Mucho pueblo para tan pocos políticos
- ¡Ahí les voy!
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Leonardo Schwebel
La efervescencia mundialista termina esta semana en Guadalajara. Fueron cuatro partidos y con ellos concluye la fiesta, por lo menos para nosotros como anfitriones.
Habrá muchas cosas que corregir, muchas cosas que mejorar y muchas cuentas que rendir, pero antes de entrar a los pendientes conviene entender la dimensión de lo que acabamos de vivir.
Pasarán muchos años para que Guadalajara vuelva a ser sede de una Copa del Mundo. Por eso sería un error reducir todo lo ocurrido a los resultados de la Selección o a la cantidad de aficionados que llegaron a la ciudad.
Guadalajara demostró que sabe divertirse. Demostró que puede recibir visitantes, organizarse, convivir y celebrar sin que la violencia se apodere de las calles. Miles y miles de personas compartieron espacios públicos, zonas de fiesta, estadios, restaurantes y plazas sin que viéramos escenas de caos o enfrentamientos generalizados.
Seguramente las autoridades intentarán colgarse la medalla. Como siempre. Pero el reconocimiento no les corresponde. Al final, una vez más, el ciudadano superó cualquier expectativa política. La gente hizo lo que sabe hacer cuando la dejan en paz: disfrutar, convivir y apropiarse de su ciudad.
Durante estas jornadas futboleras, divertirse fue mucho más que un derecho. Fue una especie de recompensa después de años de soportar problemas que siguen sin resolverse.
Porque terminada la fiesta, Guadalajara regresará a su realidad cotidiana: servicios deficientes, problemas de agua, inseguridad, violencia, desapariciones y una larga lista de pendientes que nadie ha logrado resolver.
Pareciera que durante estos días existió un muro que nos separó de la realidad. De un lado estaba la Guadalajara de siempre; del otro, la ciudad que nos gustaría tener todos los días.
Por eso, cuando pase la resaca futbolera, será momento de exigir responsabilidades.
Claro que habrá que revisar gastos, excesos y decisiones equivocadas. Pero la enseñanza principal es otra: tenemos la energía, la capacidad y el talento para hacer cosas de primer nivel. El problema nunca ha sido la ciudadanía.
Ya va siendo hora de que las autoridades estén a la altura de los ciudadanos. Porque una vez más quedó demostrado que somos mucho pueblo para tan pocos políticos.
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