
Desde el cerro
Mi “apá” y el cerro (En memoria del padre Gerardo Zatarain García)
Con cariño le empecé a decir “mi apá”. Conocí al padre Gerardo Zatarain García en el año 1987, cuando entré a la Secundaría Federal No. 4 ubicada en la Colonia San Joaquín. Yo tenía solamente 11 años. Mis compañeros de la “4” lo conocían muy bien.
La Parroquia de San Juan Bautista, mejor conocida como “San Juanito”, estaba justo en frente de la federal 4 y de la plaza, donde él era el párroco. Ahí empezó el Zata (como algunos también le decían) su camino vocacional siendo monaguillo de Mons. Castillo, porque su casa paterna estaba en la Colonia Victoria, a las faldas de los cerros.
Cuando veo las imágenes de la Plaza San Juanito, la federal 4 y la Parroquia San Juanito, no dejo de pensar en Zatarain, “mi apá”. Es como si todo fuera un conjunto inseparable. Los amigos de la Victoria siempre me hablaban de él. ¡Donde quiera andaba el padre Zatarain! No había colonia del barrio que no visitara; desde la Jacobo Meyer hasta la Vista Hermosa, pasando por la Durangueña y las petroleras. Barrios bravos y difíciles. Duró como 20 años de párroco de ese sector. Siempre se le veía feliz sirviendo a su comunidad.
De lunes a viernes pasaba yo por el callejón para tomar el camión San Joaquín, de regreso a mi casa, de vez en cuando escuchaba su voz. Siempre había gente en la Iglesia, por una cosa u otra, San Juanito estaba lleno. Zatarain atraía a mucha gente de todos los niveles económicos. La misa dominical llena hasta los escalones de la entrada, más de una hora duraba la misa, todos salíamos felices de haber escuchado la homilía del padre más santista de la región. No había domingo que explicara con tanta elocuencia y emoción, a veces hasta las lágrimas, el evangelio. Ya como seminarista en la misa dominical, lo vi varias veces parado en un pilar al terminar la misa, hablando con Jesús Crucificado, una imagen hermosa tallada en madera veracruzana que preside el altar.
Por azares del destino llegué un día a su oficina -antes de entrar al seminario-, necesitaba hablar con él. A veces eran semanas de espera para sacar una cita y tener una charla en persona. Todavía me acuerdo de su oficina: sillones de piel, escritorio de cristal y un sin fin de fotos de su equipo favorito: “El Santos Laguna”. ¡Quiubo flaco! Me recibió con una sonrisa y una mirada muy tierna. Me ubicaba muy bien, porque era de los chavos que andaban siempre por el barrio con sus vecinos y familiares. Al final de la charla, me abrazó y me pegó en la cabeza con su frase cariñosa ¡cómo eres menso! Me mandó a leer la cita bíblica del Hijo Pródigo. El padre Zatarain siempre tenía una palabra acertada y un consejo de padre amoroso, como el de la parábola.
Yo quería seguir aprendiendo de mi “apá”, me fui al grupo de los “viejos” que como párroco el padre Zatarain coordinaba todos los viernes en la tarde. Me dijo con su tono de voz: ¡Y tú, qué haces aquí, es para puros viejos, estás chavo! Luego después me mandó a un retiro al Seminario y a los grupos de jóvenes de la Renovación Católica. A todos nos traía por el barrio y los cerros llevando la Palabra de Dios. Todas las semanas nos animaba a hablar de Jesús de Nazaret. No había cerro ni colonia que no visitáramos. Así, en los cerros, aprendí a compartir el evangelio.
A los 20 años le dije que quería entrar al Seminario de Torreón. ¡Adelante mijo, Dios por delante! Aquí lo quiero ver todos los domingos en misa. No faltaba ningún domingo. Llegamos a ser más de 15 seminaristas salidos de la Parroquia de San Juan Bautista. Don Lupito, cuando era obispo de Torreón, le echaba carrilla, porque éramos pura raza del barrio. Pero así era Zata, a todos invitaba a confiar en Jesús, en su amor y misericordia.
¿Te acuerdas mijo cuando andabas en el Cerro? En sus últimos días, ya enfermo y con su salud muy diezmada, nos acordábamos de San Juanito. ¿Y cómo está la jefa? Preguntaba siempre por mi mamá. Mi apá Zatarain, me acercó a Jesús y me enseñó el camino y a caminar con Jesús en el barrio y en los cerros. Él fue mi apá porque nunca me soltó de su mano, casi todos los días hablábamos por teléfono, y de vez en cuando lo visitaba en su casa. Como un cura viejo, me recibía con mucho cariño, porque era su hijo cura que salió de San Juanito.
¡A cuántas personas llegó Zatarain con su palabra y mensaje! Se sentía orgulloso de todos. En su funeral, sentí el gran cariño que tantas personas sentían por él. Un cura de barrio, siempre alegre y divertido, que supo andar por las calles y los cerros.
Por: Rafael López, pbro. (@rafalosi)

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