
Ficciones
La gran apuesta de Saltillo: el agua

¿Recuerdas la película The Big Short? Es una película gringa de comedia dramática y biográfica, escrita y dirigida por Adam McKay basada en el libro homónimo de Michael Lewis, sobre la crisis financiera del 2007 al 2008 por la acumulación de viviendas y la burbuja económica.
Protagonizada por nada menos que Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling y Brad Pitt donde con su cargado humor negro y una buena dosis de sarcasmo cuenta cómo algunos inversionistas descubrieron que el enorme negocio inmobiliario de Estados Unidos estaba sostenido sobre alfileres: créditos hipotecarios de alto riesgo, bancos haciendo apuestas cada vez más grandes y un sistema entero convencido de que la fiesta no podía terminar.
El capitalismo juega con la lógica de que todo recurso es infinito y, pues, si no la has visto, ya te imaginarás el desenlace.
Lo interesante de esta película no es solamente la crisis financiera-hipotecaria de 2008. Lo que inquieta es la pregunta que queda al final: ¿qué carajos ocurre cuando todos saben, o podrían saber, que algo está mal, pero nadie quiere decirlo? Esto quizá va más allá de una mera reflexión sobre todo el entramado de Wall Street.
Lo que aterra es el final de la película, que se refiere al agua como el siguiente commodity que podría provocar mayor pobreza, hambruna y hasta la guerra mundial, lo que nos podría llevar a la catástrofe como humanidad.
Que no se nos olvide que el agua es un derecho, no una hipoteca ni un bono financiero, pero sí un recurso que durante mucho tiempo hemos tratado como si fuera inagotable. Abrimos la llave y esperamos que salga, como por arte de magia. Regamos, lavamos, producimos, construimos ciudades y anunciamos nuevas inversiones como si detrás de todo eso existiera una reserva infinita.
Y con esto parto para hablar de mi terruño: Saltillo, Coahuila de Zaragoza.
Hace 25 años, la ciudad tomó una decisión que entonces parecía novedosa: cambiar la forma de administrar el agua. En 2001 nació Aguas de Saltillo, un modelo de empresa mixta en el que participan el ayuntamiento y capital privado.
La apuesta era combinar responsabilidad pública, conocimiento técnico y eficiencia empresarial. No fue una decisión menor, Saltillo ya crecía y necesitaba una administración capaz de enfrentar un problema que no suele dar votos ni titulares cuando funciona: abrir la llave y que salga agua.
Con los años, AGSAL se convirtió en una pieza fundamental de la infraestructura de la ciudad. Opera pozos, redes, depósitos, rebombeos y sistemas de tratamiento. El modelo ha sido presentado como una experiencia de gestión eficiente y, ciertamente, ha permitido mejorar procesos, detectar fugas y aprovechar mejor el agua disponible.
Pero aquí comienza la parte interesante. Una cosa es administrar mejor el agua que tenemos y otra, muy diferente, es tener agua suficiente para siempre.
Saltillo sigue creciendo, también crece su actividad industrial, su población, sus viviendas y, por supuesto, su consumo. En 2026 la ciudad cuenta con más de un centenar de pozos activos y se proyectó incorporar nuevas fuentes capaces de aportar alrededor de 300 litros por segundo adicionales.
Pozos que no son cajeros automáticos: Los verdaderos límites de Aguas de Saltillo
Eso puede sonar tranquilizador, pero también debería provocarnos una pregunta: ¿hasta cuándo? Porque los pozos no son cajeros automáticos.
No podemos simplemente perforar más profundo cada vez que la ciudad crece. El agua subterránea tiene límites, y el subsuelo no firma convenios de ampliación.
Un acuífero necesita tiempo para recuperarse y una ciudad necesita aprender a vivir dentro de sus posibilidades. Con esto surge otra duda: ¿cuánto cuesta administrar el agua? No solamente cuánto paga cada familia en su recibo, sino cuánto cuesta mantener la estructura administrativa, los contratos, los servicios profesionales, los pozos, las bombas, las plantas tratadoras, la infraestructura y los salarios de quienes toman las decisiones. Es una pregunta perfectamente legítima.
La eficiencia no puede medirse solamente en números financieros, también se mide en la llave de la cocina, en la presión de la regadera, en la colonia donde el agua llega tarde, en el recibo que una familia considera demasiado alto y en la capacidad de responder cuando algo falla.
El 30 de junio de 2026, una avería en la línea principal de conducción de la captación sur afectó sectores del centro, sur y poniente de Saltillo. La propia empresa estimó que la recuperación completa podía tardar alrededor de 72 horas y puso pipas a disposición de las zonas afectadas. Queda claro, no hay sistema perfecto. Una tubería puede romperse, una bomba puede fallar, un pozo puede entrar en mantenimiento.
El problema comienza cuando las excepciones se vuelven costumbre y la historia del agua de Saltillo tiene además otro capítulo que nos recuerda que este asunto no se reduce a tuberías y recibos: los derechos sobre los pozos.
El conflicto entre Aguas de Saltillo y el ejido Tanque de Emergencia llegó hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
En el juicio agrario, el Tribunal Unitario Agrario condenó a AGSAL al pago de casi 46 millones 424 mil 80 pesos por concepto de indemnización derivada de la ocupación y explotación de diversos pozos ubicados en parcelas del ejido. La resolución forma parte de un expediente judicial, no de una simple discusión política.
Esto nos recuerda algo que fácilmente olvidamos desde la comodidad de una oficina: debajo de cada pozo hay tierra, propietarios, derechos, comunidades y conflictos.
Está además el asunto de las plantas tratadoras. Una ciudad que habla seriamente de sostenibilidad no puede limitarse a extraer agua: tiene que recuperarla, tratarla y volver a utilizarla cuando sea posible.
Cada planta debería poder responder preguntas muy sencillas: cuánto costó, quién la opera, cuánto cuesta mantenerla, cuánta agua recibe y cuánta realmente trata. Vaya, una planta tratadora no debería evaluarse por lo bonita que luce en la inauguración; debe evaluarse por los litros que efectivamente limpia.
Aquí es donde la comparación con The Big Short vuelve a cobrar sentido. Las grandes crisis casi nunca aparecen de golpe: primero llegan las señales, luego las advertencias y después las explicaciones. Mientras tanto, la vida continúa.
Iván José Vicente García, actual gerente de AGSAL, tiene mucho por hacer.

Periodista político y digital, socio fundador de Nación Norteña, activista ciudadano. Ver más
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