Mientras Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y Alice in Chains llevaban el grunge al centro de la escena, una generación de bandas construía desde los márgenes una diversidad musical que también terminó definiendo la década.
Algunas épocas musicales con el paso de los años las terminamos recordando a través de unas cuantas fotografías.
Los setenta tienen sus melenas y pantalones acampanados. Los ochenta, sus sintetizadores, colores llamativos y videos musicales.
Y cuando pensamos en los primeros años de los noventa, inevitablemente aparece una camisa de franela, una guitarra distorsionada y cuatro muchachos de Seattle.
Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y Alice in Chains cambiaron la historia. Eso es indiscutible.
Video no disponible
El ritual de la radio, MTV y las tiendas de discos
Pero mientras el mundo volteaba hacia Seattle y MTV convertía el grunge en el nuevo lenguaje de una generación, estaba sucediendo algo maravilloso en los márgenes.
Una pequeña revolución de bandas que quizá nunca pretendieron cambiar el mundo, pero que terminaron acompañando nuestras vidas.
Porque antes descubrir música era precisamente eso: descubrirla. Había que escuchar la radio esperando aquella canción que no sabíamos quién cantaba.
Había que quedarse hasta tarde frente a MTV para alcanzar un video que posiblemente no volveríamos a ver en varios días.
Había que entrar a una tienda de discos, revisar las novedades y algunas veces comprar un álbum solamente porque alguien nos había dicho:
"Escucha esto”. Y ahí comenzaba la aventura.
En ese universo aparecieron They Might Be Giants, dos neoyorquinos llamados John Flansburgh y John Linnell que parecían empeñados en demostrar que prácticamente cualquier cosa podía convertirse en una canción.
Acordeones, guitarras, melodías pop, humor, personajes extraños y letras inteligentes. Nunca fueron fáciles de clasificar y quizá ahí estaba precisamente su encanto.
También estaba Big Audio Dynamite, la aventura musical de Mick Jones después de The Clash. Mientras muchos todavía discutían qué era rock y qué no lo era, Jones mezclaba guitarras con reggae, hip-hop, electrónica, funk y samplers.
Melancolía, himnos generacionales y el poder de una sola canción
Desde Arizona llegaron los Gin Blossoms. Pocas bandas representaron mejor aquella extraña contradicción de los noventa: canciones que musicalmente parecían luminosas, pero cuyas letras estaban llenas de nostalgia, relaciones rotas y oportunidades perdidas.
“Hey jealousy”, “Found out about you” o “Until i fall away” sonaban perfectas manejando con las ventanas abajo, aunque en realidad estaban hablando de cosas mucho menos felices.
Algo parecido sucedió con Soul Asylum. Después de muchos años recorriendo el circuito alternativo estadounidense encontraron finalmente el éxito masivo con Grave dancers union. Y entonces apareció “Runaway train”.
La canción fue enorme, pero su video terminó siendo todavía más importante.
Las imágenes de jóvenes desaparecidos convirtieron una canción de rock en algo profundamente humano. Durante algunos minutos, MTV dejaba de ser simplemente un canal musical y se convertía en una enorme pantalla de búsqueda.
Y entonces llegó una voz imposible de ignorar: Linda Perry.4 Non Blondes tuvo una existencia sorprendentemente breve y prácticamente un solo álbum bastó para dejar una huella permanente.
“What’s up?” se convirtió en uno de esos temas que pertenecen a una década entera. Bastan unos segundos para regresar inmediatamente a 1993.
Perry continuaría después una extraordinaria carrera como compositora y productora para artistas como Pink, Christina Aguilera, Gwen Stefani y Kelly Clarkson. A veces una banda desaparece, pero su historia continúa escondida detrás de muchas otras canciones.
La música de los 90
El universo de bandas
Toad the Wet Sprocket, The Sundays, Cracker, Buffalo Tom, Matthew Sweet, The Lemonheads, James, Blind Melon, Material Issue, The Ocean Blue, The Connells, Jellyfish, Camper Van Beethoven, The Tragically Hip, The Soup Dragons
Nombres que algunos recordarán inmediatamente y que a otros les provocarán esa maravillosa sensación de decir: “¡Claro! Me había olvidado de ellos”.
Y quizá de eso se trata esta historia. De recordar. Porque hubo un tiempo en que la palabra alternativo realmente significaba ser diferente.
No existía un uniforme musical. Algunas bandas tenían raíces folk; otras venían del power pop, del punk, de la psicodelia o del rock universitario. Unas incorporaban electrónica y otras simplemente buscaban escribir una buena canción de tres minutos.
No tenían que parecerse entre ellas para pertenecer a la misma escena.
Paradójicamente, cuando las compañías discográficas comenzaron a buscar desesperadamente “al próximo Nirvana”, muchas de estas bandas continuaron haciendo exactamente lo contrario: buscar su propia identidad.
Y fueron cientos de bandas que nunca necesitaron convertirse en las más grandes del mundo para quedarse para siempre en nuestra memoria. Quizá por eso, más de treinta años después, cuando accidentalmente vuelve a sonar alguna de aquellas canciones, sucede algo extraño.
noticia escrita porCarlos Garza
Productor, creador de contenidos y locutor con 35 años al aire. Desde 1990 ha dado voz a innumerables entrevistas con artistas internacionales y ha impulsado proyectos de radio en México y Esta... Ver más
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