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Questlove y su viaje emocional: Cuando la música y la historia toman el mismo camino

  • Pláticas para el Trayecto
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  • Carlos Garza

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Monterrey, Nuevo León /

En el libro 'Music is history', el músico y autor Questlove propone una lectura distinta del pasado reciente: entenderlo a través de las canciones que marcaron cada año.

Desde los setenta hasta hoy, la música aparece como un registro emocional y político que ayudó a procesar guerras, crisis sociales, miedos colectivos y cambios culturales profundos 

​La música nunca ha sido solo música. Es un archivo emocional, un noticiero paralelo, una cicatriz que suena.

Eso es lo que me recordó el libro que acabo de terminar: Music is history, de Questlove –sí, el mismo que ha hecho del ritmo una forma de pensamiento–, un recorrido año por año que comienza en 1971, cuando el mundo empezó a sonar distinto, más fragmentado, más consciente de sus propias grietas.

Questlove no escribe como historiador académico, escribe como quien ha vivido dentro de la música, como quien entiende que cada canción es consecuencia de algo que ocurrió afuera del estudio.

Vietnam, Watergate, los derechos civiles, la caída de las certezas. Mientras el mundo se resquebrajaba, la música se volvía más honesta, más política, más cuerpo.

Marvin Gaye preguntándose qué estaba pasando; Sly Stone desarmando la idea de comunidad; el soul, el funk y después el hip-hop naciendo no como géneros, sino como respuestas. 

Leer este libro es aceptar que cada año tiene un sonido dominante, pero también una emoción dominante. 

  • Los setenta no solo fueron psicodelia tardía y groove: fueron duelo, desconfianza, reinvención.
  • Los ochenta, con su brillo artificial y sus sintetizadores, escondían miedo –al sida, a la Guerra Fría, al vacío–, mientras MTV nos enseñaba a ver la música y no solo a escucharla. 
  • Los noventa, con el grunge y el rap tomando la palabra, fueron una especie de hartazgo colectivo: menos pose, más verdad. Y así, década tras década, canción tras canción.

Lo que más me sacude de 'Music is history' es entender que la cultura pop no es un adorno del tiempo, sino su espejo más cruel.

Questlove documenta cómo ciertos discos cambiaron conversaciones, cómo ciertas letras ayudaron a nombrar lo innombrable, cómo el pop –ese que muchos desprecian– ha sido una de las fuerzas culturales más influyentes del último medio siglo.

Mientras leía, no pude evitar hacer mi propio inventario emocional. 

¿Dónde estaba yo cuando sonaba tal canción?, ¿Qué estaba pasando en el país, en la calle, en la cabeza de todos? Porque eso hace el libro: te obliga a cruzar la historia oficial con la historia personal.

A entender que la memoria colectiva también se baila, se canta, se sufre con audífonos.

Questlove confirma algo que los que amamos la música intuimos desde siempre: no hay soundtrack inocente.

Cada hit masivo, cada himno generacional, cargó con tensiones sociales, raciales, políticas y tecnológicas. El impacto en la cultura pop no fue casual: la música moldeó modas, discursos, identidades. Nos enseñó cómo hablar, cómo vestirnos, cómo protestar, cómo amar.

Termino el libro con una sensación extraña y hermosa: la de haber leído no solo una historia de la música, sino una historia de nosotros mismos. 

De cómo sobrevivimos al caos con tres minutos y medio de verdad. De cómo, aun cuando todo parecía derrumbarse, alguien encontró la forma de ponerle ritmo al desastre.

Porque al final, como deja claro Questlove, la música no acompaña la historia. La música es la historia.


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