La trampa del "todos son iguales": Por qué la apatía en Nuevo León genera peores gobiernos
- El Apunte de Molinard
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Sandrine Molinard
En Nuevo León llevamos años diciendo que estamos hartos de los políticos. No sin razones.
Durante años hemos votado desde el hartazgo: por el independiente, por el joven, por el partido nuevo, por quien prometía romper con los de siempre y renovar la forma de hacer política.
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Después de cada experimento fallido, de cada promesa incumplida, de cada escándalo, la ciudadanía empieza a referirse a los políticos con esta frase cómoda pero corrosiva: “todos son iguales.”
Una confesión amarga de quien perdió la confianza en los políticos. La confesión de una renuncia personal pronto convertida en renuncia colectiva. Lo que sigue es el desinterés: dejar de exigir, de vigilar y de participar.
Incluso dejar de votar.
Y en política, los vacíos siempre se llenan. Este espacio abandonado por la ciudadanía lo ocupan quienes no tienen miedo a enlodarse en la cloaca. Dicho de otra forma: entre menos ciudadanía, peores gobiernos.
Percibimos que la corrupción es omnipresente en Nuevo León, y datos recientes del INEGI lo confirman. Sin embargo, la corrupción no aparece de la nada.
Todo corrupto necesita un cómplice, un socio, un beneficiario. Y sobre todo, necesita silencio, resignación y una sociedad dispuesta a tolerar el abuso mientras algo le toque.
A mirar para otro lado, para no meterse en problemas.
La corrupción se parece mucho a la humedad: se cuela por todos lados si la toleramos. Prolifera porque celebramos la 'tranza', el influyentismo, la riqueza inexplicable.
Y cuidado, porque no sólo hay corrupción en trámites o licitaciones públicas. También la hay cuando se venden inversiones milagrosas, desarrollos inmobiliarios nunca entregados o fondos que prometen rendimientos irreales.
En términos jurídicos se habla de fraude o abuso de confianza. En los hechos, habla de una comunidad donde la tranza puede convertirse en modelo de negocio, aspiración social o forma aceptable de éxito.
En los terrenos pantanosos de la corrupción omnipresente y del desencanto y cinismo ciudadano, prolifera una especie destructiva: los líderes carismáticos que prometen acabar con todos los corruptos.
Hablan bonito y se presentan como los únicos valientes frente a una supuesta mafia. Tocan fibras sensibles cuando dicen que las instituciones estorban, que los contrapesos son inútiles, que la prensa critica porque tiene intereses o que la sociedad civil molesta porque está vendida.
Y encuentran una audiencia dispuesta a creerles, porque está harta, dolida y cansada de la política tradicional.
Así han surgido muchas dictablandas modernas. No con un golpe de Estado, sino ganando elecciones. Lo que sigue es destruir la democracia desde adentro.
Estos nuevos políticos llegan con la promesa de limpiar el sistema, pero terminan concentrando más poder que todos los anteriores. Van contra las instituciones y los contrapesos, para poder usar el Estado para ellos, para sus familias, para sus amigos, para sus operadores.
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Hoy, este es el riesgo mayor del cinismo y apatía de la ciudadanía. Cuando dejamos de creer que la democracia puede corregirse. Por eso, el antídoto a la mala política es volvernos más exigentes, más informados, más incómodos y constantes.
Dejar de quejarnos y empezar a exigir cuentas de manera permanente. No buscar a nuestros representantes sólo cuando necesitamos un favor, una gestión o un beneficio. Buscarlos también para cuestionar, presionar y evaluar.
Reconstruir la política y recuperar la confianza van a tomar tiempo. Pero todo empieza con una ciudadanía mucho más difícil de engañar.
Si queremos mejores gobiernos, tenemos que dejar de abandonar la política.
▶ #ElApunte | Sandrine Molinard reflexiona sobre la relación entre ciudadanía y política.
— @telediariomty (@telediariomty) June 8, 2026
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