
Cosas Banales
De Big Brother a TikTok

Cuando llegué a Puebla, en 2002, estaba de moda un programa de televisión que consistía, básicamente, en ver a otras personas vivir.
Comían, dormían, discutían, se enamoraban, conspiraban, se aburrían y de vez en cuando, hacían alguna prueba absurda para justificar que aquello era un concurso.
Se llamaba Big Brother y lo conducía Adela Micha con su frase célebre: “las reglas cambian”.
Y vaya que cambiaron porque 24 años después, Big Brother ya no es un programa de televisión, sino buena parte de internet.
El experimento de aquellos años consistía en meter a un grupo de desconocidos en una casa llena de cámaras y permitirnos observarlos prácticamente todo el día.
Decían que no había actores ni guion y creo que ese era precisamente el atractivo.
Nosotros mirábamos pero además, participábamos pues había nominaciones, expulsiones y llamadas telefónicas que costaban dinero. Uno terminaba tomando partido por una persona a la que jamás había conocido.
Paralelamente, TV Azteca encontró una fórmula distinta con La Academia. También había convivencia, cámaras y personajes, pero le agregó el talento.
Ahí no solamente observábamos personas viviendo juntas. Las veíamos tomar clases, competir y finalmente cantar los domingos.
Después llegaron más temporadas, más formatos, cocineros, deportistas, famosos, desconocidos, supervivientes, tentaciones, casas, granjas y cualquier pretexto imaginable para colocar a seres humanos frente a una cámara.
¿Por qué seguimos mirando?
La respuesta fácil sería decir que por morbo y sí. Hay algo de eso.
La psicología de los medios tiene un concepto que define como vouyerismo mediado. Es decir, la curiosidad por observar aspectos privados de la vida de otras personas sin formar realmente parte de ella.
Significa que los vemos porque inevitablemente nos comparamos con ellos.
“Yo no hubiera hecho eso”.
“Yo sí le habría contestado”.
“Qué insoportable”.
“Pobre, todos están contra ella”.
“Ese cuate me cae bien”.
Sin darnos cuenta, dejamos de observar un programa y comenzamos a tomar partido en una historia.
Y es que además los seres humanos somos extraordinariamente curiosos respecto de otros seres humanos.
Nos interesa saber cómo viven, qué comen, cuánto ganan, con quién duermen, por qué se pelean y qué hacen cuando creen que nadie los está mirando.
Hoy ni siquiera necesitamos una televisora; basta un teléfono.
TikTok, Instagram, Facebook, YouTube y otras plataformas convirtieron a millones de personas en productores de su propio reality show.
Los lives eliminaron una de las últimas paredes que quedaban entre quien observa y quien es observado.
A veces estamos buscando compañía.
Un live puede convertirse en ruido de fondo mientras trabajamos, cenamos o estamos solos en casa. No exige la concentración de una película ni seguir la trama de una serie. Podemos entrar, salir, comentar y regresar.
Y siempre existe la posibilidad de que ocurra algo.
Ahí aparece nuevamente el viejo Big Brother.
Solo que ahora cabe en el bolsillo.
Lo verdaderamente curioso es que en 2002 nos parecía extraordinario que 12 desconocidos aceptaran vivir frente a cámaras las 24 horas.
Veinticuatro años después, millones de personas hacen exactamente lo mismo voluntariamente.
Desayunan, discuten, viajan, lloran y hasta duermen frente a nosotros.
Big Brother prometía que las reglas cambiarían.
Tal vez nunca imaginamos cuánto.

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