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José Emilio Pacheco: el lector vocacional

El 26 de enero de 2014 murió el autor de Inventario. En Laberinto le rendimos homenaje a José Emilio Pacheco, explorando su talante crítico y generoso, que promulgó la igualdad entre géneros literarios y su amor y compromiso con el periodismo.

"Me interesa, nada más, hablar de lo que me gusta. Siempre desde el ángulo de un lector vocacional, no un crítico", JEP. | FOTO: Cesar Durione.

CIUDAD DE MÉXICO. - Durante décadas, la literatura latinoamericana recibió una dura acusación: la de no producir ninguna crítica literaria auténtica, ni haber desarrollado un sistema crítico propio. En ese sentido iba el reclamo de Octavio Paz cuando afirmaba que en América Latina no tenemos “un pensamiento o un sistema de doctrinas como esa capacidad que tiene la crítica de situar a la obra en su espacio intelectual, es decir, en ese lugar donde las obras se encuentran y dialogan entre sí haciendo posible una literatura”.

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Esta afirmación de Paz de finales de los años sesenta llega en un momento en que, en varios países latinoamericanos, se desarrollan proyectos de divulgación, estudio y crítica literaria con una amplitud continental (como la Casa de las Américas, la Biblioteca Ayacucho de Caracas o la Revista de Crítica Latinoamericana, fundada por Antonio Cornejo Polar en 1975).

El mismo Paz es un crítico ejemplar que, como afirma Guillermo Sucre, corrobora el carácter de negación de la misma crítica latinoamericana: “al negar la existencia de esa crítica entre nosotros, la está formulando y constituyendo; […] su negación se convierte en principio de afirmación”.

A pesar de esto y de amplios espacios de producción crítica (universidades, revistas académicas especializadas o revistas y suplementos de divulgación), la falta de autonomía y de identidad parece ser un reproche que no se apaga. En el caso mexicano, una sombra similar recorre la historia de nuestra crítica.

Aunque desde los años cincuenta y particularmente en las dos décadas posteriores la crítica literaria proliferó gracias a la multiplicación de revistas, suplementos y proyectos editoriales, poco pudo librarse del lastre que sus detractores señalaban. Siempre flanqueada por la sospecha del amiguismo y del enemiguismo, de su parcialidad mafiosa o su oportunismo tribal, siempre ligada a los más burdos intereses personales, a la informalidad o, como afirmaba Anderson Imbert, a la conversación de café. Para Jorge Ruffinelli el diagnóstico, aun en 1990, es claro: la crítica vive en México en un estado de “tensión y esquizofrenia”.

Como ejemplo de ello, Ruffinelli cita las acusaciones de José Joaquín Blanco contra la crítica académica, a la que denigra de manera vehemente: “un falso objetivismo, escrito en cubicules (español champurrado de profesorcitos en cubículo) vino a dominar las proliferantes tesis, ponencias, ensayos sobre asuntos específicamente literarios. […] En lugar de polémica y crítica, complicidad en la chamba y en la jerarquía burocrática”.

A su vez, en tanto réplica indirecta a José Joaquín Blanco, Ignacio Trejo Fuentes se queja de la corrupción y la superficialidad del medio periodístico: “En nuestras páginas culturales campea el arribismo, la presencia de pseudocríticos: […] abundan los espontáneos, los oportunistas que sin rubor se erigen en críticos aun careciendo de la mínima noción de lo que eso significa, sin la preparación literaria adecuada y provistos tan solo de su arrojo irresponsable”.

Ambas posturas, genéricas, no discuten sobre la naturaleza de la crítica ideal, sino sobre sus modus operandi y sus deformaciones profesionales, que son tan antiguas como el periodismo y la universidad mismas.