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Venezuela, 2004: el año que todo se definió (Primera parte)

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Jalisco. /
Venezuela, 2004: el año que todo se definió
Fotoarte: Israel López

El exmilitar asomaba medio cuerpo por la ventana de la camioneta, como un torero inclinado sobre el ruedo tras ganar rabo y oreja. Las manos de la gente intentaban tocarlo, aferrarse a la manga de su uniforme, rozar sus dedos. Abuelas lloraban de emoción; jóvenes gritaban consignas que rebotaban en las fachadas de las casitas populares. Hugo Chávez sonreía, saludando con esa palma abierta que era, al mismo tiempo, gesto de bienvenida y de bendición. Faltaban apenas unos días para el referéndum que decidiría si seguía o no en el poder, y allí estaba, exponiéndose, desafiando al destino.

Yo estaba allí, sintiendo cómo la multitud me arrastraba en su corriente, ese calor humano que olía a esperanza desesperada.

Venezuela vibraba con una tensión que se respiraba en el aire. Chávez, el paracaidista del Ejército venezolano que en 1992 falló en tomar el poder por las armas y que luego, tras estudiar en la cárcel y ya en libertad, acudió a las urnas, había ganado la presidencia con el mayor respaldo en décadas. Enfrentaba ahora su gran prueba: el primer referéndum revocatorio presidencial en la historia del continente. Él mismo lo había convocado, convirtiendo un mecanismo constitucional en un desafío épico. “¡Que el pueblo decida!”, tronaba en sus interminables Aló Presidente, un programa de radio en el que hablaba de todo, desde geopolítica hasta recetas de cocina. Pero detrás de la consigna, el país estaba partido en dos mitades que ya no se reconocían, incluso dentro de las propias familias.

Por un lado, el Chávez de las multitudes enfervorizadas. El orador incansable capaz de hablar siete horas seguidas sin que la gente, bajo el sol inclemente, se moviera de su lugar. El de las “misiones”, ese ejército de esperanza que llegaba a los sitios olvidados. Recorro los barrios de Petare con un fotógrafo local. En un kiosco convertido en consultorio, un médico cubano llamado Jorge ausculta a un niño. “Antes aquí solo llegaba la muerte”, me dice la abuela del pequeño, mientras observa con ojos agradecidos. Los médicos cubanos, todos hombres, jóvenes, eran una presencia extraña y milagrosa. Vivían en esos mismos barrios, en cuartos anexos a los consultorios. La gente les llevaba arepas, les lavaba la ropa, los abrazaba en la calle. Eran más que médicos; eran la prueba tangible de que el Estado, por primera vez, había llegado a sus vidas. Ese vínculo no era ideológico: era visceral, de supervivencia.

Por el otro lado, estaba la cara de la revolución que helaba la sangre en las salas de juntas y en las redacciones. “¡Exprópiese!”. La palabra salía de la televisión como un machetazo. Primero fue una joyería en Maracaibo, capturada por las cámaras durante una gira presidencial. Luego una agroindustrial en los Llanos. Después, el turno de grandes empresas. La mexicana Cemex entraría en la mira. Cada “¡Exprópiese!” marcaba un punto de quiebre. Se justificaba en nombre del “pueblo” y la “utilidad social”, pero resonaba como un acto arbitrario. En un café de Las Mercedes, un empresario cuyo taller había sido intervenido me explica, con la voz baja pero cargada de rabia: “No es el valor, es la incertidumbre. Te despiertas y ya no sabes si lo que construiste te pertenece”. El miedo se convirtió en un negocio que florecía en la sombra.

Para entender esa grieta, visité la redacción de El Nacional, el periódico crítico por excelencia. El olor a tinta y papel era denso. En su oficina, Miguel Henrique Otero no escribía un editorial furibundo: estaba calculando. Se retorcía los dedos, un crujido seco y nervioso. “No hay papel”, dijo, sin preámbulos. El gobierno controlaba las divisas, y los permisos para importar papel prensa llegaban con cuentagotas o simplemente no llegaban. Era una asfixia silenciosa, burocrática. Su periódico, ícono de la libertad de prensa, reducía páginas, suprimía suplementos, se encogía físicamente. La Ley Resorte, que regulaba los contenidos de los medios, pendía como una espada. “Es para proteger a la familia”, decía Chávez. “Es para silenciarnos”, pensaban en la redacción. Mi pregunta a Otero sobre la posibilidad de su propio exilio quedó flotando en el aire, respondida solo por su sonrisa estilo Mona Lisa, una mueca que decía más que mil palabras: aquí resistimos, porque si nos vamos, se apaga una luz.

El 15 de agosto, Venezuela votó. Colas interminables bajo un sol de justicia. Un silencio tenso, cargado de fe y de rencor. En la madrugada del 16, la historia emitió su veredicto: 59 por ciento por el “No”, por la permanencia de Chávez. El “Sí” a la revocatoria obtuvo 41 por ciento. El grito de “¡Fraude!” estalló de inmediato en las sedes opositoras, entre los “escuálidos”, como llamaban los chavistas a la oposición. Pero los observadores internacionales, incluido el riguroso Centro Carter, validaron el proceso. El resultado era claro, y también lo era el mensaje: una mayoría, nutrida en los cerros y los barrios olvidados, se había expresado con contundencia.

Al final de esas semanas intensas, comprendí que Venezuela no se dividía entre buenos y malos, sino entre dos memorias y dos dolores. De un lado, quienes recordaban el pasado reciente: la democracia vacía, la corrupción rampante, la pobreza como paisaje permanente de un país petrolero. El desastre económico del gobierno de Caldera, antecesor de Chávez, y la apertura petrolera que muchos interpretaron como una entrega. Del otro, quienes abrazaban este futuro incierto, turbulento, lleno de promesas y riesgos, pero que sentían, por primera vez, como propio.

Chávez en la camioneta, medio cuerpo afuera, era el símbolo perfecto de ese momento y de su era. La postal exacta para entender ese presente. Ni completamente dentro del blindaje del poder, ni del todo fuera, en la vulnerabilidad cruda de la calle. Un hombre suspendido entre dos sueños de nación, balanceándose sobre el abismo de una historia que apenas comenzaba a escribirse.

Yo estuve allí. Y lo que vi fue a un pueblo conteniendo la respiración, a punto de saltar hacia lo desconocido, con fe, con miedo, con esa pasión desgarrada que solo aparece cuando todo, absolutamente todo, está en juego.

Alejandro Sánchez
  • Alejandro Sánchez
  • Cuenta historias que duelen y transforman desde hace 28 años. -Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter | Finalista del Premio Gabo (FNPI Colombia). -Director Editorial de Multimedios Jalisco| Columnista y conductor en radio/TV. Pluma y cámara en zonas de conflicto: - Guionista de "La Ley del Monte" y "Voces de Guerrero" (documentales sobre la guerra no declarada en Michoacán y Guerrero). - Autor de "Las Mieles del Poder" (Random House): retrato íntimo de la política mexicana. - "19 edificios como 19 heridas": crónica visceral del ¿por qué el sismo nos pegó tan fuerte? Colaboraciones: Medios nacionales e internacionales. Objetivo: Periodismo que escarba donde otros solo rascan.
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