
Tu dosis de salud mental
Aprender a regular el malestar

Estamos aburridos y agarramos el teléfono. Nos angustia algo y buscamos cómo distraernos en ese mismo segundo. Nos pasa a todos, en mayor o menor medida, porque la cultura de la gratificación inmediata nos acostumbró a no quedarnos ni un rato con lo que nos incomoda.
Tenemos a un click un montón de formas de anular el malestar: scrollear en las redes sociales, jugar online, chatear en una app, mirar series sin parar. Ninguna de esas cosas es un problema en sí misma. Se vuelve un problema cuando es la única respuesta que tenemos frente a lo que duele. Ahí no estamos regulando nada, estamos tapando.
Regular una emoción es poder sentirla sin que te maneje, algo muy distinto a esforzarte para que desaparezca. A eso lo llamo autogestión emocional.
En Psicología al Desnudo dedico un episodio entero a la pregunta ¿cómo controlar mis emociones? La primera respuesta es que la regulación emocional se aprende. Y que las emociones no son "malas ni buenas": Cada una cumple una función: El enojo pone límites, el miedo protege, y la tristeza ayuda a procesar las pérdidas.
Cuando nos desregulamos, y en especial en la etapa adolescente, perdemos el registro de lo que sentimos. La clave está en tener recursos para atravesar lo que sentimos sin reaccionar en automático
La etapa adolescente es particularmente sensible porque el cerebro todavía está en pleno desarrollo. Esto no significa que un adolescente sea incapaz de regularse, pero todavía le faltan herramientas. Además, el contexto social, los vínculos seguros y los pares, en este momento de la vida, toman una dimensión enorme. Cuando aparecen las redes sociales como promesa de soporte inmediato para estar todo el tiempo “conectados” con otros, distraídos, validados, la capacidad de relativizar qué pasa en el mundo online (frente a la vida real) se pierde.
Cuando un adolescente se angustia y va directo al teléfono, quizás la pregunta que falta hacer es: ¿Para qué necesita conectarse? El problema no está en cuánto tiempo pasa frente a una pantalla, sino qué función cumple esa pantalla en su vida: si la busca de manera compulsiva cada vez que aparece una emoción difícil, entonces sería recomendable profundizar en el motivo, porque puede ser el inicio de un consumo problemático. Y si lo que se intenta en casa no alcanza, pedir orientación a un profesional también es una forma de cuidar.
Cómo acompañar sin tapar el malestar
Angustiarse es parte de la vida y para aprender a gestionar esa emoción hay que sentirla.
Lo que sí podemos es ayudar a los chicos a descubrir qué hacer cuando se sienten mal: ponerle nombre a lo que sienten, esperar un poco antes de reaccionar, respirar. A veces sirve moverse, escribir, hablar con alguien, cambiar de ambiente o simplemente dejar pasar la primera ola.
Esto nos obliga a los adultos a mirar cómo manejamos nosotros lo incómodo. Es difícil pedirle a un adolescente que tolere la espera, el aburrimiento o la frustración si nos ve contestar cada mensaje al instante o desesperarnos ante la primera molestia.
No todo lo que duele necesita desaparecer enseguida. Poder quedarse un rato en la incomodidad, sin salir corriendo a buscar algo que la tape, se aprende en casa, y en buena parte se aprende mirando a los adultos.
¿Qué puedo hacer con lo que siento? 3 claves para gestionar las emociones a toda edad:
- Poner en palabras lo que te pasa: Nombrar lo que desborda puede ser un primer paso para ordenar lo que sentís. A veces decimos “estoy mal”, pero en realidad son varias emociones cruzadas. Poner nombre te permite diferenciarlas. Reconocer si es enojo, frustración, miedo o cualquier otra.
- Antes de buscar cambiar una emoción, escucharla: Puede tener información valiosa y marque un límite que necesitás poner. Puede mostrar eso que te preocupa y estás postergando. Después de escucharla viene la parte de decidir cómo actuar. Por ejemplo, que sientas bronca no significa que tengas que atacar; que sientas celos no te habilita a controlar.
- Hacer una pausa entre sentir y actuar: Si estás muy enojado quizás no sea bueno responder enseguida ese mensaje que te inquietó. La pausa puede ayudar a regular la emoción y a pensar con mayor claridad. No es evasión, es toma de conciencia. A veces con solo unos segundos de distancia la respuesta aparece.
La gestión emocional está justo en el medio: entre contenerlo todo y desbordarse. Encontrar el punto medio es un entrenamiento diario.

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