
Desde el cerro
¿Ya trepaste un cerro?
Subir un cerro no es nada fácil. Se requiere de una preparación física adecuada y de un cierto conocimiento del terreno al cual se quiere subir. Pero también, hay que estar alerta de los peligros a los cuales uno se puede enfrentar: animales o bichos, piedras sueltas, follaje peligroso o inclusive, algunas pendientes que hay que escalar. Al caminar, se tiene uno que fijar que terreno está pisando. La mirada siempre en el camino, las distracciones pueden ser fatales.
Así también es la vida, no siempre es fácil caminar en ella. Muchas veces no sabemos a lo que nos vamos a enfrentar. Debemos de tener un mapa o un itinerario y de manera especial, a alguien que ya haya subido ese cerro, por decirlo de una manera más técnica, un acompañante experimentado en la materia: “guía o maestro”.
Si subes solo, te puedes caer o perder; aunque lleves un equipo especializado de geolocalización. Un dicho común nos dice que el mapa no es el territorio. Una persona que ya ha subido cerros, sabe por dónde caminar, por dónde hay que tener cuidado de pisar. Además de los implementos necesarios: agua, fruta, lámparas, brújula, etc.
Subir un cerro es toda una experiencia de dejarse guiar y acompañar. De saber esperar y descansar. De contemplar lo caminado hacia atrás y lo que falta por subir. No hay que llevar muchas cosas porque es cansado, solo lo necesario, estrictamente lo necesario. Fijarse en las señales de la ruta, como marcas en el piso, o listones en los arbustos, son de gran ayuda.
La experiencia es única, sobre todo, porque disfrutas la compañía, de pocos y muchos, de conocidos y desconocidos. Porque al final de cuentas, siempre te encuentras con alguien por el camino. No todos llegan a la cima, pero el camino se disfruta. Conoces al que va guiando, conoces a los compañeros en el camino. Esperas a los que van más atrasados, detienes a los que van más aprisa. Es toda una experiencia humana y espiritual.
El guía tiene una gran misión, cuidar de todos, acompañarlos a todos, enseñarles a todos. Aunque no se está exento de algún accidente, el guía cuida, protege, acompaña, anima, alienta. Es un experto en el cuidado de las personas y del terreno que está pisando. Un guía nunca abandona a nadie. Y si ve algo que no estaba dentro del itinerario, a veces toma la decisión de regresar y no continuar con con la trepada.
Jesús de Nazaret, creo yo, era un “trepacerros”, caminaba por largos días, la gente lo seguía, porque mostraba un camino nuevo y diferente, se preocupaba de los demás: “denles ustedes de comer”, “busquen algo por el camino”, “dame de beber”, expresiones de alguien que sabe caminar con el otro. Jesús nos conoce a todos y sabe como guiarnos por el camino de la vida, sabe como ascender a la cima.
Subir un cerro y estar en la cima es una experiencia inigualable. Contemplas la ciudad, contemplas todo lo que ha sido creado por Dios. Contemplas el amanecer o el atardecer. Compartes lo vivido por le camino. Das gracias a Dios, porque al contemplar lo caminado, disfrutas lo vivido. Y das gracias por el compañero que te guió y a los compañeros que te acompañaron durante el camino.
Anímate a subir un cerro y a dejarte acompañar por un guía en el camino…

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