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La ingeniería detrás del rescate que desafió al tiempo en La Guaira, Venezuela

Mientras decenas de rescatistas excavaban centímetro a centímetro para llegar hasta la víctima, ellos hacían otro trabajo igual de decisivo, impedir que el edificio terminara de colapsar sobre todos.

Claudia Solera Venezuela /

Casi nadie habla de ellos. No cargan a los sobrevivientes en brazos. No aparecen cubiertos de polvo saliendo entre los escombros. Sus nombres rara vez ocupan los titulares después de un terremoto. Pero sin ellos, un rescate puede convertirse en una nueva tragedia.

Son los ingenieros estructurales. Estos especialistas calculan cuánto peso puede soportar un edificio colapsado, dónde puede perforarse una losa, qué muro puede derrumbarse y cuánto riesgo pueden asumir los rescatistas antes de que toda la estructura termine de desplomarse.


En el rescate más extraordinario del terremoto de La Guaira, Venezuela, —el de Hernán Alberto Gil Flores, localizado con vida después de 183 horas, siete días y quince horas bajo los escombros— trabajaron tres ingenieros: el mexicano Jesús Valdez Aguilar, el chileno Ignacio Sáenz y el estadounidense Joe Carry.

Ingenieros que participaron en rescates tras terremotos en Venezuela.
Dos de los ingenieros estructurales que participaron: Jesús Valdez (México), Ignacio Sáenz (Chile)


Mientras decenas de rescatistas excavaban centímetro a centímetro para llegar hasta la víctima, ellos hacían otro trabajo igual de decisivo, impedir que el edificio terminara de colapsar sobre todos y encontrar esos huecos que permitieran perforar para rescatar a Hernán.

Porque rescatarlo no consistía únicamente en abrir un camino.

El Centro Comercial Galerías, en Playa Grande, era una estructura de ocho niveles y tres sótanos que colapsó de manera casi total durante el terremoto.

“Los entrepisos eran muy débiles y literalmente se trituraron”, explica vía remota para MILENIO Jesús Valdez Aguilar, director de la oficina de Miyamoto International en México.

Sobre el punto donde permanecía atrapado Hernán descansaban cientos de toneladas de concreto.

“Arriba de todo estimamos que podía haber unas 500 toneladas del edificio que volcó. Pero justo sobre ese punto en particular había alrededor de 200 toneladas entre escombros y elementos estructurales.”

Cada corte en una losa, cada perforación y cada movimiento de concreto debía calcularse con precisión.


Un error podía provocar un colapso secundario y convertir el rescate en una tragedia.

Por eso la estrategia fue distinta a la que suele imaginarse.

“No había demasiadas maniobras”, recuerda.
“La operación consistía básicamente en estabilizar la estructura con puntales, avanzar mediante un túnel y extraer a la víctima.”

Mientras los rescatistas penetraban lentamente entre el concreto, Valdez indicaba dónde colocar los apuntalamientos, qué elementos reforzar y qué partes jamás debían tocar.

“Conforme avanzan, les voy indicando cómo apuntalar la estructura, dónde estabilizarla y, sobre todo, en qué lugares pueden o no cortar una losa para que trabajen con seguridad”, explica.

Poco a poco comenzaron a acercarse. Primero supieron que Hernán seguía con vida. Después lograron establecer comunicación.

Más tarde pudieron pasarle agua. Cuando llevaban más de 140 horas de trabajo, el túnel ya estaba prácticamente terminado. Para la noche del 1 de julio apenas los separaban unos 30 centímetros. Parecía cuestión de minutos. Pero esos últimos centímetros fueron unos de los más complicados de todo el operativo.

El hueco era demasiado estrecho para extraerlo sin poner en riesgo su vida o la estabilidad de la estructura. Hubo que ampliar cuidadosamente la abertura. Ese trabajo tomó entre doce y trece horas más.

Finalmente, después de 183 horas, Hernán Alberto Gil Flores salió con vida.

Siete días después del terremoto, cuando la medicina considera que la ventana crítica de supervivencia —72 horas— había quedado muy atrás, los equipos USAR de seis países, entre ellos la Cruz Roja Mexicana TF14, consiguieron lo que parecía imposible.

Pero esta no es solamente la historia del hombre que sobrevivió.

También es la historia de quienes siguieron excavando cuando casi todos pensaban que ya no quedaban personas con vida bajo los escombros.

Y es, también, la historia de un ingeniero mexicano que volvió a encontrarse frente a una montaña de concreto colapsado.

Para Jesús Valdez no era una escena desconocida.

En septiembre de 2017 pasó quince días y quince noches trabajando entre las ruinas del edificio de Álvaro Obregón 286, en la colonia Roma de la Ciudad de México, uno de los colapsos más emblemáticos del sismo del 19 de septiembre.

Casi nueve años después, la historia volvió a repetirse. Otro edificio reducido a escombros. Otra vida atrapada bajo cientos de toneladas de concreto.

Y, una vez más, un ingeniero calculando cómo desafiar la gravedad para darle una oportunidad más a la esperanza.

DR

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