encontraron con poblaciones que ya tenían sus propias prácticas funerarias.

La solución fue introducir las celebraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, mientras las costumbres indígenas sobrevivían, se adaptaban o se transformaban dentro del nuevo orden religioso.

Tenemos testimonios bastante interesantes de este proceso.

El fraile dominico Diego Durán, a finales del siglo XVI, ya sospechaba que los indígenas estaban mezclando sus antiguas ceremonias con las festividades cristianas ya que los indígenas estaban colocando diferentes ofrendas para los muertos pequeños y los muertos mayores.

Y es que la costumbre de colocar alimentos para los difuntos no era precisamente desconocida en Europa. De hecho, ni siquiera era exclusiva del cristianismo.

En la antigua Roma, por ejemplo, durante las festividades de las Parentalia y las Feralia, dedicadas a honrar a los familiares fallecidos, se llevaban alimentos a las tumbas: pan, frutas, huevos, sal, miel, leche y vino, entre otros productos. También se celebraban comidas funerarias junto a las sepulturas, en las que los familiares recordaban al difunto y compartían alimentos en su honor. ¿Le suena al lector familiar?

Es decir, la idea de alimentar simbólicamente a los muertos tiene antecedentes en la Antigüedad clásica, muchos siglos antes de que existiera el calendario cristiano de noviembre.

Y si nos acercamos a las tradiciones europeas más próximas a nuestra celebración, encontramos todavía más ejemplos. En España se elaboraban dulces conocidos como huesos de santo, inspirados en las reliquias de los santos; en Italia existen las ossa dei morti (huesos de los muertos), galletas y dulces con formas que evocan huesos humanos. También encontramos los soul cakes ingleses, pequeños panecillos que se entregaban durante las fechas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos a cambio de oraciones por las almas de los fallecidos.

Es notorio que no estamos hablando de una coincidencia aislada, sino de una larga tradición europea de relacionar los alimentos, la memoria de los difuntos y las celebraciones religiosas.

Por supuesto que este tipo de rituales son comunes en todas partes del mundo, de manera aislada, sin embargo, en su conjunto, y tomando en cuenta la trayectoria de formación cultural de México, resulta bastante más plausible entender que el Día de Muertos exhibe en todos sus elementos una raíz mucho más europea que prehispánica.

¿Y el altar?

Aquí es donde entra una historiadora que vale la pena conocer: la doctora Elsa Malvido, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia y especialista en la historia de la muerte.

En su ensayo La festividad de Todos Santos y Fieles Difuntos, y su altar de muertos en México, Malvido cuestiona precisamente esa idea de que nuestros altares actuales son una reproducción de antiguas ceremonias prehispánicas.

La investigadora rastrea varios de sus componentes hasta las tradiciones funerarias europeas y novohispanas, incluyendo los túmulos y catafalcos que se levantaban para las ceremonias religiosas.

También documenta cómo las ofrendas domésticas y las visitas a los cementerios fueron adquiriendo características distintas durante los siglos posteriores a la conquista.

Y aquí viene algo que me parece particularmente interesante: durante buena parte del siglo XIX, el Día de Muertos era una celebración bastante diferente a la postal folclórica que conocemos actualmente.

En las ciudades mexicanas, por ejemplo, era habitual visitar los cementerios, pasear, comprar alimentos y convertir los panteones en espacios de convivencia popular. La celebración fue perdiendo parte de su solemnidad religiosa y adquiriendo un carácter cada vez más festivo.

Nada de esto significa que las prácticas indígenas desaparecieran, sino que la tradición fue cambiando durante generaciones.

¿Y el cempasúchil?

Se nos repite constantemente que los mexicas utilizaban el cempasúchil para adornar las tumbas de sus muertos y que su aroma servía para guiar a las almas de regreso al mundo de los vivos. El problema es que la evidencia histórica no respalda tan fácilmente esta explicación.

El investigador Miguel Ángel Serrato Cruz, especialista en el estudio del cempoalxóchitl, revisó las referencias de Sahagún y las relacionó con el calendario ritual mexica. ¿Qué encontró? Que, aunque la flor sí se utilizaba en distintas ceremonias prehispánicas, incluso durante la fiesta de Miccailhuitl, dedicada a los muertos pequeños, en las veintenas de finales de septiembre a noviembre, cuando se conmemoraba a los difuntos en sus tumbas, no aparece su utilización.

Es decir, los mexicas conocían y empleaban el cempasúchil en sus ceremonias religiosas, pero eso no significa que lo utilizaran como lo hacemos actualmente en el Día de Muertos.

La explicación tan popular de los pétalos formando caminos para que las almas encuentren su altar es algo que carece de sustento histórico de manera rotunda.

La invención de nuestra tradición nacional

Durante el siglo XIX, las reformas liberales de Benito Juárez y la secularización de los cementerios modificaron profundamente la relación entre la Iglesia y las celebraciones funerarias ya que el estado arrebató a la iglesia la administración de estos espacios y por ende, lo que promovía y/o permitía dentro de ellos.

Más tarde, durante el periodo posrevolucionario, el Estado mexicano comenzó a construir una identidad nacional apoyada en la cultura popular, el arte y las tradiciones regionales.

Aquí aparecen personajes como José Guadalupe Posada, Diego Rivera y Serguéi Eisenstein, cuyas obras contribuyeron a consolidar esa estética mexicana de la muerte que hoy reconocemos prácticamente en cualquier parte del mundo.

La historiadora Elsa Malvido señala particularmente el cardenismo (1934-1940) como una etapa de reinvención de estas festividades, en la que se impulsó su interpretación nacionalista y se fue desplazando su significado religioso.

No es que Lázaro Cárdenas haya inventado el Día de Muertos propiamente. La cuestión es que una celebración que tenía una historia religiosa y popular bastante más compleja terminó convertida en un símbolo de mexicanidad, fue en este momento en el que, desde arriba, se comenzó a promover la idea de que se trataba de una festividad fundacional de los mexicanos, como una tradición milenaria que nos diera cohesión y una identidad.

Hoy tenemos desfiles monumentales inspirados en películas de Hollywood y toda una industria comercial alrededor de una celebración que, paradójicamente, solemos defender precisamente por considerarla ajena a las influencias extranjeras.

Al final:

No, el Día de Muertos no es una tradición prehispánica que haya sobrevivido intacta durante quinientos años.

Es el resultado de siglos de transformaciones de prácticas funerarias europeas, celebraciones católicas medievales, costumbres novohispanas, reformas liberales, nacionalismo posrevolucionario y comercialización contemporánea.

Y esto no debería restarle absolutamente nada a su valor cultural.

Pero de algún modo parecemos necesitar que nuestras tradiciones sean milenarias para considerarlas valiosas, en este afán mexicano por aferrarnos a un origen y un pasado inventados ante nuestra resistencia a aceptar los verdaderos orígenes de lo que somos. Como si una costumbre tuviera menos valor por haber nacido del otro lado del océano, como si esos ancestros fueran menos ancestros que los de este lado.

La historia no funciona así.

Si vamos a presumir nuestra herencia cultural, al menos deberíamos conocerla.

Estoy seguro de que un sacerdote mexica con una máquina del tiempo no entendería nada de nuestro Día de Muertos, pero un fraile del siglo XVI lo haría de inmediato.


noticia escrita por
Adrián Alfredo Alvarado Flores
Adrián Alfredo Alvarado Flores

Ingeniero en Logística Internacional con Maestría en Innovación Educativa con mención honorífica. Experiencia en docencia universitaria, coordinación académica y proyectos de mejora industrial...

Aviso legal

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de TELEDIARIO; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.

INICIA LA CONVERSACIÓN