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Surgen autodefensas contra pesca furtiva en Yucatán

Con 20 lanchas propias, pescadores de cinco cooperativas de Río Lagartos, San Felipe y El Cuyo se unieron hace cuatro meses.

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Rafael Montes Yucatán /

“¡Párate!¡Párate!” El ruido de los motores de las dos lanchas a toda velocidad, una que persigue y otra que escapa, apenas deja escuchar los gritos de Salvador, quien, pese a los movimientos bruscos, va encaramado en la popa. “¡Que te pares!”.

“¡Ni madres!”, responden desde la otra lancha donde van nueve jóvenes en chanclas y bermudas. No tienen más de 25 años. Llevan gorras y las caras cubiertas con trapos amarrados. Son pescadores furtivos.

Cuatro gritan y se mantienen de pie pese al bamboleo de su lancha que huye a toda prisa. Apuntan con varillas metálicas a Salvador y a los demás integrantes de la embarcación que los persigue. En la pesca, esas varillas se conocen como hawaianas y se usan como arpón. Otros lanzan al agua lo que habían pescado. Es un momento tenso para todos.


“¡Oficial federal, párate!”, sigue gritando Salvador Sánchez, oficial de la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (Conapesca), mientras El Takis, su compañero a cargo del timón, zigzaguea para cerrarles el paso.

Las luces roja y azul parpadean en el pequeño techo de la lancha que una ONG donó al Comité Comunitario de Inspección y Vigilancia del Oriente de Yucatán, formado hace cuatro meses por pescadores que hacen labores de vigilancia para inhibir la pesca ilegal en el estero del Río Lagartos.

El motor de los bandidos es más potente. La lancha de El Takis está apenas a unos metros. Los encapuchados, iracundos, siguen apuntando con sus lanzas. Entonces, El Takis advierte a los otros miembros de su tripulación: “¡agárrense!”.

Acelera a fondo, gira el timón y con un golpe certero hace reventar el motor de los pescadores clandestinos. Se oye un ruido seco. Luego, silencio. El miedo nos invade a todos. Ya se puede oír la voz de Salvador.

“Oficial federal de pesca”, se presenta. Los jóvenes gritan, todos al mismo tiempo. Han dejado de apuntar con las lanzas, pero se mantienen a la defensiva. “¡No traemos nada!” “¡No tenemos producto, papi!”.

Detenidas las lanchas, Salvador, que no trae más protección que una playera con el logo de la Conapesca y la autoridad que le da su cargo, se cruza al otro bote, con el riesgo de que, en cualquier momento, alguno saque un arma de fuego. Algunos traen cuchillos, pero los esconden.

De reojo inspecciona lo que hay en el bote. Con un movimiento rápido, desconecta la gasolina y toma todas las lanzas, arpones, aletas y visores que alcanza. Pasa todo lo decomisado a la lancha de vigilancia. Les quita dos bidones de combustible. La banda reclama. Son nueve. Los vigilantes son cuatro, contando a Salvador. No hay manera de someterlos.


Falta de apoyo


Romel Alcocer es presidente de la Federación de Cooperativas de la Zona Oriente de Yucatán y está a cargo del comité de vigilancia comunitaria.

Lo integran pescadores de cinco cooperativas de los puertos yucatecos de Río Lagartos, San Felipe y El Cuyo, que se unieron para combatir la pesca ilegal y hacer respetar la veda de langosta y pulpo, que es temporal, y la de caracol, que es permanente.

Los habitantes de los tres puertos sobreviven de la langosta. Es la joya de la corona. Por eso, la ponen en veda de marzo a junio para dejarla crecer y venderla mejor. A partir del 1 de julio pescan y la exportan a Estados Unidos y China. 800 familias viven de ello.

Esta fue la primera temporada de veda en que el comité operó de manera formal. Usan hasta 20 lanchas propias para protegerse de los invasores que vienen del poniente, del municipio vecino de Dzilam de Bravo. Allá no se impone veda, por eso ya se agotaron sus recursos.

Alcocer platica que antes no se hacía el tipo de vigilancia que se hace ahora, pero están hartos de encontrar las cuevas de las langostas vacías.

El primer día de la temporada suele ser el más abundante. Hasta 60 kilos por lancha. Pero el año pasado, en que los invasores pegaron más, el pescador que más logró sacar el primer día, regresó con apenas 20 kilos.

Alcocer se niega a que se compare al comité con un grupo de “autodefensas”. Pero en los hechos, eso parece. Algo como “autodefensas del mar”. Eso sí, no usan armas, no usan la violencia, no detienen personas, no encarcelan a nadie y procuran no actuar solos.

Cortesía

“Hemos hecho solicitudes a diversas instituciones de gobierno, federales y estatales, y viendo que no nos apoyan en nada, tuvimos que hacerlo con nuestros propios recursos… Nosotros ponemos nuestras lanchas y arriesgamos nuestras vidas por cuidar lo que es nuestro”, explica.

A veces, llevan en sus lanchas a Salvador Sánchez, el único oficial de Conapesca asignado a ese puerto. Al inspector de pesca no le dan embarcación para trabajar.

En 2021, para las labores de inspección y vigilancia en los 12 puertos que hay en Yucatán, distribuidos en 378 kilómetros de litoral, la Conapesca sólo tenía tres embarcaciones, seis vehículos terrestres y seis oficiales de pesca, la mitad de los que tenía a finales del sexenio anterior, según estadísticas oficiales, consultadas con la herramienta Pescando Datos, de la organización Causa Natura.

Otras veces, los acompaña la Marina, pero para los pescadores, su actuación no ha sido suficiente.

“Ellos nada más dicen ‘párense’ y se tienen que parar y si no se paran, los dejan que se vayan”, reprocha Romel.

Los recursos insuficientes y el factor sorpresa que da ventaja a los maleantes lo complican todo.

“A veces no podemos ir porque no tenemos para la gasolina, tenemos que hacer ‘coperacha’ y sacar dos o tres lanchas para que te vean allá, porque si no lo hacemos, si no ven a nadie, vienen más; si hoy vinieron 10, mañana vienen 20”, dice un vigilante que prefiere no decir su nombre. Ya lo han amenazado.

Lo que sí hace el comité, para no dejarlos en manos de las autoridades, es resguardar los objetos decomisados, lanchas, arpones, hawaianas, aletas y visores, pues acusan que personal de la Fiscalía o de Conapesca, los devuelven y los furtivos reinciden.


El gran día


La noche del 30 de junio, en una larga sesión de los líderes de las cooperativas, se negocia el precio que se dará a la langosta ese año. Influyen la voluntad de los compradores, la habilidad de los pescadores y el valor del dólar. Esta vez, lograron el precio más alto de los últimos años: 970 pesos el kilo.

Cortesía

Unas horas después, en medio de la madrugada, una larga hilera de luces se enfila en el horizonte de Río Lagartos, inundado de oscuridad. Son las cuatro de la mañana del 1 de julio. Es el gran día, el momento de comprobar si la vigilancia funcionó.

A esa hora, las embarcaciones comienzan a alejarse. Con los primeros rayos del sol, los pescadores comenzarán a bucear. Bajo el agua estarán seis, siete y hasta ocho horas.

A la una de la tarde, comienza el desfile de regreso. Jorge López fue de los primeros en regresar al muelle. Con ayuda de uno de sus compañeros, saca su hielera y corre hasta el local de la cooperativa, en donde les pesan su cosecha y les dan la buena noticia: ¡70 kilos!

“Es superbuena, muy buena, salimos a las 4 de la mañana y desde esa hora nos montamos a trabajar, salía (langosta) desde que arrancamos hasta que nos quitamos, seguía saliendo, seguía habiendo producto, había bastante”, decía emocionado.

Detrás de él siguen llegando, una tras otra, lanchas y lanchas de hombres cansados, pero contentos. La abundancia se nota. Sus hieleras rebosan. Sus caras de alegría lo dicen todo: la temporada será buena.

“Fue un día excelente, buena pesca. Traje 115 kilos de langosta”, dice Julio César Marfil, quien pasó ocho horas bajo el agua y, ahora, llega a las 2 de la tarde, con “los oídos medio sordos”.

Todo parece indicar que la vigilancia del equipo de Romel Alcocer contra la depredación sirvió este año y las ganancias ayudarán a sus compañeros a recuperarse del saqueo, de la inflación y de la pandemia.

Pero advierten que la ayuda del gobierno sigue siendo necesaria. Su vida depende de ello.



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