Los Xinacates: Los demonios telúricos que salen del polvo del Popocatépetl para bendecir la tierra
Estos personajes cubiertos de aceite quemado emergen del Popocatépetl para bendecir las cosechas y asustar a los turistas en un ritual único.
Antes de que la Cuaresma marque el inicio de la penitencia católica, las calles de San Nicolás de los Ranchos, en Puebla, dejan de pertenecer a los mortales para convertirse en el escenario de una de las tradiciones más crudas y fascinantes del centro de México.
Entre el estruendo de cadenas arrastradas sobre el asfalto y el olor penetrante del aceite quemado, los Xinacates regresan del inframundo para reclamar lo que es suyo: la fertilidad de la tierra.
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¿Qué son los Xinacates?
No son simples disfraces de carnaval. Los Xinacates, también conocidos como "judíos" o "pintados", son entes telúricos, demonios de la tierra que emergen de las faldas del volcán Popocatépetl para purificar los campos.
En pequeños grupos que van desde cinco hasta veinte integrantes, estos personajes vagan por las comunidades de San Nicolás de los Ranchos, San Pedro Yancuitlalpan y Santiago Xalitzintla, cubriendo sus cuerpos con una mezcla de aceite quemado de automóvil y pigmentos negros o plateados para cemento.
Ocultos tras máscaras de luchador, su apariencia grotesca y su comportamiento errático recuerdan a los antiguos rituales prehispánicos fusionados con la estética colonial.
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El ritual de la mancha: entre el juego y la cooperación
El recorrido de los Xinacates no es una simple procesión; es una danza de supervivencia e interacción social.
Al verlos avanzar, arrastrando pesadas cadenas para llamar la atención de los visitantes, los turistas suelen alzar sus teléfonos ansiosos por capturar la imagen. Sin embargo, la fotografía tiene un precio.
Los "pintados" se acercan a locales y foráneos pidiendo una cooperación para la "limpieza" de su pintura. Quienes se niegan a contribuir, sufren las consecuencias: un abrazo o un manotazo que deja una huella imborrable de grasa y hollín en la ropa.
Esta interacción, que a simple vista parece una simple travesura carnavalesca, es en realidad un acto profundamente simbólico.
Al manchar a los presentes, los Xinacates comparten la esencia de la tierra, recordando a la comunidad que todos estamos hechos del mismo polvo y que la fertilidad del suelo es un bien común.
La pintura no solo los cubre, sino que los transforma; los convierte en intermediarios entre el mundo subterráneo de "don Goyo", como cariñosamente llaman al volcán, y los humanos que esperan una buena temporada de lluvias.
Herencia viva en las faldas del volcán
Lo que hace única a esta tradición es su origen sincrético y su capacidad de perdurar.
A diferencia de otros carnavales del estado, que ya han concluido, la fiesta en San Nicolás de los Ranchos es de las últimas en celebrarse, marcando un cierre simbólico antes del recogimiento cuaresmal.
Los participantes no son actores profesionales, sino jóvenes de la región que migran temporalmente por estudio o trabajo y regresan cada año para ponerse la máscara y arrastrar las cadenas.
Es un acto de resistencia cultural: al convertirse en Xinacates, estos jóvenes preservan la herencia de sus abuelos y aseguran que los demonios de la tierra sigan danzando.
Mientras el polvo del Popocatépetl cubre los cultivos y las máscaras de luchador ocultan los rostros, la tradición se renueva. Los Xinacates, con su mezcla de aceite quemado y pigmento, no solo piden un buen temporal; le recuerdan al mundo que, en las comunidades indígenas de Puebla, lo sagrado y lo profano bailan juntos en una misma cuadrilla.
ERV
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