La vida le debía un abrazo
- Entre abandono y esperanza: historias reales
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Francisco Obrayams Villalobos Ávila
“Me llamo Martina.” Nací para correr, jugar, mover la cola y amar sin condiciones.
Pero la vida me enseñó demasiado pronto que no todas las personas saben mirar con el corazón.
Vivía en las calles de Cajititlán. Era una perrita libre, sin un lugar al que llamar hogar. Caminaba entre caminos de tierra buscando un poco de agua, algo de comida y un rincón donde descansar.
Entonces comenzaron los rumores.
“Es mala.”
“Es feral.”
“Se va a comer las gallinas.”
Y bastó el miedo de unos cuantos para convertir mi vida en dolor.
Me golpearon.
Me lastimaron.
Me juzgaron por algo que nunca hice.
Nadie se detuvo a conocerme. Nadie vio que detrás de mis ojos solo había una perrita con hambre, cansancio y un inmenso deseo de sentirse querida.
Hasta que un día alguien decidió verme diferente.
En el Refugio Buenos Chicos no encontraron a una perrita agresiva. Encontraron un corazón roto que seguía creyendo en las personas.
Hoy duermo con mi pancita al cielo, completamente relajada. Esa postura que para muchos parece una simple siesta, para mí significa algo mucho más grande.
Significa que ya no tengo miedo.
Porque solo quien se siente amado puede dormir así.
Martina nos recuerda que el verdadero peligro nunca fue ella.
El verdadero peligro es juzgar sin conocer, actuar desde el miedo y olvidar que los animales también sienten, sufren y guardan cicatrices que no siempre se ven.
Hoy ella ya está a salvo.
Ahora solo le falta lo más importante: una familia que la abrace para siempre.
Porque después de todo lo que vivió… la vida le debía un abrazo.
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