
Plaza Garibaldi
La prueba piloto que busca recuperar la convivencia
Tengo amigos profesores de distintos niveles educativos y, desde hace varios meses, les hago la misma pregunta: ¿cómo es ser profesor en estos tiempos de celulares y redes sociales? Sus respuestas me ayudaron a crear una sola escena. El maestro habla, expone con paciencia una escena histórica o una fórmula matemática que repetirá por tercera vez. Su voz llena el salón, pero la mirada del estudiante no está en el pizarrón, ni en el cuaderno, ni siquiera en su compañero de al lado. Su mirada está fija en un rectángulo luminoso que vibra sobre su pupitre. Un “me gusta”, un mensaje en cadena o un video de quince segundos. “Es para volverse loco”, me dijo uno. Y hasta la hora del recreo o descanso ha cambiado: hay menos interacción entre los muchachos.
Quienes nos formamos en los salones de la educación básica y del nivel medio superior sin celulares ni redes sociales ya éramos reprendidos por los profesores cuando estábamos de “periquitos” con el compañero de al lado. El castigo era un llamado de atención, un cambio de lugar o, en el peor de los casos, quedarse sin recreo. Pero, al menos, nuestra atención se perdía en el otro, en el contacto humano, en el rostro de quien nos hablaba. Hoy, la distracción no es un susurro, sino un abismo digital al que los estudiantes se asoman cada dos minutos.
Más allá de cualquier discurso sobre responsabilidades, hay un valor que se está diluyendo en las aulas: el valor del aprendizaje, la concentración y, sobre todo, el respeto a quien tiene la palabra. Porque atender al profesor, cuando estudiar es tu principal responsabilidad, no es sólo un deber académico; es un ejercicio de presencia y de empatía hacia quien dedica su vida a compartir conocimiento.
El psicólogo social y profesor de la Universidad de Nueva York, Jonathan Haidt, autor del libro La generación ansiosa, lo grafica de manera magistral en un texto que escribió en MILENIO. Haidt no aboga por una prohibición radical, pero explica con datos alarmantes cómo las secundarias y preparatorias han registrado un incremento en padecimientos mentales y sufrimiento psicológico entre sus alumnos. La permisividad de los smartphones en las escuelas no sólo ha alimentado el ciberacoso, generando conflictos que antes se quedaban en el patio y ahora persiguen a los jóvenes hasta sus casas, sino que también ha tenido un efecto acumulativo, duradero y profundamente perjudicial en la capacidad de los adolescentes para concentrarse y aplicarse. No es que sean menos inteligentes, es que sus cerebros están entrenados para estar en alerta constante, esperando la próxima notificación.
Frente a este panorama desolador, mientras los gobiernos estatales y federales discuten lentamente si prohibir o regular, la UdeG ya no quiso esperar: lanzará una prueba piloto.
Este mismo semestre, algunas preparatorias de la Red Universitaria comenzarán a escribir una historia distinta. La estrategia es sencilla y, si sale bien, puede ser revolucionaria: se trata de una pausa activa de una hora, un recreo extendido y blindado donde los celulares no tienen cabida.
Cuando suene el timbre, los estudiantes no podrán sacar su teléfono. Deberán guardarlo en sus mochilas o bolsillos y, literalmente, salir al mundo real. Salir a convivir, a comer juntos, a jugar un partido de futbol, a sentarse en las gradas a platicar sin filtros o, simplemente, a no hacer nada, pero haciendo nada juntos, mirándose a los ojos.
Margarita Hernández Ortiz, directora general del Sistema de Educación Media Superior (SEMS) de la UdeG, fue clara al presentar la iniciativa: “Que todo mundo esté tranquilo, estas pruebas van a empezar a lo largo de este semestre con una pausa activa. Queremos que los chicos se encuentren sin el uso del celular, que salgan a no utilizar el celular, a comer juntos, a jugar, a platicar o a no hacer nada si quieren. Van a tener una hora en medio para que puedan empezar a acostumbrarse a esta desconexión”.
La prueba piloto nació de una investigación profunda que la propia Universidad realizó entre sus alumnos, y los resultados fueron un grito de auxilio. Los jóvenes no reportaron felicidad ni conexión; reportaron realizar “intentos activos de cambiar sus hábitos de consumo” porque no la están pasando bien. Los niveles de ansiedad crecen, las enfermedades mentales se disparan y los vínculos afectivos y de amistad “no prosperan de la manera en la que normalmente deben darse”.
La prueba piloto es, en esencia, una respuesta a ese clamor silencioso. Es ofrecerles un salvavidas para que aprendan a aburrirse, a tolerar el silencio y a redescubrir que la risa compartida no necesita un emoji de aprobación. Es devolverles el recreo, ese territorio sagrado que la pandemia y el algoritmo les arrebataron.
Mientras la UdeG se lanza a esta aventura con el alma y la pedagogía puestas en la balanza, el resto del país comienza a moverse. El gobierno federal, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum y el secretario de Educación, Mario Delgado, impulsa un debate nacional para presentar una propuesta antes del ciclo 2026-2027. Ya hay 16 entidades con regulaciones, y estados como Sinaloa y Oaxaca avanzan en sus leyes. Pero ninguna medida, por ahora, tiene la carga simbólica y práctica de la pausa activa en Jalisco.
El problema de fondo no es tecnológico, es existencial. Hemos permitido que una pantalla ocupe el lugar de la mirada cómplice entre amigos, de la pregunta tonta que genera una charla interminable y de la duda que se resuelve alzando la mano y escuchando la voz del maestro.
La pausa activa de la UdeG no debe ser vista como un castigo. Es un respiro. Es una declaración de principios: el conocimiento y los vínculos humanos siguen sucediendo en el aquí y el ahora. Cuando el maestro habla, su voz merece ser escuchada. Y cuando suene el timbre para el recreo, el patio debe volver a llenarse de risas, no de notificaciones.
Al final, esa hora de pausa no se trata de prohibir, sino de recordarles a los estudiantes que el mundo cabe en una mirada, no sólo en una pantalla. Y que aprender, como convivir, necesita presencia.

Cuenta historias que duelen y transforman desde hace 28 años. Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter | Finalista del Premio Gabo (FNPI Colombia). Director Editorial de Multimedios Jalisco... Ver más
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