Cuando envenenar perros era política pública en Saltillo: el exterminio de 1929 revelado en archivos
Para no alarmar a las conciencias ni ensuciar el lenguaje burocrático, la autoridad municipal bautizó al método de exterminio con un término casi gastronómico: “bocados”.
Hubo un tiempo en que las mañanas de Saltillo no despertaban con el canto de los pájaros ni con el rumor del tráfico moderno, sino con el crujido de los carretones de madera y el tufo insoportable de la carroña.
Era abril de 1929. En las esquinas del centro histórico, donde hoy las familias pasean con mascotas vistiendo chalecos y correas de marca, el Ayuntamiento local libraba una guerra silenciosa y encarnizada contra miles de hocicos hambrientos.
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La orden fue directa, seca y firmada desde la Presidencia Municipal: envenenar la ciudad.
Para no alarmar a las conciencias ni ensuciar el lenguaje burocrático, la autoridad municipal bautizó al método de exterminio con un término casi gastronómico: “bocados”.
No eran otra cosa que trozos de carne fresca impregnados con potentes dosis de veneno —presumiblemente estricnina— repartidos estratégicamente en los barrios más vulnerables y en las cercanías de los mercados. La lógica del municipio era simple y despiadada: aprovechar el hambre de la fauna callejera para limpiar el paisaje urbano.
Diariamente, cerca de una veintena de estos señuelos mortales eran sembrados al caer la noche. Para el amanecer, la cosecha era macabra.
El plan funcionó con una precisión macabra, pero generó un problema inmediato que la Presidencia Municipal no calculó del todo: el sol de la primavera saltillense aceleraba la descomposición de los cadáveres en plena vía pública. Los cuerpos hinchados a orillas de las aceras daban una imagen dantesca y despedían un hedor insoportable.
Fue entonces cuando la policía tuvo que cambiar las armas por carretas.
Se comisionó formalmente al cabo Jesús Granados y a un agente subalterno con una misión prioritaria: recorrer la ciudad de sol a sol para recoger entre 10 y 15 cadáveres caninos al día.
Bajo su resguardo, los restos de aquellos animales que días antes buscaban sombra o desperdicios eran trasladados a las afueras del casco urbano para ser sepultados en fosas comunes o incinerados.
Exterminio de 1929 parecía una barbarie
Visto desde la perspectiva del siglo XXI —bajo el amparo de la Ley de Protección y Trato Digno a los Animales del Estado de Coahuila y normativas sanitarias estrictas—, el exterminio de 1929 parecería una barbarie. Sin embargo, en el Saltillo de hace casi un siglo, la reacción social fue de plena aceptación: la ciudadanía aprobó, respaldó y vio con buenos ojos la medida.
En una ciudad de apenas 45,000 habitantes, golpeada por el polvo, la escasez de agua y la constante amenaza de epidemias como la rabia o infecciones parasitarias, los perros sin dueño no eran vistos como seres sintientes ni como "compañeros de vida". Eran, pura y simplemente, fauna nociva; un vector de enfermedad y un símbolo de atraso urbano.
- En 1929, el perro era considerado una plaga o vector de infección urbana.| Archivo Municipal de Saltillo
Ciudadanos vieron con agrado el plan para quitar a los animales
Aunque ésta haya sido una medida drástica por parte del municipio, la ciudadanía vio con gran agrado el plan con el que se desharían de los animales que causaban estragos y atraían diferentes tipos de infecciones.
El contraste no podría ser más drástico. El expediente AMS, PM, c 172/3, L26, e 65, rescatado del olvido por publicaciones del Archivo Municipal como la Gazeta del Saltillo, funciona hoy como un espejo incómodo de nuestra evolución social.
En 1929, el perro era considerado una plaga o vector de infección urbana, mientras que actualmente se le reconoce legalmente como un ser sintiente y miembro del hogar. La política pública de la época se basaba en la distribución de cebos envenenados, a diferencia de los programas actuales enfocados en la esterilización masiva, la vacunación y la adopción.
Por otro lado, mientras que en aquel entonces el manejo de la sobrepoblación dependía del exterminio a cargo de brigadas policiales, hoy se canaliza a través de Centros de Control Canino y redes de rescatistas.
Finalmente, una práctica que en 1929 era financiada directamente con el presupuesto municipal, hoy constituiría un delito penal castigado con cárcel y multas.
Aquella ironía final grabada en las crónicas locales que especulaba sobre el costo de la barbacoa o la proliferación de taquerías si el exterminio ocurriera hoy, no hace más que subrayar el choque cultural: lo que en 1929 era visto como una solución sanitaria eficiente y respaldada por las familias saltillenses, hoy constituiría un delito grave perseguido por la ley y repudiado en las calles.
El cabo Jesús Granados y sus carretas cargadas de cadáveres quedaron atrapados en las fojas amarillentas del archivo. Nos recuerdan que la compasión hacia los animales no siempre habitó en la moral de la ciudad, y que la idea de "salud pública" en Saltillo alguna vez se midió en gramos de veneno.
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