La fabricación de la mexicanidad y el mito de la tapatiez
El cronista Juan José Doñán desarticula las identidades de Jalisco construidas por el cine y la televisión, contrastando la ficción con los registros de la época.

Cada 15 de septiembre, cuando Guadalajara sale a gritar a la plaza, presume una creencia que le sale del pecho. Que aquí, en esta tierra, están las esencias de lo mexicano. El mariachi, el tequila, la charrería, el traje de gala del país. Juan José Doñán, escritor y cronista tapatío que ha pasado la vida tratando de entender esta ciudad, escucha esa certidumbre y la desmenuza.
“El mariachi tampoco es de Guadalajara ni de lo que es la Nueva Galicia”, dice. Y de ahí, tirando del hilo, va deshilando todo lo demás.

Cuando afirma que el mariachi no nació aquí, Doñán se apoya en los antropólogos. “Si vamos a testimonios reales y constatables, que eso es la historia, el mariachi, esa institución musical, símbolo musical de México ahora, surgió en uno o varios lugares del Occidente de México que iban desde el norte de lo que es el actual estado de Guerrero hasta el sur de Sinaloa”. Un territorio ancho, sin fronteras estatales todavía, donde cabían Michoacán, Jalisco, Nayarit y Sinaloa. El testimonio escrito más antiguo que se conserva, precisa, no es tapatío. Es de un lugar llamado Rosa Morada, en lo que hoy es Nayarit.
El mariachi de entonces tampoco era el de charro y trompeta que hoy toca en las bodas. “Era una institución popular, no existían mariachis de manera permanente. Era una agrupación campesina, era gente que sembraba o cuidaba ganado a lo largo del año y, en las fiestas patronales, en los bautizos, en las bodas, se juntaban y tocaban. No eran establecidos, eran erráticos”. Músicos de temporada, campesinos que dejaban la milpa para tocar una noche y volvían a la milpa al día siguiente. Nada más lejos del espectáculo que hoy se cobra por hora en la plaza de los Mariachis.
La pregunta, entonces, es cómo una música de labriegos del Occidente terminó siendo el emblema sonoro de un país entero. El primer mariachi que pisó la Ciudad de México lo hizo tardísimo, ya en el Porfiriato: “Nunca lo habían escuchado en la Ciudad de México, con todo y que existía el mariachi desde la época virreinal”. Llegó como un regalo. Un hacendado de Ameca, amigo de Porfirio Díaz, le mandó al dictador un obsequio original para su cumpleaños, el mariachi de Justo Villa, cuatro músicos a los que también llamaron Cuarteto Coculense, para que le tocaran en su onomástico.
Ese cumpleaños no es un detalle menor. Porfirio Díaz nació el 15 de septiembre, día de San Porfirio: “Él hizo algo que terminó quedando. Juntó la Independencia con su onomástico y cumpleaños. Por eso el grito se da el 15 de septiembre en la noche y no, como debe ser históricamente, el 16 de septiembre al amanecer”. La fiesta más nacional de México, la hora exacta en que el país se reconoce a sí mismo, quedó fijada por el capricho de un hombre que quería celebrar su cumpleaños. Habían festejado mucho en la noche y ya al día siguiente, avanzada la mañana, venía el desfile.
La tapatiez que hoy se ostenta la fabricó la pantalla. “Esas figuras no tienen que ver con un componente histórico, sino con una reinvención mítica que tanto el nuevo cancionero popular como el cine mexicano ubicaron. Todas esas películas que se llaman comedias rancheras, casi todas en Jalisco”. La comedia ranchera necesitaba un paisaje, un acento, un traje y eligió el de aquí. A fuerza de repetirlo en la pantalla, el disfraz se volvió identidad.
Ni siquiera los intérpretes eran de aquí: “Jorge Negrete era de Guanajuato y es internacionalmente el charro jalisciense por excelencia. La china poblana era Gloria Marín, pero Gloria Marín era chilanga, de tapatía no tenía nada”. Detrás de las cámaras, lo mismo. “Los que hicieron esas canciones, el letrista Ernesto Cortázar era tamaulipeco, Manuel Esperón, el de la música, era chilango”. Un charro guanajuatense, una china capitalina, un letrista del golfo y un músico de la capital construyeron, entre todos, al jalisciense arquetípico.
Lo mismo pasó con la charrería. “Desde luego no era el único lugar donde se practicaba, de hecho ni fue el primero. El primer lugar donde se practicó como actividad cotidiana y productiva, no de espectáculo, fue donde estuvieron los primeros hatos de ganado, que debió haber sido en la costa y en el altiplano”. La charrería tapatía, como el mariachi, es una herencia adoptada con tal convicción que borró a sus verdaderos padres.
Doñán llama a esto esencias míticas e históricas. Hay lo que de verdad ocurrió y hay lo que decidimos que ocurrió. Con el tiempo la segunda capa cubre a la primera hasta volverla invisible. Es una reinvención y no es exclusiva de Jalisco, es la forma en que las naciones se cuentan a sí mismas. Solo que aquí, en el Occidente, la reinvención fue tan lograda que el país entero la tomó por que fuera su cara.
Ese mecanismo, el de la estampa que tapa a la historia, no empezó con el cine. Estaba ya en el episodio fundacional que Guadalajara más celebra, su papel en la Independencia. Ahí, si uno raspa el bronce, aparece lo mismo, una versión pulida encima de una realidad mucho más desagradable.
La Independencia también le dio a Jalisco motivos de orgullo reales. Aquí, en la última semana de noviembre de 1810, entró Hidalgo. Este fue el único lugar donde su movimiento tuvo gobierno. Desde el Palacio de la Audiencia, hoy Palacio de Gobierno, el cura controló el Occidente de México. Aquí se imprimió El Despertador Americano, “el primer periódico de emancipación que hubo en lo que ahora es América Latina”, del que se conservan seis de sus siete números, y el séptimo apareció, curiosamente, en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile. Aquí se firmó, a principios de diciembre, el bando que abolía la esclavitud: “Comparado con los Estados Unidos, estamos hablando de medio siglo en el cual se adelanta Hidalgo”. Un hecho humanitario que se anticipó no solo a Estados Unidos, sino a Rusia y a la abolición de la servidumbre.
“Esa declaratoria les daba a los que tenían esclavos un plazo de diez días para que los liberaran. Ahora, a hacerlo cumplir es otra cosa, pero es el primer gesto”, advierte. Hidalgo fue derrotado semanas después y el decreto quedó en promesa. Ni sus propios aliados lo abrazaron. “La familia de Allende tenía esclavos”, recuerda el cronista. Era, en su tiempo, lo normal.
El esclavo de aquella época no era el que uno imagina: “Estaba prohibido que hubiera indígenas. El rey había prohibido, desde un principio, que se esclavizara a los indígenas. Así que eran negros o mulatos sobre todo”, aclara Doñán.
La esclavitud, además, no era la de las plantaciones del sur de Estados Unidos: “El concepto de los esclavos no es el tipo de Nueva Orleans, ni menos con cepos en los tobillos. Eran como tener caballos”. Se compraban y se vendían, sí, pero dentro de una lógica que hoy nos resulta inconcebible y que entonces a casi nadie se lo parecía.
Si eran negros y mulatos, ¿por qué la memoria visual de Jalisco los recuerda como indígenas rompiendo cadenas? “Los muralistas no son historiadores. Son pintores”. No mintieron, interpretaron con la información y la carga simbólica de su tiempo. Pusieron al indio donde la historia ponía al africano, y esa imagen, repetida en muros, terminó desplazando al dato. Una reinvención mítica más, hermana de la del charro y el mariachi.
Debajo de la gesta y de sus estampas hay, sin embargo, una historia que ni el bronce ni el mural cuentan. El historiador Alejandro Quezada Figueroa, doctor en Historia Iberoamericana de la Universidad de Guadalajara, propone dejar de mirar los monumentos y bajar a los archivos de las parroquias, que eran, dice, “las que tienen la memoria de la población”. Ahí no se registran héroes. “Es donde se ve reflejado, ahora sí, no el héroe, sino el hombre de a pie, el hombre común, la mujer común”.
Lo que Quezada encontró en esos libros de bautizos y entierros desmonta la épica. La guerra no mató solo con balas. En 1813, en plena insurrección, estalló una epidemia de tifo salida del sitio de Cuautla que los propios ejércitos regaron por todo el virreinato. El contagio viajaba en la miseria de la tropa, que se vestía con lo que hubiera. “En estas épocas generalmente se ponía la ropa de los muertos”, cuenta el historiador. Con esa ropa se heredaban los piojos y la muerte del cadáver anterior.

Cuando hizo el conteo en la parroquia de Tonalá, la peste dejó ver a quién golpeaba de verdad. “Lo que mayormente morían eran los indígenas, y más que los indígenas, las mujeres indígenas”. No los ejércitos, que iban y venían, sino la población que se quedaba. Quien pagó la cuota más alta de la guerra en esta región no fue un caudillo, sino una mujer indígena que nunca disparó un tiro y cuyo nombre, si acaso, sobrevive en la letra apretada de un registro parroquial.
Quezada coincide con Doñán en la parte oscura de la gesta tapatía. Porque el mismo Hidalgo que firmó la libertad de los esclavos consintió, en Guadalajara, un capítulo negro: “Tomó a muchos españoles presos y consintió que fueran ejecutados”, sin juicio, en la zona de las Barranquitas. “En su juicio, antes de su ejecución en Chihuahua, reconoció que él había permitido eso, que no eran culpables”. Su único delito era ser españoles de una sociedad de castas donde los peninsulares tenían todas las ventajas. Luces y sombras, insiste Doñán, porque en esta historia todo el mundo las tiene. El obispo Cabañas excomulgó a Hidalgo y luego fue a coronar a Iturbide. Iturbide combatió durante años a los insurgentes y se sumó a la causa cuando vio que podía coronarse emperador. Por eso, remata el cronista, no está en el Ángel. “No fue ningún precursor de la Independencia, se sumó cuando le convenía”.
La historia que Jalisco cuenta de sí mismo, la del charro y la del prócer, es una capa de imágenes hermosas puesta sobre una realidad de campesinos erráticos, mujeres indígenas muertas de peste, esclavos africanos que casi nadie liberó y fusilados sin juicio. Doñán no reniega de la primera capa. Distingue con cuidado entre la esencia mítica y la histórica, y respeta ambas. Sabe que las naciones no viven sin sus mitos.
Sobre si existe un carácter tapatío o si todo es invento, Doñán dice: “Sí existe un carácter tapatío, pero no está ligado necesariamente a la Independencia”. La Independencia, dice, es una cosa compartida con todos, tapatíos y no tapatíos, no más ni menos que en Guanajuato. La tapatiez se cocinó por otra vía, a fuego lento, y hasta es un poco mítica, “porque durante muchísimo tiempo Guadalajara estuvo muy lejos de Zapopan y lejísimos de otros lugares que ahora forman parte de Jalisco”.
Ese antiespañolismo, por cierto, sí fue popular y compartido, aunque tampoco exclusivo de aquí. En las primeras celebraciones del Grito la gente salía a apedrear las casas de los españoles: “Una de las cosas que se decía popularmente era, vamos a coger gachupines”.
Los adversarios eran los peninsulares y, en el ánimo de la calle, ni siquiera se distinguía a los criollos. Pero ese fervor, aclara, “no más, no menos que los de Guanajuato o de otras partes”.
La Independencia unió a todos por igual. La tapatiez, en cambio, se construyó después y por su cuenta, remarcando regionalismos como lo hicieron el jarocho o el norteño, en un país que durante siglos fue mayoritariamente rural y que solo con el tiempo fue puliendo esas identidades urbanas.
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LG

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