
Voces del Entorno
¿Perros de la calle o perros en la calle?

Hablar de perritos en la calle es entrar a un mundo complejo donde se cruzan muchos factores y responsabilidades. No hay respuestas simples ni una solución que funcione para todos los casos, pero eso no significa que debamos dejar de reflexionar sobre lo que sucede.
Durante muchos años hemos utilizado de manera coloquial el término “perros de la calle”. Parecería una simple forma de identificarlos, pero también puede ser una manera de colocar a ese animal fuera de nuestro mundo: está ahí, no pertenece a nadie y, por lo tanto, tampoco es responsabilidad de nadie.
Y no es lo mismo decir que un perrito es de la calle a reconocer que simplemente está en la calle.
Hasta hace algunos años era común escuchar con orgullo que los perritos que vivían en estas condiciones eran más resistentes, que aprendían a sobrevivir, que soportaban enfermedades y que de alguna manera se volvían inmunes a una vida adversa. Sin embargo, la realidad es muy diferente.
Como punto de referencia, algunas estimaciones retomadas por autoridades del sector salud en México han situado alrededor de dos años la esperanza promedio de vida de un perrito que vive en situación de calle. No significa que todos vivan exactamente ese tiempo, pero sí nos ayuda a entender las condiciones a las que se enfrentan diariamente: falta de alimento y agua, enfermedades sin atención, atropellamientos, agresiones de otros animales o de personas, además de estar expuestos permanentemente al clima.
Y hay algo que sucede con mucha frecuencia: simplemente un día dejan de aparecer.
Ese perrito que veíamos todos los días en determinada esquina, afuera de una tienda o caminando por una colonia desaparece y, como nadie llevaba realmente un seguimiento de él, nunca sabemos qué sucedió.
También es un error pensar que todos los perritos que vemos en la vía pública están ahí por la misma razón.
Algunos nacieron y han vivido siempre en esas condiciones. Otros fueron abandonados. Hay perritos que tienen casa, pero cuyos dueños permiten que salgan y deambulen libremente. También están los que se extraviaron y que, después de haber vivido siempre dentro de un hogar, de pronto tienen que enfrentarse a un ambiente para el cual no están preparados. Muchos de ellos pueden no saber cómo conseguir alimento, cómo protegerse o incluso cómo reaccionar ante el tránsito vehicular.
Existen además los perros ferales, que tienen poca o nula socialización con las personas y cuya forma de desenvolverse es distinta.
Por eso desde hace décadas también se ha cuestionado el término “perro callejero” y se han utilizado expresiones como “perros de dueños irresponsables” para referirse a una parte de esta población. Puede parecer una expresión fuerte, pero pone la responsabilidad donde corresponde en muchos casos: no en el animal que está caminando por la calle, sino en la persona que permitió que estuviera ahí, que lo abandonó o que nunca asumió completamente su cuidado.
Tal vez hemos llamado durante demasiado tiempo “perro de la calle” al animal sin preguntarnos qué hizo que terminara ahí.
Pero también están aquellos perritos que todos conocemos en alguna colonia, mercado, parque o vecindario.
Alguien comenzó a darles comida. Otra persona les puso un recipiente con agua. Algún vecino les permite dormir afuera de su casa o les improvisó un pequeño techo. Los conocen los comerciantes, los vecinos y quienes pasan todos los días por el lugar.
Y muchas veces hasta tienen nombre.
Firulais, Solovino, Café, Rayas, Manchas, Canelo, Chikis, y muchos hasta tienen dos o tres nombres a la vez, dependiendo de quién los llame.
Algo cambia cuando ese perrito ya tiene nombre. Deja de ser simplemente uno más de los que andan por ahí. Si Manchas hoy no llegó a comer, alguien se da cuenta. Si aparece lastimado, alguien pregunta qué le pasó. Si lleva varios días sin aparecer, alguien comienza a buscarlo.
Durante muchos años los conocimos simplemente como el perrito de la cuadra, del barrio o del vecindario. Hoy esa forma de convivencia está evolucionando hacia un concepto que cada vez adquiere mayor importancia: el perro comunitario.
La idea es reconocer a aquellos perritos que, aunque no pertenecen exclusivamente a una persona, son procurados por varias personas de una comunidad. Y procurar significa algo más que colocar un plato de comida: implica avanzar, cuando sea posible, hacia la esterilización, vacunación, atención de su salud, agua limpia, algún lugar donde pueda resguardarse y personas que estén pendientes de él.
También se está buscando avanzar en su reconocimiento jurídico. Esto es importante porque un perrito puede haber vivido durante años en una colonia, ser conocido y cuidado por muchos vecinos y, aun así, seguir siendo visto legalmente simplemente como un animal que se encuentra en la vía pública y que puede ser retirado por la autoridad.
Por supuesto, también existen personas que consideran que alimentar a un perrito en situación de calle solamente prolonga el problema. Argumentan que se favorece la concentración de animales, la reproducción sin control, problemas sanitarios o conflictos entre vecinos.
Algunas de esas preocupaciones tienen sentido, sobre todo en el ámbito de convivencia, pero de ahí a concluir que lo correcto es no alimentar a un animal para que eventualmente desaparezca o muera existe una enorme diferencia.
Si una persona no tiene ese sentido de generosidad o empatía hacia un animal que vive en la calle, no está obligada a alimentarlo. Simplemente puede no hacerlo. Lo que resulta difícil de entender es que pretenda convencer a quien sí quiere hacerlo de que ayudar está mal.
Además, dar alimento permite algo que a veces olvidamos: acercarnos.
El perrito comienza a reconocernos y nosotros empezamos a conocerlo. Sabemos si es dócil, si tiene miedo, si se deja tocar, si aparece todos los días, si convive con otros animales. Y algunas veces esa relación va creciendo hasta que alguien comienza a preguntarse si podría llevarlo a casa.
No siempre sucede y tampoco tiene que suceder.
No todas las personas que alimentan a un perrito tienen la posibilidad de adoptarlo y no todos los perros comunitarios terminarán viviendo dentro de una casa. Pero procurar a un animal permite conocerlo y que él también nos conozca. Y algunas veces, de esa relación surge una adopción que probablemente nunca habría ocurrido si alguien no hubiera comenzado simplemente por acercarle un plato de comida.
Entre llevar a casa a un perrito que vive en la calle e ignorarlo por completo hay muchas cosas que podemos hacer.
Agua, alimento, esterilización, vacunación, un lugar donde pueda protegerse, atención cuando la necesite o simplemente estar pendientes de él.
Quizá por eso valga la pena comenzar por cambiar algo tan sencillo como la manera en que los nombramos.
Porque no necesariamente son perros de la calle.
Son perritos que, por diferentes circunstancias, están en la calle.
Y no es lo mismo.

Soy licenciado en Sistemas Computacionales Administrativos por el Tecnológico de Monterrey. He participado en proyectos de desarrollo empresarial y de fortalecimiento institucional, además de p...
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