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Una entrevista ríspida en los estudios del Canal 12

Corría el año de 1994. A falta de mes y medio para las elecciones presidenciales, el entonces senador por el PRD, Porfirio Muñoz Ledo, visitó los estudios del antiguo Canal 12 para ser entrevistado por el arquitecto Héctor Benavides.

Héctor Benavides Monterrey, Nuevo León /

En el Archivo de un Reportero, cada día de la semana guarda una historia que tiene un significado especial.

Es el caso de lo ocurrido el viernes 1 de julio de 1994, en los estudios de Canal 12 de Multimedios Televisión, ahora Canal 6.

“Porfirio es, sin duda, el más brillante de todos mis sobrinos. La revista Life lo incluye en la lista de Los 100 líderes Políticos de América Latina con mayor proyección política para el siglo XXI”.

Así se expresaba don Agustín Muñoz Ledo, en su lecho, enfermo, y agregaba: “Porfirio es muy inteligente, lástima de que haya… (interrupción)”.

Don Agustín hizo silencio. Había llegado su enfermera para tomarle la temperatura y darle su medicina de la hora. Yo visitaba a don Agustín y le llevaba cada semana su revista Siempre, periódicos de México y dulces de La Victoria, la tradicional frutería ubicada en la esquina de Cuauhtémoc y Reforma.


El citado 1 de julio de 1994, el entonces senador Porfirio Muñoz Ledo acudía al noticiero del Canal 12 a una entrevista que sería de 10 minutos y duró más de 45.

La entrevista fue áspera gracias a la actitud del entrevistado, que me interrumpía, me corregía y durante la primera media hora se portó abiertamente en forma socarrona.

El senador me provocaba diciendo que yo era como Jacobo Zabludovsky. A cada minuto aumentaba su agresividad.

De nuevo le volvía decir que su imagen no correspondía a lo que yo había platicado con su tío Agustín.

Al oír el nombre de su tío, Porfirio empezó a bajar el tono de sus respuestas y me preguntó sobre lo que había platicado con su tío.

Le dije que no le iba a gustar la respuesta.

Muñoz Ledo insistió en darme “clases de periodismo en forma altanera” y al advertirle que estábamos a punto de concluir la entrevista, me replicó diciendo:

—¿Qué te decía mi tío Agustín?

—No le va a gustar senador…

—Anda, dímelo Zabludovsky.

—Bueno, senador, usted lo pidió: su tío Agustín, pocos meses antes de morir me dijo que “de todos los sobrinos que tengo, el más brillante es Porfirio, lástima que…”.

—¿Lástima qué? —, me inquirió.

—Lástima, me decía su tío, que usted perteneció a una generación de jóvenes corruptos que rodearon al más demagogo y nefasto presidente que ha tenido México: Luis Echeverría Álvarez.

—¿Qué…?, dijo sorprendido.

—Senador, el tiempo se terminó, gracias por su visita.

Se paró de su silla y dirigiéndose a mi lugar me encaró diciendo:

—Eres un cabrón. Te reto a un debate para mañana, en el lugar que escojas.

Estaba encendido. Sus amigos lo alejaron. Algunos me dijeron que en cualquier momento pudo haber soltado un golpe. Poco después, nuestro director, Francisco A. González, llegó.

—¿Qué pasó, senador? -, le preguntó el señor González.

—Pues que tu director de Noticieros me “trampeó”, se aprovechó del tiempo a su favor.

—Tú lo ofendiste, Porfirio. Cálmate, vamos a mi oficina, te invito un café—, le dijo el señor González.

Entraron a su oficina y platicaron durante 10 minutos. Al salir y casi para despedirnos le extendí la mano a Porfirio y más calmado, me dio la suya.

Al año nos volvimos a ver en la Ciudad de México. “Oye Benavides, estuvo bueno el agarrón que nos dimos en Monterrey, me lo han comentado mucho”. Yo contesté: “A mí también. Quién sabe qué hubiera pensado su tío Agustín".



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