Cayó el capo
- ¡Ahí les voy!
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Leonardo Schwebel
La muerte de El Mencho no convierte la historia en final feliz. No es una película donde cae el villano y automáticamente regresa la paz. Es, en todo caso, un episodio más en una guerra que lleva años erosionando la vida pública, la economía y la tranquilidad de millones de mexicanos.
Conviene empezar por lo básico: era un criminal. Responsable de violencia sistemática, expansión territorial basada en el terror, desapariciones, reclutamiento forzado y control armado de regiones enteras. No hay romanticismo posible ni matices cómodos. Fue un delincuente que construyó poder a sangre y fuego. Y como tal debe ser tratado en la memoria pública: sin mitos, sin épica, sin corridos que lo disfracen de leyenda.
Pero el error sería creer que con su muerte se desmantela automáticamente la organización que dirigía. Las estructuras criminales no funcionan por inspiración divina ni por carisma individual; funcionan por dinero, redes logísticas, complicidades políticas, protección institucional y mercados ilícitos que siguen ahí. Cambiar de cabeza no significa desaparecer el cuerpo.
La pregunta incómoda no es solo quién lo sucederá, sino qué hará el Estado mexicano para impedir que el relevo mantenga intacta la maquinaria. Porque si la organización continúa operando, extorsionando, reclutando y disputando territorios, entonces la narrativa del “golpe definitivo” se vuelve propaganda.
La ciudadanía no necesita fuegos artificiales mediáticos. Necesita certeza. Certeza de que podrá abrir su negocio sin pagar cuota, de transitar carreteras sin retenes criminales. De que sus hijos no serán presa fácil del reclutamiento forzado. De que denunciar no será una sentencia de muerte.
No podemos conformarnos con la caída de un nombre. La obligación constitucional del Estado es garantizar seguridad, no administrar comunicados triunfalistas. Si este episodio no viene acompañado de investigaciones profundas sobre redes financieras, protección política y fallas institucionales, entonces solo estaremos presenciando el reciclaje del horror.
México necesita instituciones que funcionen. La muerte de un capo no debe ser el cierre de la conversación, sino el inicio de una exigencia más firme: recuperar el territorio, recuperar la ley y recuperar la vida cotidiana.
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