El tío David
- Cosas Banales
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Alberto Rueda
Dicen que uno siempre debe tener un médico de cabecera. Yo lo tuve, pero se me acaba de morir.
Así que el puesto está vacante, aunque sospecho que será difícil volver a llenarlo.
Les cuento.
Hace 16 años me divorcié de la mamá de mi hijo mayor y ocurrió algo curioso. Mi propia familia se indignó, me juzgó y hasta se enojó conmigo.
Con ella, no; conmigo.
Ha pasado todo este tiempo y mis sobrinas, hermanas, primos y sobre todo, mis tías, la siguen queriendo como si el divorcio hubiera sido exclusivamente mío y no de dos.
A las fiestas de los primos, a fuerza tienen que invitar a “la ex” y no a “la actual”.
Me volví a casar. Rehice mi vida con una mujer a la que decidí amar y con quien decidí construir otra familia. Para ella tampoco fue sencillo, ni para los suyos.
Porque las familias (y más las poblanas de cepa) pueden convertir un matrimonio, un divorcio o un nuevo amor en asunto de consejo de administración.
“Se agarró a un casado que ya tiene un hijo”.
“Es un divorciado”.
Como si uno tuviera que presentarse a la nueva familia con acta de antecedentes sentimentales no penales.
Pero ocurrió algo que todavía agradezco.
La familia de mi nueva esposa nunca me juzgó.
Me recibió y me recibió completo.
Con pasado, divorcio y chamaco incluidos.
Aplicaron, con enorme generosidad, aquella máxima mexicana: “Donde come el güey, come el becerro”.
El becerro era mi hijo y el güey, sobra decirlo, era yo.
Fue en esa familia donde apareció el tío David.
Médico general y partero. El primero de nueve hermanos. Hijo de un farmacéutico, de aquellos a los que todavía se les decía boticarios. Por ser el primogénito heredó el nombre de su padre: David.
Desde que nos presentaron fue gentil conmigo.
No recuerdo una pregunta incómoda, ni una mirada inquisidora, ni ese gesto que algunas personas hacen cuando conocen tu historia y sin decir una palabra, ya dictaron sentencia.
El tío David simplemente me recibió. Yo era el esposo de su sobrina y eso bastaba.
Después su bondad alcanzó para todos.
Para mí, para el becerro, para mis sobrinas, para la manada completa.
Cuando alguno enfermaba, yo le hablaba.
—Tío, fíjate que…
Y nunca escatimaba tiempo.
—Vente al consultorio.
Tuvo cuatro a lo largo de su vida.
Recetaba unas bombas que a veces uno veía y pensaba que aquello era medicina de guerra, pero funcionaban.
Y tenía una muletilla.
Cuando explicaba un diagnóstico, tarde o temprano aparecía:
“De alguna manera…”
Cada vez que lo decía, a mí se me metía en la cabeza Luis Eduardo Aute con “De alguna manera tendré que olvidarte…”
Nunca se lo dije, pero ahora la canción suena distinta.
El tío David tampoco me cobró nunca.
Cuando yo era más joven aceptaba aquella generosidad con la inconsciencia con la que uno recibe muchas cosas en la vida.
Después, ya crecidito, me daba pena salir del consultorio sin dejarle algo.
Él nunca lo pedía, yo se lo daba.
Hay una escena que no olvido.
Estábamos en una fiesta en su casa cuando Chema, mi segundo hijo, cayó sobre una piedra y se abrió la frente.
Aquello parecía una alcancía.
Yo estaba encabronado, asustado, nervioso, con esa mezcla absurda que nos da a los padres cuando un hijo se lastima y quisiéramos reclamarle al piso por haberse atravesado.
Pero estaba el tío David.
Lo tomó, lo revisó y lo remendó con una tranquilidad que a mí me parecía imposible.
Mientras yo veía una tragedia, él veía una herida que había que cerrar.
Quizá eso hacen los buenos médicos y quizá eso hacen también las buenas personas.
Cierran heridas sin hacer demasiadas preguntas.
Por eso me duele su muerte.
No solamente porque se murió mi médico de cabecera.
Se murió “mi Doc”.
El hombre que nunca me preguntó de dónde venía, por qué me había divorciado, quién había tenido la culpa o qué demonios había pasado antes de que yo llegara a esa familia.
Nunca me pidió explicaciones para quererme.
Me aceptó.
Aceptó al becerro.
Después llegaron más.
Y terminó aceptándome completo.
Hay personas que consiguen hacerte sentir parte de una familia porque llevan tu sangre, pero otras hacen algo mucho más difícil. Te hacen sentir parte de ella sin llevar una sola gota.
Ahora tengo que buscar un médico de cabecera.
Aunque pensándolo bien, quizá el puesto no esté vacante.
Quizá simplemente desapareció con él.
Porque médicos hay muchos.
Tíos David, no.
Y “de alguna manera”, tendré que acostumbrarme.
Así arranca esta nueva columna.
Quiero escribir aquí sobre esas cosas que podrían parecer banales como la familia, los afectos, las contradicciones, las sobremesas, los recuerdos, la gente que pasa por nuestra vida sin aparecer jamás en las noticias.
Aunque hoy comienzo haciendo trampa.
Porque el protagonista de esta historia fue muchas cosas.
Menos banal.
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