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Vale Saberlo

Valeria López Luévanos


Mirar más allá del castigo

Detienen a dos jóvenes tras ataque con machete en escuela de Torreón, Coahuila
Detienen a dos jóvenes tras ataque con machete en escuela de Torreón, Coahuila | Operaciones

La mañana del jueves 1 de octubre, una noticia conmocionó a La Laguna. Dos jóvenes ingresaron a la Secundaria Número 13, ubicada en el ejido La Unión, en Torreón, Coahuila, portando armas punzocortantes y agredieron a integrantes del personal docente y a varios estudiantes.

Hasta el momento, sabemos que la subdirectora Nedi Edith Névarez González perdió la vida a consecuencia del ataque y que varias personas resultaron heridas, entre ellas estudiantes y personal del plantel.

Sobre el contexto de los agresores han comenzado a circular distintas versiones. Se ha hablado de un entorno familiar inestable y deteriorado; también se ha difundido que recientemente habían salido de un centro de rehabilitación por consumo de sustancias y que detrás del ataque podrían existir rencillas previas, pues ambos habían sido alumnos del plantel.

Hay, sin embargo, un testimonio que particularmente llamó mi atención.

En un video difundido por distintos medios de comunicación aparece un jovencito cuyo rostro es cubierto con un mandil. Aunque no podamos verle el rostro, la imagen es desgarradora: sus manos lucen visiblemente nerviosas. Sigue en estado de shock mientras relata lo que acaba de vivir.

En su testimonio menciona algo fundamental: asegura que, mientras avanzaban, los agresores gritaron: “Vamos por todas las mujeres”.

Esa expresión no puede ser pasada por alto. Introduce un componente explícitamente misógino que debe ser analizado con perspectiva de género. No estaríamos únicamente frente a una agresión indiscriminada, sino ante un discurso que coloca a las mujeres como objetivo de la violencia.

También ha circulado una cuenta de TikTok que presuntamente pertenecía a uno de los agresores. Antes del ataque habría escrito sobre lo que planeaba hacer. En uno de los comentarios, un usuario le preguntó: “¿Sólo a las mujeres?”. La respuesta difundida fue: “Sí, we. Mañana será mi retribución. Quería hacer live, pero me quedé sin dinero. Que alguien me ponga 50 pesos de saldo”.

Comentarios en publicaciones de los agresores de la secundaria No. 13
Comentarios en publicaciones de los agresores de la secundaria No. 13

En el mismo conjunto de publicaciones aparecen imágenes con el símbolo femenino dentro de una señal de prohibición. En otra se observa la silueta de un hombre y una mujer tomados de la mano, acompañados por un corazón y también encerrados en un círculo de prohibición, con la frase “No falling in love”.

Los menores compartieron contenido con tendencias misóginas.
Los menores compartieron contenido con tendencias misóginas.

Todo este componente discursivo debe formar parte de la investigación.

Es indispensable que las autoridades determinen si existió una motivación de odio hacia las mujeres y que el asesinato de la subdirectora Nedi Edith Névarez González sea investigado con perspectiva de género, incluyendo la posible configuración del delito de feminicidio. Del mismo modo, debe garantizarse justicia, atención y reparación integral para todas las víctimas.

La narrativa atribuida a los agresores me remite, además, a discursos que circulan dentro de algunos espacios de la llamada cultura incel: comunidades digitales en las que pueden encontrarse expresiones de resentimiento hacia las mujeres, misoginia y, en sus manifestaciones más extremas, normalización de la violencia.

Esto no significa que podamos afirmar, sin una investigación de por medio, que los agresores pertenecían a esos grupos. Pero sí obliga a preguntarnos qué consumían, en qué comunidades digitales participaban, qué discursos estaban moldeando su manera de relacionarse con las mujeres y con el mundo, y hasta qué punto estos espacios pudieron influir en la construcción de su violencia.

Necesitamos, por supuesto, que existan consecuencias para quienes deciden ejercer la violencia. Pero mirar más allá del castigo no significa impunidad. Significa entender que la justicia también debe preguntarse qué está sucediendo en nuestra sociedad para que hechos como este puedan ocurrir y, sobre todo, qué podemos hacer para evitar que se repitan.

Para ello es indispensable escuchar a especialistas de distintas disciplinas: sociólogos, filósofos, antropólogos, trabajadores sociales, psicólogos, psiquiatras, pedagogos y especialistas en juventudes, violencia y entornos digitales. Sus conocimientos deben ser tomados en cuenta al momento de diseñar políticas públicas y planes de prevención.

Problemas de esta naturaleza deben analizarse desde una perspectiva multidisciplinaria. De lo contrario, corremos el riesgo de caer en el reduccionismo de creer que basta con “aplicar todo el peso de la ley” para que la violencia desaparezca.

Si únicamente se tratara de aumentar los castigos, probablemente nuestra realidad sería otra.

Necesitamos acciones integrales que permitan estudiar las colonias, zonas y territorios donde existen altos índices de violencia; donde las riñas y las llamadas al 911 forman parte de la cotidianidad; donde existe una incidencia conocida de consumo problemático de sustancias.

Necesitamos preguntarnos qué sucede dentro de las familias, cuáles son las dinámicas sociales de las comunidades, qué oportunidades tienen los jóvenes, si existen espacios públicos dignos, lugares para el deporte y la recreación, acceso a la cultura, acompañamiento psicológico, redes comunitarias y alternativas reales de futuro.

También debemos preguntarnos cómo están aprendiendo los varones jóvenes a procesar el rechazo, la frustración, el deseo y la soledad; cómo están aprendiendo a relacionarse con las mujeres y qué sucede cuando encuentran comunidades —presenciales o digitales— capaces de convertir esas emociones en resentimiento y ofrecerles enemigos sobre los cuales depositarlo.

No podemos responder a la violencia únicamente con deseos de más violencia y esperar construir algo distinto.

Nuestros gobiernos, en todos sus niveles, deben abordar la justicia en todas sus dimensiones: garantizar consecuencias para quienes ejercen la violencia, pero también invertir en prevención, reconstrucción del tejido social y atención de las condiciones que permiten que esa violencia se reproduzca.

Porque lo que estamos viviendo no puede reducirse cómodamente a la idea de que se trata simplemente de “malas familias”. Las responsabilidades familiares existen y deben analizarse cuando corresponda, pero convertirlas en la única explicación impide observar un fenómeno mucho más complejo.

Además, no estamos hablando de un hecho completamente aislado.

El 30 de septiembre, apenas un día antes, se registró otro episodio de violencia en una secundaria de Querétaro, donde un adolescente atacó con un arma punzocortante a cuatro personas dentro de la Escuela Secundaria General Esperanza Cabrera.

Detrás de estos episodios de violencia puede haber soledad, abandono, resentimiento, exclusión, violencia previa y comunidades —presenciales o digitales— capaces de convertir el dolor en odio y ofrecer enemigos a quienes no encuentran otra manera de procesar aquello que sienten.

No podemos seguir alimentándonos de odio.

Necesitamos sanar como sociedad. Mirar más allá del castigo. Exigir justicia sin renunciar a comprender las causas. Construir comunidad, recuperar espacios públicos y ofrecer a las juventudes otros referentes para relacionarse con sus emociones, con las mujeres, con otros hombres y consigo mismas.

Necesitamos, especialmente, mostrarles que existen otras formas de ser hombre, de afrontar el rechazo, la frustración, el dolor y la soledad.

Otras formas de habitar el mundo.

Porque una sociedad que únicamente castiga cuando la violencia ya ocurrió siempre llegará demasiado tarde.


noticia escrita por
Valeria López Luévanos
Valeria López Luévanos

Socióloga por la UAdeC, activista por los derechos de las mujeres, Consejera Nacional de Movimiento Ciudadano y promotora de la lectura.

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