Amigos y familia despiden a Gisele Ortiz, asesinada en Angelópolis; exigen justicia y limpiar su nombre
Con aplausos y lágrimas despidieron a la joven psicóloga asesinada en la Isla de Angelópolis. Mientras la zona del asesinato sigue sus actividades cotidianas.
El domingo 16 de febrero, el sol volvió a brillar sobre la Osa Mayor de Angelópolis, a tan solo dos días del tirotero afuera de la Sala de Despecho.
Turistas hacían fila para tomarse una selfie en la Estrella de Puebla, las bicicletas rodaban por los carriles y las familias se preparaban para un día de comida en las terrazas.
Afuera, la vida seguía su curso con una normalidad. Pero bastaba con mirar a un costado para sentir el vacío: patrullas y elementos militares custodiaban la "Isla", como un recordatorio mudo de que, apenas 24 horas antes, ese mismo suelo se tiñó de rojo.
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El eco de las balas que acabaron con la vida de Gisele Ortiz Carreto, Joaquín Wirth García y Emmanuel Esteban Campaña Sánchez aún resonaba en la memoria colectiva.
Patrullas siguen presentes en la zona de la balacera en Angelópolis
El ataque armado ejecutado por cuatro sicarios no solo desgarró a tres familias, sino que rompió la burbuja de seguridad en una de las zonas más concurridas del estado.
Sin embargo, a menos de cinco kilómetros de la escena del crimen, en la funeraria Aeternitas Memorial, el ruido del exterior se convertía en silencio en su funeral.
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En uno de los cuartos velatorios, el ambiente era cálido. Amigos, compañeros de la universidad y seres queridos de Gisele se congregaron para despedir a quien describían como un ser excepcional.
Entre abrazos y flores, los presentes luchaban por contener las lágrimas mientras velaban el cuerpo de la joven psicóloga. Ahí, en medio de la tristeza, surgió un sentimiento compartido: la indignación.
Las conversaciones rechazaban las versiones extraoficiales que circularon en redes sociales tras la masacre, donde se especulaba con un posible "ajuste de cuentas".
“Hay que limpiar su nombre”, repetían una y otra vez los asistentes, con la voz entrecortada pero la mirada fija.
Para ellos, Gisele no era una estadística ni un señalamiento sin fundamento; era la muchacha noble, llena de valores y amor, que dedicaba su vida a ayudar a los demás desde la psicología.
Por ello, el reclamo era doble: exigían no solo que se aplicara la ley contra los responsables materiales e intelectuales, sino también una suerte de "justicia social" que dejara claro, para cualquiera que escuchara la historia, que ella fue una víctima inocente.
La rutina que ya no será la misma
Cuando los rezos concluyeron y el féretro comenzó a moverse, el silencio se rompió con una ovación cerrada.
Los aplausos, cargados de respeto y amor, retumbaron en las paredes de la funeraria como el último mensaje para una mujer que, según sus seres queridos, dedicó su vida a dar apoyo y cariño a los demás.
Mientras los restos de Gisele partían para ser inhumanados, la ciudad afuera seguía su marcha. Los bares preparaban las barras para la noche y los autos continuaban su paso frente a la famosa estrella.
Pero para los amigos y familiares de las víctimas, el tiempo se detuvo aquel 14 de febrero de 2025 en Puebla.
En la Isla de Angelópolis, la sangre ya había sido limpiada, pero el silencio que dejó el eco de las balas es un recordatorio de que, aunque los lugares recuperen su rutina, hay vidas que cambiaron para siempre.
ERV
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