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Vale Saberlo

Valeria López Luévanos


No basta con no ser un hombre violento

Ante el asesinato de la profesora Nedi Edith Nevárez González, durante el atentado perpetrado por dos jóvenes en la Secundaria Número 13 del ejido La Unión, en Torreón, Coahuila, muchas mujeres levantamos la voz para señalar y exigir acciones concretas que permitan poner un alto a la violencia machista.

Aunque al principio existían dudas sobre las motivaciones de los jóvenes, conforme pasaron los días y surgieron más datos, se dio a conocer su presunta vinculación con grupos denominados incels: comunidades digitales en las que se promueven discursos de misoginia y odio hacia las mujeres y, en sus expresiones más extremas, la justificación e incitación a la violencia.

Las autoridades de Coahuila emitieron declaraciones en las que hablaron de aplicar todo el peso de la ley, actuar con mano dura e imponer castigos ejemplares a los agresores. También anunciaron que reforzarían las medidas de seguridad en las escuelas y se realizaron operativos de revisión de mochilas.

Pero muchas de nosotras no queremos que únicamente las autoridades y las instituciones del Estado actúen.

Queremos que, así como muchas mujeres invertimos nuestro tiempo y energía en el activismo por los derechos de las mujeres y de las infancias, y en la búsqueda de justicia para quienes han sido víctimas de la violencia patriarcal, los hombres, como grupo social, también emprendan acciones frente a la violencia que ejercen sus congéneres.

No basta con que señalen que no todos los hombres agreden, que no todos los hombres ejercen violencia. También es urgente que esos hombres pongan límites a la violencia que otros sí ejercen. Es urgente que se posicionen como sujetos políticos en la búsqueda de una sociedad libre de violencia patriarcal.

Es preciso que aquellos hombres que ejercen una masculinidad patriarcal sepan que, dentro de sus círculos cercanos, existen otros hombres que rechazan los comportamientos violentos, el acoso y la misoginia, incluso cuando esta se expresa mediante conductas que consideran inofensivas, como los chistes que normalizan la violencia hacia las mujeres y las niñas, y que suelen disfrazar o justificar bajo el argumento del «humor negro».

Si cada vez que ocurre un hecho violento contra una mujer los hombres también se indignaran y lo rechazaran enérgicamente, quienes los rodean sabrían que sus comportamientos violentos no encontrarían respaldo.

Cuando las mujeres feministas hacemos un llamado a que los hombres rompan el pacto patriarcal, nos referimos precisamente a eso: a que dejen de solapar, festejar y tolerar las violencias que otros hombres ejercen cómodamente en los espacios que comparten entre ellos.

Y no solo eso. También hacemos un llamado a que actúen frente a esas violencias, a que exijan a otros hombres abandonar sus comportamientos violentos y les hagan saber que existen otras formas de vivir la masculinidad. No todos los hombres participan de la misma manera en esas prácticas, pero eso no elimina la posibilidad de asumir una responsabilidad frente a ellas.

En el contexto de las relaciones de poder, guardar silencio ante la violencia no es una actitud neutral. Quien permanece inmóvil frente a ella adopta una postura de permisividad que contribuye a que continúe reproduciéndose.

Por eso, los hombres también son responsables de difundir la idea de que una masculinidad distinta es posible. A los niños, a los varones, no siempre se les ofrece un modelo de masculinidad saludable que puedan tomar como referencia.

Se les enseña, básicamente, a no ser mujeres, a no ser niñas. A no adoptar comportamientos asociados con la feminidad y, por lo tanto, con la debilidad, como resultado de la jerarquización de los sexos que reproduce el sistema patriarcal.

Se les enseña a ser hombres desde la prohibición, desde aquello que no deberían ser: a no llorar, a no ser sensibles ni empáticos, a no preocuparse por las demás personas y a no ejercer los cuidados.

Así, la masculinidad se construye no solo desde lo que se espera que sean, sino también desde aquello que se les prohíbe ser.

Si en nuestros contextos cercanos no existen narrativas accesibles que muestren que es posible vivir la masculinidad de una manera distinta a la hegemónica, que reproduce conductas violentas y de supremacía masculina, resulta más fácil que los jóvenes adopten los modelos de masculinidad que encuentran a su alcance a través de las redes sociales y de grupos como los incel, que difunden sus ideas y se organizan en comunidades digitales.

Por eso, mi llamado es a que tomen como ejemplo una acción política que se realizó hace unos días en la Plaza Palestina Libre, en la Ciudad de México, donde un grupo de hombres se manifestó para rechazar el atentado en el que murió la maestra Nedi Edith Nevárez González, así como los discursos de los grupos incel y la violencia patriarcal.

Este grupo de hombres creó un colectivo llamado CAPA, Colectivo de Acción Política Antipatriarcal. Su motivación fue, precisamente, la urgencia de promover un modelo de masculinidad que cuestione el ejercicio de la violencia patriarcal, así como el reconocimiento de que el patriarcado les ha arrebatado a los hombres la oportunidad de vivir una vida llena de amor y ternura, de construir relaciones sanas y de formar una comunidad donde haya espacio para el amor y la no violencia.

Una sociedad patriarcal exige permanentemente que los hombres demuestren y prueben qué tan hombres son. Vivir bajo esa exigencia es agotador y limita la posibilidad de reconocerse a sí mismos desde una perspectiva distinta. No deja espacio para reconocer su deseo de amar y ser amados, ni para la solidaridad.

¿Cuántos hombres viven, por culpa de la masculinidad patriarcal, aislados de sus propios dolores? ¿Qué espacios existen para que puedan vivir y expresar su sensibilidad, sin ser juzgados, y encontrar acompañamiento?

Esas necesidades existen hoy entre los hombres jóvenes y los adultos jóvenes. No reconocerlas ni abrazarlas ha contribuido a reproducir la violencia, el odio y el distanciamiento de los demás.

Otras mujeres y yo podemos hablar de la necesidad de crear nuevas formas de habitar la masculinidad, pero mi socialización como mujer, por más información y lecturas que tenga al respecto, no me permite conocer plenamente la experiencia de ser hombre. Son ustedes quienes deben interpelarse a sí mismos y a otros hombres para generar ese cambio que nuestra sociedad necesita.

Como plantea Bell Hooks en su libro El feminismo es para todo el mundo, si queremos avanzar como sociedad, necesitamos que hombres y mujeres hagan lo propio para acabar con el sistema patriarcal. Las mujeres no podemos hacernos cargo de todo. Les necesitamos para frenar la violencia.


noticia escrita por
Valeria López Luévanos
Valeria López Luévanos

Socióloga por la UAdeC, activista por los derechos de las mujeres, Consejera Nacional de Movimiento Ciudadano y promotora de la lectura.

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