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Crónica del regreso al derrumbe: Venezuela, 2014 (Segunda y última parte)

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Jalisco. /
Así se dio la caída de Venezuela.
MAURICIO LEDESMA

Diez años no es nada. Diez años lo es todo. En 2004, el aire de Caracas olía a pólvora y esperanza. Era el fragor del primer referéndum revocatorio contra Hugo Chávez: un país electrizado, partido en dos, pero vivo, desbordante. Regresé en 2014 y el olor era otro: gas lacrimógeno, desesperanza agria, arepas que nunca llegaban al comal.

Lo que vi no era una transición, sino una mutación. La efervescencia social de una década atrás, ese experimento caótico y vital del llamado Socialismo del Siglo XXI, se había solidificado en otra cosa: una losa. Chávez, el titán de la retórica antiyanqui, el hombre que hablaba por televisión como si estuviera en tu sala, había muerto un año antes, víctima de un cáncer implacable. Pero su sombra lo envolvía todo, más pesada que nunca. Su revolución había reescrito las reglas del juego una y otra vez, hasta que el tablero fue sólo suyo. La Constitución, manipulada; el poder judicial, domesticado; la Asamblea, convertida en un teatro que levantaba el dedo a favor del chavismo. La presidenta de la Corte Suprema, Cecilia Sosa, había advertido sobre la destrucción de las instituciones. Sus palabras se las llevó el viento, como a ella. Ahora mandaban el silencio forzado o el grito de los leales.

Lo que encontré no fue el país de las Misiones llenas de promesas, sino su cadáver. El proyecto que usó la riqueza petrolera para alfabetizar, para dar salud, para empoderar y para crear una dependencia clientelar monumental se había desplomado junto con el precio del crudo. La fachada se desmoronaba y dejaba ver la grieta: una economía en recesión terminal.

Las estadísticas son frías. Lo que quema en la memoria es la dimensión humana del derrumbe.

La economía era un espectro. Había dinero, sí: bolívares inflados como globos a punto de estallar, con una inflación cercana al 600 por ciento que convertía el salario en papel pintado antes de terminar el mes. Pero en los supermercados los estantes bostezaban, vacíos. No era pobreza de bolsillo, era pobreza de existencia. Una escasez crónica y absurda de todo: harina de maíz, leche, pollo, papel higiénico, medicinas para la presión, baterías para un taxi. El éxito del día era lograr un trueque: un paquete de harina PAN por una lata de leche en polvo. El racionamiento se imponía con la lógica perversa del autoritarismo: “Sólo dos por persona, muestre su cédula”.

Y frente a esos anaqueles desnudos, las colas. Kilométricas, interminables, de 12 o 15 horas bajo un sol incesante que no perdonaba. Madres con niños a cuestas, ancianos que se desvanecían, la tensión palpable cuando el camión no llegaba o cuando llegaba y la mercancía no alcanzaba. Vi a dos mujeres, tal vez vecinas, romperse en una pelea feroz, a rasguños y jalones de pelo, por el último paquete de harina. No peleaban por un lujo, peleaban por la arepa de la cena de sus hijos. Eso le hace la miseria planificada a un pueblo.

Entonces la rabia estalló.

Las protestas de 2014 no fueron una marcha más. Fueron el estallido de una olla de presión sellada durante años. Todo comenzó en San Cristóbal, estado colindante con Colombia, con la indignación por el intento de homicidio de una estudiante, y se propagó como incendio sobre la gasolina seca del descontento: la inseguridad desbordada, la inflación devorando sueños, la humillación cotidiana de las colas.

Caracas, en febrero, se convirtió en un campo de batalla surrealista. De un lado, la Guardia Nacional, con escudos y tanquetas, avanzando para dispersar con brutalidad eficiente. Del otro, los colectivos chavistas, milicias irregulares que llegaban en ruidosas motocicletas, con el rostro cubierto y las armas en alto, disparando sin distinción, con una saña que dejaba claro que el precio de la protesta podía ser la vida. Varios cayeron inertes.

Yo estaba ahí, en el ojo del huracán. En las avenidas emblemáticas, repletas de un mar de gente que coreaba “Maduro, vete ya”, sentí el zumbido de las bombas lacrimógenas antes de que el ardor invadiera garganta y ojos. Vi la cara del pánico cuando llegaban las motos, escuché el sonido seco de los disparos, fuegos artificiales o balas, y luego la estampida caótica. Respiré miedo y rabia, un cóctel adictivo y aterrador. Era la entraña de un país rico en petróleo, gobernado por una segunda generación de poder que se aferraba con uñas y dientes, mientras sus habitantes se convertían en rehenes de una batalla ideológica.

El contraste era grotesco. Mientras la gente moría en las calles, el saldo final sería de 43 muertos, casi 500 heridos, miles de detenidos y denuncias de tortura, el régimen conmemoraba con pompa militar el primer aniversario luctuoso de Chávez. Líderes como Evo Morales y Daniel Ortega desfilaban en Caracas hablando de legado y unidad, encapsulados en una burbuja ajena al país real que se desangraba afuera.

En Washington, senadores como Marco Rubio veían en la muerte de Chávez la “oportunidad de pasar página”. Pero la página no se pasaba. Se arrancaba a sangre y fuego. La caída de Maduro, que parecía inminente en aquellas jornadas de furia callejera, se reveló como apenas el primer capítulo de una batalla más larga y más cruel.

Salí de Venezuela en 2014 con el olor a gas lacrimógeno impregnado en la ropa y una certeza en el alma: había sido testigo no de una simple crisis, sino del colapso lento y violento de un sueño, o de una pesadilla, convertido en polvo. Vi cómo un país entero perdía peso, esperanza y dignidad día a día, en una cola interminable frente a un anaquel vacío.

Comprendo ahora que aquella crisis visceral fue también el escenario donde se ensayó una nueva y brutal regla del juego global: la intervención descarnada por encima de cualquier consenso. Estados Unidos, ante la mirada impotente de organismos internacionales fracturados y sin una oposición real que lo contuviera, penetró la soberanía venezolana y convirtió el sufrimiento de un pueblo en moneda de cambio geopolítica, demostrando que el poder del más fuerte puede reescribir las reglas con impunidad y transformar a una nación en laboratorio de asedio.

Alejandro Sánchez
  • Alejandro Sánchez
  • Cuenta historias que duelen y transforman desde hace 28 años. -Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter | Finalista del Premio Gabo (FNPI Colombia). -Director Editorial de Multimedios Jalisco| Columnista y conductor en radio/TV. Pluma y cámara en zonas de conflicto: - Guionista de "La Ley del Monte" y "Voces de Guerrero" (documentales sobre la guerra no declarada en Michoacán y Guerrero). - Autor de "Las Mieles del Poder" (Random House): retrato íntimo de la política mexicana. - "19 edificios como 19 heridas": crónica visceral del ¿por qué el sismo nos pegó tan fuerte? Colaboraciones: Medios nacionales e internacionales. Objetivo: Periodismo que escarba donde otros solo rascan.
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